La chatarra
En el conurbano, entre supermercados, kioscos, tiendas de indumentaria y restaurantes, la calle queda reservada para la circulación del automotor, para los transeúntes y para un grupo de personas que, sin importar si se trata de frías mañanas o tardes calurosas de verano, arrastran por la vía pública el peso de su trabajo. La fuerza desgastada se refleja en sus rostros y en sus cuerpos doblados del cansancio. Con el tiempo, su presencia en la cotidianidad de las clases populares se ha visto como un estorbo para el orden que se busca en las calles. El sonido de las ruedas se vuelve un fastidio, y su desalojo se convierte en el deseo de muchos. A plena luz del día, es común ver a hombres, adultos mayores, jóvenes e incluso niños subirse a esos carros para recoger y vender residuos en las ciudades. Estas personas llevan el nombre de “recicladores urbanos”. Los comentarios que denotan el desagrado de la gente resuena en cada una de las cuadras que atraviesan los chatarreros, quienes a pesar de las dificultades que les ha presentado la vida continúan, resilientes, marchando hacia un futuro cada vez más incierto. Me pregunto: ¿qué hay detrás de esos sujetos de rostros cansados? La respuesta más común que personas ajenas a esta labor suele adjudicarse al demérito y la suma de faltas: falta de educación, falta de interés por progresar, de voluntad y de ganas. Pero, ¿realmente todo se resume a la falta de mérito de estos sujetos? ¿Es esto realmente lo que ellos desean hacer? ¿No tendrán otras aspiraciones? Ésto solo lo descubriré si me enfrento cara a cara con ellos y escucho su historia. La calle Acevedo y Usares, en Villa de Mayo, entre casas bajas con paredes a la vista, otras sin terminar, con veredas utilizadas como jardines propios, con tendederos con ropa y unos carteles señalando la venta de hielo, ropa usada y alimentos. El barrio, ante la necesidad económica, se la ingenia como puede. A lo lejos, los contenedores exhiben plásticos, cartones, papeles, hierros y metales que pueden ser contemplados de dos maneras: para los vecinos como basura, pero para algunas empresas significan materia prima. Me presenté al mediodía, antes del almuerzo. Era un espacio sin señalización, no más que algunos alambrados por los costados, la entrada estaba abierta. El indicio de que allí trabajaban los chatarreros era vislumbrado por la cantidad de residuos acumulados fuera y dentro de los contenedores. No había timbre, golpeé las manos. Me atiende un joven, me atrevo a introducir el motivo de mi visita que era indagar en sus prácticas laborales, me redirecciona con su jefe, Marcelo Romero. Él, quien con tan sólo 25 años es además dueño de la chatarrera. Con ropas gastadas, manos marcadas y resquebrajadas por el esfuerzo de su trabajo, se encontraba frente a mí con gran predisposición. Su rutina es bastante ardua y sacrificada: se levanta a las seis de la mañana para arrancar su jornada, la cual dura hasta las ocho de la noche si la cantidad de residuos acumulados durante el día no los sobrepasa y deben acomodarlos hasta altas horas de la noche. En total, trabajan entre doce o catorce horas diarias. Hacen uso de su propia fuerza corporal, empiezan y salen a buscar su materia prima con un carro (no son partícipes de la antigua tracción de sangre a caballo) donde juntan chatarra, más específicamente, productos en desuso o averiados que contengan plástico como lavarropas, secarropas, también cartones y papeles y objetos para la fundición: hierro, fierros viejos o motores en desuso. Luego, seleccionan los objetos con sus manos, no cuentan con ninguna herramienta aparte, ponen las manos y el cuerpo en cada de sus tareas. Toman las cosas y las van acumulando en su carro. Posteriormente, todo ello es apilado para las prensadoras y luego para las fundidoras, a cambio de una paga mínima que se evalúa según la cantidad y el peso acumulado por material, en un volquete se meten alrededor de 3000 kilos o 2000 kilos en el caso del cartón. En general, se vende a una prensadora ubicada en Ruta Nacional 8 que pasa por la chatarrera y se encarga de retirar los desechos (su materia prima) almacenados en