Foto de Sebastian Russo Bautista (1)

El arte en el viaje

El viaje hoy por hoy no parece ser mucho más que un transporte público repleto de personas. Es decir, un conjunto de cansancio, frustración, estrés, mal humor, extremo frío o calor, impaciencia, incomodidad y miradas clavadas en pantallas, perdidas hacia la ventanilla o simplemente dormidas. El viaje en la actualidad se constituye, paradójicamente, por la individualización comprimida, en movimiento. Cada uno en su mundo. Pero en esos escenarios hay situaciones en las que destacan ciertas personalidades peculiares que se implantan como ejes de atracción para la atención de algunas miradas. Tal es el caso de los “Tomi” de la vida, que con un simple parlante bajo el brazo y la intención de “hacer una monedita más” marcan un cambio en la maquinización de la vida en viaje. Los “Tomi”, que no sienten correcto siquiera considerarse artistas, representan un tipo de arte marginado, el cual se reproduce a modo de labor adicional en su jornada diaria. Luego de ocho horas de trabajo, rapear pasando la gorra en los vagones del tren no es más que una pequeña remuneración adicional. Sin embargo, la composición de un nuevo estado en esos escenarios de cansancio, frustración, estrés y malhumor, con sus personajes dándole atención colectivamente a un ritmo y sus rimas, corresponde a un tipo de arte en sí mismo. Un arte que es fundamental para el ámbito social en que se encuentra; permite trascender la individualidad, siendo capaz de producir un momento en el que deja de compartirse únicamente el espacio y se construye el terreno de un sentir común. Ese arte se hace presente personificándose en el artista ¿callejero?, ¿urbano?, ¿ambulante? Cualquier denominación de esa personalidad lo coloca injustamente por debajo de otro tipo de artista, pero ¿cuánto vale en realidad ese arte? ¿Cuál es el valor de esa persona que se expresa con creatividad en medio de una escena colmada de enajenación? ¿Cuánto vale el arte que suena en escenarios o el que suena en unos auriculares? Si el laburante cansado cree que vale la entrada al show para distraerse frente a un escenario o su membresía del servicio de música, ¿por qué no valdría la distracción al escuchar al artista rimar con el parlante bajo el brazo? ¿Por qué no valdría ese disfrute? ¿Por qué no valdría ese sentir? Para Tomi, la idea de “una monedita más” se ajusta a la realidad: la gorra nunca termina llena y lo recibido no suele ser más que un poco de cambio. A veces, es suficiente con recibir atención alguna, ya que son muchos los vagones en los que por más fuerte que esté el volumen de su parlante, es como si él no estuviera presente. Es la realidad que no lo permite considerarse artista, pero que también lo impulsa a seguir expresándose a través de los ritmos. En Gran Bretaña, ese artista suele ser denominado mediante el término buskers, palabra proveniente del verbo español “buscar”, ya que son considerados artistas “en búsqueda” o “en conquista”. Buscas. Esta denominación, si bien constituye a este artista en una posición distinta al performer consolidado, también lo coloca en una posición funcional: el arte en búsqueda de algo, con un fin específico. Ahí es donde aparece el rol de un Tomi: la búsqueda de romper con el estado estático, saturado e individualizado de ese aglomerado social, conquistar esa escena ferroviaria para sacar alguna sonrisa, generar alguna distracción y pedir unos aplausos. Es una labor que tiene mas que un fin económico representar una expresión fundamental para la transformación de un viaje, ña transformación de una rutina individualizada en un ritual colectivo. Así, los buskers o los “Tomi”, llegan a cumplir un papel hasta filosófico para el día a día. En la filosofía, la literatura e incluso en la teología, el viaje es considerado como un proceso de transformación física, emocional o existencial. En el cotidiano, sólo agentes como el artista brindan la posibilidad de que dicha transformación se efectúe. En el día a día, el viaje no es más que ese conjunto de cansancio, frustración, estrés y mal humor: un transporte público repleto de personas. Aquel artista callejero cumple un rol social clave, brinda un conector especial con la realidad, a través de un medio colectivo: permite encontrarse unos con otros dejando una estela de sentido en el espacio de un viaje enajenado.  

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