Tierra de todxs
Texto colectivo de intervenciones breves con referencias personales/singulares/miradas situadas del “problema”/concepto de territorio en referencia a la Ley de Tierras.
La tierra es nuestra
Por Sebastián Russo Bautista
Al conurbano se lo denomina tierra de nadie. Tal denominación refiere por un lado a una connotación de peligro y por otro, en términos jurídicos, implica un territorio que no pertenece a nadie. Estrictamente, la terra nullius, no debería pertenecer a nadie, ya que se la considera el territorio que queda libre entre dos bandos.
Pero en una nación y en una época donde a la propiedad privada se la imagina como derecho inalienable, y la competencia entre las personas manda, nada puede quedar en manos de nadie.
De nadie también es casi el mismo modo en el que se nombró al desierto, para su conquista y colonización. Una denominación mentirosa, una argucia nominativa. No había desierto. Había tierras ricas y había gente.
Como el conurbano, la provincia de Buenos Aires y la Patagonia conquistada, tampoco es de nadie, no predomina la no ley que parecería decir implicar “tierra de nadie” ni tampoco es una zona que no tiene habitantes, por el contrario, viven muchos.
Esta vinculación entre un territorio denominado tierra de nadie y un territorio denominado desértico se juega en el habitar.
Se juega la construcción de vidas, de comunidades, identidades. Se habita en tierras ni de nadie ni desérticas.
Ante esa singular vinculación de territorios conurbano patagónica, la que se extiende a toda nuestra nación, las argucia en principio nominativas para los territorios, no podemos no vincularla así dicha, así llamada Ley de Tierras.
Ante un Estado con sus poderes trastocados y capturados incluso por intereses no solo antinacionales, sino antiestatales, no queda menos ni más que desconfiar que una ley de tierras, de su pretendida justicia, como intenta ser una ley, aunque sabemos que toda ley la escribe un grupo de personas, respondiendo a intereses.
Asimismo, más que nunca esa palabra, ley, ante un Estado y un estado de cosas por actual de apropiaciones de intervenciones contra soberanías de los pueblos desde Palestina a Venezuela, a los mapuches, a los wichi, a los chuschagasta.
Debemos enunciar también como ley que la tierra es nuestra, apologéticamente. La apología es una enunciación que no responde a una racionalidad ni jurídica, ni a una racionalidad científica; responde a una razón, en este caso, de los pueblos.
Los pueblos habitan en territorios. Y si tales territorios se invaden, conquistan, subyugando a sus habitantes, debemos decir, esa tierra es nuestra. Como José Martí enunció, Nuestra América, esta, también es Nuestra Tierra. La tierra es nuestra.
Ni tampoco es una una tierra baldía, es decir, de potencial negocio inmobiliario. Esa denominación imbrica con también racionalidades económicas.
Para el que mira sin ver, la tierra es tierra no más
Por Marina Godoy
Agosto, el tiempo en que la tierra descansa y se prepara para un nuevo ciclo, nos convoca frente a la Corpachada: un pozo —soberano y comunitario— que se abre, en el rito ancestral de la Pachamama, para alimentar, sanar, agradecer y renovar el vínculo con la fuerza viva que sostiene al territorio. Una tradición que las comunidades migrantes trajeron desde su región de origen hasta el corazón del conurbano, el recordatorio de que formamos parte de un tejido común.
Este mismo mes nos exige volver a reunirnos, pero en el Congreso de la Nación, frente al tratamiento de la “Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada”. Una ley que amenaza con abrir el suelo de una forma perversa, sin depositar ofrendas ni honrar memorias ancestrales, autorizando su violación y desguace definitivo en nombre de un derecho de propiedad absoluto y mercantilizado.
La ofensiva del gobierno de la esclavitud que avanza busca derogar la Ley de Tierras Rurales, a la vez que continúa su operación de vaciamiento profundo del lenguaje y una ceguera ontológica, una mirada mercantil y colonizadora. Esa que, de alguna manera, ya denunciaba Don Atahualpa en su sabiduría campera: “Para el que mira sin ver, la tierra es tierra no más”. La reforma legal, hecha a la medida de esa visión desprovista y desarraigada, intenta convertir el territorio en mercancía entregable y extranjerizable.
El alambrado retórico también confunde, adrede, el progreso con el despojo, fingiendo ignorar que un río contaminado, un cerro dinamitado por la megaminería o el saqueo hídrico que exigen los centros de datos a hiperescala no respetan las escrituras privadas, y que el despojo de hoy es el desierto que heredarán las generaciones futuras. Frente a este escenario la próxima cita legislativa, devenida ya en peregrinación ritual contra la opresión, se convierte también en una batalla por el sentido de las palabras y en una defensa, incluso mística, de la soberanía.