grandes contenedores divididos por materiales. Marcelo Romero, positivo y sin contar los riesgos que conlleva, describe su trabajo como “básico”, y que aparentemente solo implica “juntar o comprar y vender”. Sin embargo, en muchos casos han salido lastimados, ya que están expuestos a raspones, golpes y cortes dependiendo el material que se esté manipulando. Sin una cobertura social, ni una paga digna que les permita acceder con urgencia a algún tratamiento médico. La charla es interrumpida por el arribo de un trabajador que, por las líneas en su rostro y la encorvadura de su espalda, era bastante mayor, con un carro repleto de objetos, baldes de plástico, la estructura de un lavarropas, entre otras cosas, cuyo peso se reflejaba en el rostro del hombre que llegó con el ceño fruncido, gastando sus últimas energías para llegar al lugar. El cansancio era notorio y, aún así, nos saludó amablemente. Este hecho habla de la antigüedad del oficio y el desgaste del sobreesfuerzo humano que se lleva incluso en edades avanzadas. Horas, que pasan a ser días, que pasan a ser semanas, meses y años de sobreexigencia al cuerpo, soportando el calor, el frío, las lluvias, todo por llevar un plato de comida a casa, que ni siquiera les permite pensar en una instancia del ocio ¿Acaso esto no requiere voluntad? ¿Cómo puede tomarse, en ciertos casos, como comodidad o elección? Marcelo dice: “Me alcanza para vivir pero no para darme lujos”, dando cuenta de que, a pesar de su esfuerzo, no le alcanza para disfrutar momentos fuera del trabajo y el hogar. Situación que está empeorando por la disminución de ventas del último mes y el hecho de que no se paga como antes, ahora todo vale menos y las instigaciones por parte del Municipio se acrecientan: el objetivo es que se clausure el lugar debido a las quejas de los vecinos. Asimismo, día a día, atraviesan un factor de inseguridad, no solo están expuestos en las calles sino que también en su propio espacio laboral donde sufren los arrebatos de sus herramientas de trabajo. Adentrándome un poco más en su vida personal, le preguntó: “¿Tienes estudios hechos?”. Él responde: “La escuela la deje de muy chico”, mira al cielo y se exterioriza una mirada profundamente triste. El padre los dejó, quedaron sus hermanos y su madre. Con los ingresos que tenían apenas comían y él, a pesar de ser tan chico, decidió que ayudar a su familia era más importante que su educación. De este modo, en segundo grado dejó la primaria y empezó con los carros. Marcelo agregó: “Si yo no me dedico a esto, ¿a qué me voy a dedicar? No tengo estudios y en los trabajos me ven y me rechazan. O te quieren hacer laburar por dos mangos”. Pero admite que sueña con dejar este trabajo algún día por otro estable y bien pago que le permita mudarse solo, tener una cobertura social, comprarse ropa y zapatillas nuevas, lujos que ahora no puede permitirse. Este joven, como muchos otros, vive de la recolección de residuos desde muy temprana edad. A pesar de siempre mantener una sonrisa, el peso y el dolor se profundiza en su postura y sus ojos fatigados. Sus anhelos más brillantes, como terminar sus estudios y conseguir mejores oportunidades laborales, chocan con la oscura realidad de su historia y su presente, donde está desprotegido, sin otras alternativas para seguir viviendo y amenazado por la presión del municipio que, en lugar de ofrecerles oportunidades alternativas, trata e intentan quitarle su única fuente de trabajo e ingreso. Empujando a duras penas el carro y disminuyendo en gran parte la cantidad de residuos que habitan las veredas y desbordan los cestos de basura, estas manos llenas de historia que demuestran que, a pesar de la voluntad que uno ejecute, las dolorosas condiciones que pueden interpelar a todos de diversas formas, suelen superar y destruir los anhelos. No siempre es por elección, a veces es la única oportunidad disponible que poseen en contextos de emergencia económica y deberíamos retomar el concepto de mérito, no para desvalorizar estos trabajos, sino para considerarlos un reflejo del concepto, darles entidad, porque su fuerza de voluntad amerita un gran reconocimiento.Autores
