salto ramiro

La última función no se escribió

 

 

Un domingo a la noche típico a unas cuadras del centro de San Miguel es bastante tranquilo y solitario, las persianas de casi todos los comercios están bajas a excepción de algún kiosco. Hay poco tránsito y se puede ver el humo tibio saliendo de una rotisería o a una vecina en pantuflas sacando al perro.  

Pero a una cuadra de la avenida se alza, entre foquitos colgantes y banderines de colores, el cartel de hierro que rompe la monotonía: “Teatro”. En esta esquina de paredes rojizas, sobre la calle Sarmiento, otro cartel –el de “La Herrería”-- custodia el portón negro y las ventanas altas. Sobre Argüero, una ventana con plantas y un mural de cerámicas – obra de Fuegas, colectivo de mujeres artistas del conurbano– enmarca la puerta por la que en breve nos invitarán a entrar.

Unos minutos antes de las ocho, la calma en nuestra esquina empieza a transformarse, se junta la gente y se forma la fila, un público variado, imposible de encasillar. No puedo dejar de admirar la elegancia de un señor canoso de traje negro, camisa blanca y corbata con su igualmente impecable pareja, un poco más atrás un grupo de adolescentes; pelo verde, jeans anchos. Parejas jóvenes y amigos charlan en voz baja, un solitario - por ahora- mira impaciente para un lado y para otro. La vereda se convierte por un instante en escenario previo donde el barrio se mira en el espejo del teatro que lo habita.

Ya con el programa en mano y la sala llena, la función está a punto de empezar, el público se acomoda y en esos instantes previos en total oscuridad pienso en el trabajo invisible; el que se hace abajo del escenario y detrás del telón. El teatro independiente, ese taller vivo de oficios donde se ensaya, se actúa y también se construyen escenografías, se cosen vestuarios, se arman luces y sonido, se diseñan afiches y se organizan festivales. Cada función es la punta visible de una trama de saberes que se sostienen en la autogestión, con el trabajo de las actrices y técnicos junto a las vestuaristas y comunicadores. 

El murmullo se apaga y el escenario se alumbra. Comienza Artemio Eco, trece intérpretes despliegan durante más de una hora un puñado de personajes olvidados que reciben la última orden de su autor: “acción o muerte”. No se trata de un espectáculo importado ni de un texto clásico, sino de una creación colectiva nacida del taller de montaje de la Compañía /Taller Teatro Puchero. Cada escena carga con el peso del territorio que la produjo: un teatro de barrio donde el hacer colectivo es motor y refugio. 

El público acompaña con la respiración, se ríe en los momentos justos, alguien suspira ante un pasaje denso y aplauden con ganas cuando la acción se retuerce en un giro inesperado. Todos quedamos atrapados en la misma trama, el señor de traje, los adolescentes, el solitario, sin distinción, sostenidos por la convicción de que algo único ocurre en ese instante. 

Cuando la función termina, los aplausos se prolongan como si quisieran retener un rato más a los personajes. Una voz nos guía hacia quien, desde un costado de las butacas, nos explica cómo y por qué pagaremos a la gorra. Es más que un protocolo, es un manifiesto que se renueva en cada función: que nadie se quede afuera de la cultura por razones económicas, porque es una herramienta de construcción colectiva y participación activa, porque La Herrería abraza el derecho a la cultura como un derecho vital. Invitan a quien pueda a pagar lo que vale cualquier entrada de teatro, y a quien no, a no privarse de volver. Nos retiramos lentamente depositando pequeños puñados de responsabilidad colectiva en la bolsa de tela. Pero este aporte voluntario me parece a la vez emblema de libertad artística y signo de vulnerabilidad; la gorra democratiza el acceso, pero deja al teatro expuesto al vaivén de lo que cada uno puede aportar, dependiendo de una economía frágil, sostenida en la confianza.

La Herrería", teatro independiente y a la gorra en el conurbano, funciona desde hace 17 años en San Miguel. Se trata de un espacio autogestivo con 14 integrantes, donde los oficios teatrales conviven con el compromiso comunitario. Los festivales son tal vez la expresión más clara de este hacer. Durante años convocó a artistas locales y nacionales, instituciones educativas y organizaciones sociales, para propuestas que exceden lo teatral, como el Festival Trabajadoras de la Cultura con centro en la perspectiva de género, encuentros de poesía o programaciones para las infancias en vacaciones. 

Al salir a la vereda vuelvo a observar a ese público heterogéneo, ahora disperso en pequeños grupos, comentando, riendo, compartiendo sensaciones, dotando de un nuevo movimiento a esa esquina, como se repite en cada función.

Incluso en momentos muy duros como en la pandemia por Covid-19, cuando la sala debió cerrar, los artistas no se detuvieron y montaron espectáculos en las veredas. Los vecinos se acercaban con barbijos y guardando distancia, pero las miradas y las risas lograban lo imposible: volver a encontrarse en medio del aislamiento. Ese gesto condensó la esencia del teatro: resistir, abrir un espacio común. 

  En ese escenario, la comunidad respondió y acompañó para que la cooperativa se sostenga. Pero hoy la amenaza no es un virus sino la lógica inmobiliaria que también arrasa sin pedir permiso. El edificio donde este teatro late se encuentra en venta y la cooperativa se enfrenta a una cuenta regresiva; si no logran comprarlo deberán abandonar la sala que fue durante casi dos décadas refugio, taller vivo de oficios, escenario de festivales y punto de encuentro para el barrio.

La Herrería corre el riesgo de quedar reducida al cartel de hierro en una esquina de San Miguel, como si el valor cultural y comunitario pudiera medirse en metros cuadrados y escrituras. Se encuentran en una campaña épica de recaudación para salvar el espacio, un nuevo gesto de confianza entre artistas y comunidad. 

La campaña #compremoslaherreria significa más que salvar una sala, significa defender un modo de hacer cultura en el conurbano, un territorio donde el teatro no se mide en entradas vendidas, sino en vínculos comunitarios, confianza y resistencia.

El futuro está en juego, pero la última función todavía no se escribió.

 


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