Ni un paso atrás
Por Ricardo Díaz
Parece que fue ayer que estuvimos en las calles por el presupuesto para educación. Se me hace cercano cuando marchamos por la salud o para discapacidad, para que no flexibilicen las leyes laborales o para que no haya persecución política. Es otra época en que la lucha y la pelea por nuestros derechos están más álgidas. Hoy, marchamos para que no se venda Argentina.
La línea 100 nos deja sobre la Av. 9 de Julio, a la altura de la Avenida de Mayo. En una de las esquinas, un grupo de personas están rindiendo ofrendas a la Pachamama sobre una manta tejida que hace de pozo. Los veo mientras camino y empiezo a escuchar: “No se vende, la patria no se vende”, como deseo o grito de guerra.
Muchos vendedores ofrecen pañuelos, remeras con frases y personas que representan todas las luchas. Una chica muestra orgullosa su cartel: “La camiseta hay que ponérsela siempre, no a la ley de tierras”. Reclamo directo a muchos argentinos que solo sienten la celeste y blanca en épocas de mundial, pero cuando se trata de reclamar algún derecho, prefieren tomarse el té a las cinco de la tarde, puntual.
La columna de nuestra organización está en Rivadavia y Montevideo, a dos cuadras del Congreso de la Nación Argentina. Debido a la concurrencia es difícil transitar este último tramo. El humo de los clásicos choripanes nos invade por completo y muchos de nosotros (me incluyo) nos oxigenamos con ese perfecto aroma popular.
Ubicados y encolumnados, salgo a buscar agua para el mate con Luciana, mi eterna compañera. Caminamos hacia la Avenida Callao para ver y sacar fotos del Congreso. Fue imposible llegar. Le preguntamos a un muchacho de contextura alta que podía ver y nos comentó que había mucha policía y que todo el Congreso estaba vallado. Mientras volvíamos con agua en el termo, un cartel anunciaba: “Las Malvinas son argentinas y todo nuestro territorio también”. Tomamos mate, cantamos, reímos y mirábamos las noticias por Instagram. Empezamos a escuchar que ya estaban reprimiendo. Tuvimos que desconcentrar.
Comienza a llover, las nubes van anocheciendo las calles, las gotas son más frecuentes y frías. Quien tiene capucha la utiliza, mirando al piso caminamos en silencio, no es bueno salir así, una sensación fea se apodera. La violencia que ejercen al pueblo que se manifiesta pacíficamente se hace sentir físicamente y cae también en lo anímico. Un muchacho solitario posa con su cartel en letras negras: “La soberanía no se negocia”. Nuestra soberanía fue escrita por hombres y mujeres que dejaron la vida por tenerla, por mantenerla, para cuidarla, para no regalarla al extranjero que siempre las codició. Muchos de los senadores de nuestro país entregaron los avales para que el mejor postor extranjerice nuestras tierras.
El regreso es tranquilo. En el tren, una mujer se escandaliza por los destrozos que hicieron los manifestantes y avisa, con su dedo índice en el aire, a su compañera de viaje que ellas con sus impuestos van a pagar estos desmanes. No le dedico ninguna palabra al peligro que corren los barrios Registro Nacional De Barrios Populares si esta ley es aprobada en unas semanas. Arturo Jaureche recordaba: “La oligarquía es una minoría ínfima de nuestra sociedad; son dueños de la tierra, sí; pero su mayor poder es ser dueños de la cabeza de miles argentinos de clase media, que, sin tener más tierra que la de la cantera del patio, se comportan como fieles defensores de un modelo que no les pertenece".
El saludo afectuoso de nuestros hijos nos reconforta. Salimos por ellos, para que sigan diciendo que viven en Argentina, para que tengan un país que cuente con la posibilidad de elegir. Si deciden trabajar, que ningún empresario los esclavice, si quieren estudiar que tengan la posibilidad de tener una universidad pública, gratuita y de calidad, si quieren viajar y conocer su país no lo hagan con pasaporte y, si quieren tener ideología política, no sean perseguidos y mucho menos caer presos por pensar distinto.
Sentado, mirando los posteos en las redes sociales de los compañeros y compañeras, resalto el de la concejala de La Cámpora de Malvinas Argentinas, Noelia “La Changa” Farías que publicó: “Así nos vamos, con bronca y con dolor, caminamos por esos pasillos donde la derecha busca acorralarnos, donde busca desaparecernos. Nos vamos con organización, con lucha y con nuestra memoria viva. Nos reprimieron, es su única forma de gobernar, reprimiendo, hambreando a un pueblo que lo único que quiere, es vivir dignamente y no sometido. Así nos vamos, mirándonos, dándonos calma, cuidándonos. Con la certeza de que volveremos a las calles porque son nuestras, porque este país nos pertenece y no vamos a dejar que traidores a la Patria nos sigan rifando la vida”.
Recostado termino estas líneas. Sostengo mi militancia, sostengo mi lucha, las de mis compañeros y las del pueblo que no quiere ser colonia.
La Argentina no está en venta, nuestro suelo se defiende.
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