HANGZHOU,CHINA – FEB 14: Carrefour supermarket interior view on

El chino de confianza

Quisiera preguntarles a cada uno de ustedes, quienes a diario se quejan de tener que ir al supermercado chino, qué harían si mañana se levantaran de su cama y en medio del primer bostezo alguien les soltara -así como quien no quiere la cosa-, la noticia de que todos los chinos se han fugado del país durante la noche -vaya uno a saber cómo-, que no habrá chino a cada par de cuadras, y que jamás regresarán. Seamos sinceros, la sociedad entraría en crisis por pocos de días. Porque al chino va todo el mundo: el rico y el pobre tienen que hacer compras de último momento como el resto de los mortales.

Ahora bien, ir al supermercado es una cuestión de horarios. La lectura oriental va de derecha a izquierda, así que empecemos por el final. Durante la noche suelen ir los apurados que se olvidaron de que no había nada en la heladera y deben improvisar una comidita rápida. Por la tarde los insomnes que no duermen la siesta. Y finalmente por la mañana la gente mayor, que camina despacio en compañía del sol y charla a gusto con los vecinos. Aunque la conversación fluye en los alrededores del negocio, vaya uno a intentar mantener un mínimo intercambio con su chino de confianza: lo pueden acusar de distracción encubierta para intentar robar algo.

El chino abrió su supermercado hace más de una década y hasta hoy sólo sabe decir “hola”. Debe ser que durante el viaje al país sólo aprendió los términos básicos para llevar adelante las transacciones: números para cobrar y caramelos para dar el vuelto. Al parecer la cultura oriental le rinde un muy riguroso culto a las monedas y tienen prohibido entregarlas a los occidentales, salvo raras excepciones. Y si no es a las monedas en particular, al dinero seguro que sí. Cualquiera que disponga de tiempo libre podría darse una vuelta por los principales negocios de la zona y confirmar que el chino es el que vende más caro. Y también la peor calidad.

Porque es públicamente conocido que el chino piensa, desde que se levanta y hasta que se acuesta, en cómo seguir robándole a su clientela. Y quizás por eso cree que la sociedad piensa como él y busca cada oportunidad para llevarse algo de su negocio sin pagarlo. De todas formas no hay por qué echarle en cara lo rebuscado que es, imagínense ustedes si tuvieran que llevar un inventario de mercadería en jeroglíficos. Al que piense diferente, lo invito a caminar por las góndolas con las manos en los bolsillos, a ver cuánto tiempo pasa hasta que unos ojos comiencen a seguirle el paso muy de cerca hasta que pague y se retire con miedo de haber hecho algo malo o haber ofendido su cultura de alguna manera.

Aunque claro que lo segundo es imposible de saber, porque el chino es fundamentalmente inexpresivo. Seguramente es la única forma de enfrentar la cantidad de acusaciones a las que se ve sometido, como por ejemplo el hecho de que por las noches desenchufa las heladeras. Mantener la cadena de frío de los alimentos debe ser, después de todo, una costumbre estrictamente occidental. Así como también brindarles a los clientes una bolsa para llevar a su casa cómodamente aquello que compraron.

El chino te cobra la bolsa aparte, sí, pero te ofrece la opción de llevarte una preciosa caja vacía de galletitas o productos de perfumería en su lugar, para que todo el barrio sepa que sos más tacaño que él, que preferís acarrear una caja antes que pagar una bolsa. Pero tampoco conviene quejarse, porque se puede armar un revuelo con el adolescente de pelos parados que te cobra y entonces llega el temido encargado chino y se arma una discusión en un idioma que no sólo desconocés sino que también te resulta un poco gracioso, y cuando buscas centrar tu atención en otro punto del supermercado para sobrellevar la incomodidad, te ves rodeado de una decoración grotesca a base de elementos plásticos que consta de abanicos y gatos brillantes que mueven sus patas en un vaivén tristísimo.

Y entonces te decís a vos mismo que la próxima vez vas a pagar la bolsa, vas a aceptar el caramelo de vuelto y vas a sonreírle al chino que te sigue por las góndolas, con tal de evitar volver a formar parte de un altercado de tal calaña. Y el chino por su parte se asegura de que así sea con cada cliente, porque nadie sale de su negocio sin haber grabado en su inconsciente aquella extraña música a base de agudos que parece una conversación entre los gatitos de la suerte. Algunas personas creen que en la música hay mensajes subliminales. Sea el del chino “vuelva pronto”, porque no importa si sos el apurado, el insomne o el mayor, en cualquier momento vas a regresar. Aunque no quieras, aunque te parezca caro y aunque te moleste ir al supermercado. Porque nadie desaparece de la noche a la mañana. Ni siquiera el chino.


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Es estudiante de la Licenciatura en Comunicación desde hace varios años y le queda poco para recibirse. Su materia favorita fue el Taller de Escritura porque le otorgó libertad a su lapicera y a sus ideas. Suele estar callada, pero sonríe con convicción. Lo más importante para ella es escribir. Entrevistar a Cuentos Borgeanos fue la declaración de amor oficial a la carrera y a la música.