Contame tu condena o la lengua sublevada
NOTAS PARA UN MANIFIESTO
Si no canto lo que siento, me voy a morir por dentro.
Barro tal vez
L.A.Spinetta
I
Narrar ha devenido una necesidad. Siempre lo fue. Pero ante la proliferación de discursos desquiciantes de la trama común y de hábitos tecnológicos que desalientan las formas artesanales, presenciales y de largo aliento que componen el pensamiento por medio de/junto/contra las palabras, narrar, que siempre es un narrarse, deviene vital. Casi del orden de lo salvífico, curativo, cicatrizante, personal, socialmente. Enlazar las palabras, en oraciones, en párrafos, en textos como la reconstrucción de un tejido (mental, común) en estado de descomposición masiva.
Hace casi 100 años, en un diagnóstico que no ha dejado de ensancharse al tiempo de encontrar renovadas resistencias, Walter Benjamin temió la decadencia de la narración ante la irrupción de la información. El decline de la narración, del narrador/a, como figura que articulaba y esparcía una memoria común bajo la forma de una textualidad oral, que incluso se erigía en acto, con el riesgo y la apuesta que ello conlleva, era, sobre todo, la retracción de la experiencia, de las experiencias, es decir, de la vida en tanto trama de acontecimientos conmovedores y trascendentes.
L´Aura no está, l´Aura se fue, canturrea el estudiantado actual que así mismo usa el Aura como renovado y virtualizado epíteto que expresa lo fulgurante, sublime, piola, cheto. Lo mismo otro. Mejorado: incorporado al habla cotidiana, meme-izada. Evidenciando que a las sentencias hay menos que temerles o desestimarlas que operar con y desde ellas. Para preguntarnos: dónde y cómo la lengua se/nos conmueve hoy día. Dónde y cómo nos/se salva. Arriesgamos/proponemos: la universidad, la (una) revista, los (des)géneros como condiciones de enunciación, proliferación, de/reconstrucción.
Una universidad, poblada de territorio(s) narra, narrandolos, narrándose en y por ellos. Una revista, como trinchera confábulica, como potrero embarrado narra, promueve, alienta la narración incluso de sí, como grupalidad conspirante. La crónica, el ensayo, en tanto géneros anfibios, (neo)barrosos, sublevados de las normas que lo definen e intentan encapsular narran. La narración, así entendida, es decir, aquella expresión que tra(n)sciende el acto enunciativo para devenir herramienta, arma político estético memorial, es la que emerge menos de automatismos pulcro-confortables que de la escarpada artesanía de una palabra hedienta que es carne y hueso, que es seña, marca, horizonte, esperanza.
II
En el hondo bajo fondo/ donde el barro se subleva, dice el tango, escrito a un año de los bombardeos a la sociedad civil en Plaza de Mayo tras el objetivo de matar a Perón y en el mismo 1956 de los fusilamientos nocturnos en el basural de José León Suárez a militantes políticos: su letra remite a algo más (como suele suceder) que a un “sermón de vino”, que a la voz proveniente de una curda que aspira a ser la última pero que no lo será. Porque no podría serlo. Ya que allí nada termina, sino que comienza: “es que vengo de un país -continúa- que está de olvido, siempre gris”
Con los sonidos aún vibrantes del bombardeo, que parecen o más bien desean olvidar a ese subsuelo -bajo fondo- de la patria sublevada, multicolor -que describió y vivió un Scalabrini Ortiz-, las glosas del tango y todo tipo de enunciación que la evocara, se tiñen de un gris plomo, que parece sólo poder ser atravesado con una borrachera que hasta ella (como toda voz que intente expresar su filiación con el movimiento popular que se intenta derrocar/fulminar), herida absurda, también tiene picada su boleto.
Este hondo bajo fondo, como el del basural suburbano aludido, pero siempre actualizado, al que llegan tanto los carreros que buscan allí los restos, la promesa hecha de desechos que les permitan seguir en pie, como los que desean ocultar crímenes, en aquel caso, de Estado: son el inicio de una senda trágica e in-crescendo que “finaliza” 20 años luego en la ESMA y en el hondo fondo barroso del Río de la Plata.
