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La Sombra de Alejo

La ciudad aún dormía cuando el colectivo me dejó en la parada de Pilar. El frío suburbano se filtraba hasta los huesos, presagio de una jornada dura. En la quietud gélida del depósito, Alejo me esperaba junto a su camioneta. Sus músculos, tensos, preparados para la primera carga: 600 kilos de alimento para mascotas, montañas de bolsas apiladas en pallets que se elevaban como torres inestables. Esta figura, casi una escultura de la rutina, encapsula el núcleo problemático que me impulsa a escribir: la vulnerabilidad de un oficio que por su naturaleza, se vuelve invisible y desgastante en un sistema que prioriza la rapidez y la eficiencia sobre la dignidad del trabajo humano. La escena del cargador, que a pesar del esfuerzo se desdibuja en la indiferencia urbana, revela una zona de mayor interés: cómo la pérdida del interés, de la poética en los oficios vulnerados se traduce en una herida silenciosa, en una desconexión entre la vida laboral y la existencia plena. El malestar central que emerge es el de la erosión del sentido del oficio, la vulnerabilidad de la creatividad y la dignidad en un mundo que reduce a los individuos a cuerpos en movimiento sin reconocimiento. Alejo, diseñador gráfico de profesión por más de tres décadas, un oficio que amó creando mundos visuales, se ve hoy forzado a un extenuante trabajo de reparto. Lo que fue un "extra" se convirtió en su principal actividad, haciendo dos turnos "para poder llegar a fin de mes". Su historia evidencia cómo los oficios que portaron identidad y pasión hoy se ven amenazados por la precarización y la indiferencia social. La pérdida de su trabajo como diseñador, el desplazamiento a la rutina de cargar bolsas, su silencio interior y la nostalgia, expresan el conflicto entre la vida soñada y la impuesta. La vulnerabilidad no es solo física –el dolor que corroe su espalda– también es emocional y simbólica: una herida que se revela en "la indiferencia, que no te registren, que sientas que para muchos sos parte del paisaje". Una verdad cruda en sus palabras: "la cultura del esfuerzo me la enseñaron mis viejos, pero nadie te cuenta que ese esfuerzo a veces no alcanza". Esta frase encapsula una bofetada a la meritocracia, un recordatorio que el sistema a veces escupe a los que más se esfuerzan. Frente a esta cruda realidad, emerge una tentativa: explorar esa imagen del cargador con ojos de poeta y de crítico, símbolo de los oficios vulnerados que contienen en sí una historia de resistencia y pérdida. Convertir la rutina en un espacio donde lo que emerge en las grietas del malestar es un acto de recuperación. La idea es dejar que esa figura, atravesada por el peso y la nostalgia, devenga en metáfora de una vulnerabilidad que lejos de ser solo debilidad, es también una forma de resistencia silenciosa. Aunque su voz se quiebra un instante, la endereza rápido, "como quien se sacude el polvo del camino y sigue adelante, como un árbol que resiste la tormenta". "El tipo se quiebra, pero no se dobla". Su negativa a la resignación –"resignarse es empezar a morir y todavía… todavía me quedan muchas calles por recorrer"– es una declaración de principios tatuada en el asfalto. Esta resistencia silenciosa me lleva a indagar en el concepto de la dignidad invisible, esa fortaleza anónima que persiste en los márgenes de una sociedad que valora lo efímero y lo ostentoso. Esta categoría no solo se aplica a Alejo, también a innumerables trabajadores que en la vastedad de la economía informal realizan tareas esenciales pero carecen de reconocimiento. La organización del oficio de reparto –la repetición del mantra de "bajar, tocar timbre, cargar bolsas", los tiempos apremiantes y los kilos de alimento que se cargan dos veces al día– es un microcosmos de cómo se estructura la precariedad en ciertos sectores. No hay lugar para la pausa creativa del diseñador que amaba "la tipografía, el olor a tinta fresca"; solo para la eficiencia en la entrega. La automatización, la competencia de "nativos digitales" y la falta de regulación impactan directamente en la estructura de estos trabajos, deshumanizando el eslabón final. Es la dignidad de quien, a pesar de sentirse "un talento desperdiciado", sigue adelante, cargando el peso de su presente sin ceder ante la queja estéril. Esta "dignidad invisible" resuena con figuras literarias y cinematográficas que exploran la resiliencia en la adversidad. Pienso en el cartero de Pablo Neruda en Ardiente Paciencia (o El cartero de Neruda de Skármeta), un hombre cuya vida se transforma por la poesía y la amistad, elevando su oficio a la humanidad. Aunque el contexto de Alejo es más crudo, la capacidad de encontrar un resquicio de luz –como su sonrisa al ver que los perros ya lo conocen, donde "la alegría es un sol que atraviesa las nubes"– es un eco de esa búsqueda de sentido. Me viene a la memoria también la película Nomadland, donde la protagonista se adapta a una vida de precariedad laboral, pero lo hace con una inquebrantable autonomía y una búsqueda constante de la belleza en pequeños encuentros. Ambos, Alejo y los personajes de estas historias, encarnan esa resistencia que no grita ni se exhibe, sino que se manifiesta en la perseverancia, en el compromiso silencioso con el propio ser. Revelar la belleza oculta y la dignidad escondida del trabajo cotidiano es un acto de reconocimiento. Es un cuestionamiento a los sistemas que vulneran y despojan a quienes, como Alejo, todavía llevan en sus cuerpos la huella de sueños no realizados. Así, la narrativa se convierte en un puente que une la vulnerabilidad con la resistencia, un canto a la vida que florece en el asfalto a pesar de todo. Reafirmando que en cada carga y en cada kilómetro recorrido en la indiferencia, late una historia que merece ser contada, una voz que merece ser escuchada.

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