La última curda, el tango en cuestión, escrito por Cátulo Castillo, musicalizado por Anibal Troilo e interpretado y eternizado por Roberto Goyeneche en 1956, y desde la voz nostálgica y abismada de un borrachín que no puede dejar de ver verdades, propias, de su entorno, parece abonar tanto a una clave confesional, en tanto género testimonial, como a una clandestina/suburbial, en tanto condición de existencia ¿No será acaso que las penas, las heridas, las confesiones, los fracasos, encuentren en lo fuera de vista, lo desplazado, su lugar y forma de redención?
III
Cuál es la lengua que emerge del bajo fondo social club. Cuál es la que une a los fondos de una historia que se nutre y vivifica por las demarcaciones, por caso suburbiales, que prejuiciosas devienen políticas también de una lengua, proscripta (una y otra vez) y (por ello) sublevada/sublevable. Una lengua de lenguas que vincula a la de aquellxs que llegando exhaustxs y metiendo las patas en aquellas fuentes de un centro porteño, desde las periferias, son/somos lxs mismxs desde donde hoy emergen los mismos/otros barr(i)os contemporáneos.
Una ronca maldición maleva, la de un bandoneón, al que tu lágrima de ron nos lleva, arrastra, empuja. Un instrumento extranjero, europeo, vuelto orillero, pronuncia y anuncia la maldición, la que lleva a lxs malditxs, lxs maldecidxs, al “bajo fondo”, de donde surgió y de donde la sublevación se inicia, se inició, volverá a acontecer. Dónde el barr(i)o se subleva. Dónde (sí)no.
El barro, sabemos, es, además de una sustancia fangosa (y por eso), una metáfora de acepciones variadas. Lo que dificulta y estigmatiza conviviendo con lo creacional y primigenio (barro, tal vez, he “de fusionar mi resto con el despertar”), con lo que expresa compromiso y ubicuidad (con las patas en el barro, embarrándose, donde se debe estar, con/por otrxs). Que sea el barro el que se subleve implica una rebelión de los cimientos, del suelo que (no sólo) pisamos, de la tierra que mal-tratamos, del subsuelo patriótico/popular que des-oído vuelve a subvertir el orden e intentar poner las cosas en el justo y justiciero lugar (siempre) dislocado.
Sublevación de lo barro(so). Fuera de lugar, por ser siempre un fuera de quicio liberal, un fuera de sitio: porque es el lugar históricamente de la resistencia. Dislocado por hacer de la sátira, la picardía, la embriaguez, un lugar de enunciación certero (por preciso, por justo) Desde la creación y moldeo de un mundo, marcando y mancillando, el barro encuentra lugar (donde) y anhela replicación (dónde sino, dónde más), la sublevación de la lengua, donde las cosas, los cuerpos (y no sólo las ideas) acontezcan, devengan experiencia, única, irrepetible.
IV
Desde el bajo fondo. Donde la experimentación sublevadora tiene lugar: del underground rock/rapero al arrabal donde el tango milonguero emerge por una mezcla inaudita, inaudible y luego deviebe marca aristocratizada. Desde la maldición barrosa. La de lxs maldecidxs, en-malevadxs por propixs y extrañxs (un corazón no se envilece porque sí) y la voz ronca de tanto gritar como perrxs a la luna.
Desde allí enunciamos y que los eunucos, academicxs y de lxs otrxs, bufen. El cross a la mandíbula lo hemos asimilado y vuelve recargado. Espejito rebotín, a los espejitos de neo-colores.
Desde allí narramos, y hasta que alguien, que no seremos nosotrxs, diga basta. Ya que allí estará el nuevo comienzo, en el pretendido final de lo que se presume sea una lengua sumisa, condenada. (No) cuenten con nosotrxs.
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