Crónicas de/en Marcha
Por Sam Mansilla, Victoria Sanchez Pérez, Julio Viltes, Guadalupe Delgado Vera, Martina Croce, Julia Savitzky
Estudiantes del Taller de Escritura Periodística I
Reunimos aquí crónicas escritas al calor de una calle que deviene agora estudiantil popular desde donde no solo los cuerpos se emplazan sino las ideas, los cánticos, las palabras también reverberan en una voz común en y desde sus valencias y singularidades. Escriben Martina Croce, Victoria Sánchez Pérez, Guadalupe Delgado Vera, Julio Viltes, Sara Mansilla y Julia Savitzky, ante una propuesta opcional de escritura dentro de la cursada del Taller de Escritura Periodística I de la Licenciatura en Comunicación de la UNGS.
Sebastián Russo Bautista
Miércoles 17 de septiembre, 2025
Quedamos con las chicas en encontrarnos a las 14.00 en Lemos, terminal de -en mi opinión- el mejor tren del conurbano bonaerense, el Urquiza. Con la puntualidad de quien no espera partimos a eso de las 15:30.
En tiempos donde es fácil sentirse preso en la ciudad, ésta nos recibe con sus aires frescos tan típicos ahora ceñidos por una multitud demandante. Pisadas fuertes marcan el asfalto. Trapos y banderas de varios tamaños parecen brotar de balcones y ventanas. El pueblo se emociona y se apretuja en virtud de una suerte de positivismo en el aire.
Se hicieron las 17:00, y entre bombos y platillos, el corazón de la Ciudad de Buenos Aires explotó en un grito de gloria.
Unos abuelos nos pidieron si les podíamos sacar una foto, posaron felices como quien acaba de conquistar y yo creo que lo hicieron.
Ahora me encuentro volviendo en otro tren, -al cual no elogio muy seguido-, el San Martín. Con las piernas pesadas, el cansancio en los ojos y apretada por la hora pico, pero con un sentimiento de satisfacción en el pecho. No estamos en el podio ganador, pero hoy salimos victoriosos.
En esta tercera Marcha Federal Universitaria, con magnitudes que están cansadas de aguantar, los llantos se volvieron alegría. Atrapados en libertad, hoy, por un par de horas, fuimos realmente libres.
Martina Croce
Primera parada
Tuve un momento, sí. Uno de aquellos que piden cierto tiempo para procesar lo ocurrido. De los que volcás sobre la mesa y vas reconstruyendo según las fotos que vas viendo; los actores que vas reconociendo; los olores y los colores, que al principio se ponen todos juntos agolpados al borde de desparramarse por doquier, pero cuando te das cuenta no sale ni uno. Empecé así, desparramando todo y allí lo vi. Se asomaba el recuerdo de la primera semana del segundo semestre 2025 en la universidad. Paro total. Una carta abierta circulaba por todos los medios posibles, dirigida hacia toda la comunidad educativa exponiendo la lucha y la frágil situación que atraviesa la universidad frente al recorte presupuestario desde hace ya un tiempo, pero con algo más oscuro de fondo. Las políticas impulsadas desde el gobierno en pos de derribar las conquistas de un pueblo que quiere educarse, trabajar y prosperar. Y allí me encontraba yo, recolectando extractos de fuertes angustias en cualquier lado donde me moviese: los despidos por recorte de personal; la universidad que está siendo recortada también; abuelos sin poder cobrar una jubilación digna después de tantos años de trabajo, eligiendo entre comer y comprar medicamentos; algunos con dos trabajos para llegar a fin de mes. Familias enteras que veo desde el colectivo revolviendo basura, acarreando cartones y otras cosas. Creo que la lista puede continuar, si me permito seguir recordando, pero ante tanta desidia e individualidad, frente al discurso de odio que se reproduce como insignia, los tiempos se tornan propicios para decidir.
Por mi parte, me embebí en el deber de sostener aquellas conquistas que nuestros antepasados lograron conseguir, la que le dio una licenciatura a mi vieja y la que hoy me da la posibilidad a mí de estar en el camino de licenciarme también. Pensando en mis sobrinos, en que ellos también tengan la posibilidad de educarse de forma gratuita y es ahí donde me pinchan en lo más fervoroso. Cómo les explico a esos peques lo que significa ir a la universidad; el honor de estar sentados escuchando un intercambio activo entre excelentísimos docentes y estudiantes; de habitar el campus; de participar de congresos. No se los puedo explicar porque prefiero que sean ellos mismos quienes lo experimenten cuando lleguen a esa instancia, así que me hago a un lado de la tibieza y el silencio de un pueblo que no sabe poner un límite.
En este desparrame de cosas encontré aquellas jornadas de clases públicas, el estar junto con compañeros y compañeras caminando con las sillas hacia la calle Gutiérrez, en la entrada de la universidad. Las remeras colgadas sobre un hilo, cerca de las banderas, secándose para una nueva jornada de lucha frente a las calles del Congreso de la Nación. Nada más y nada menos que la tercera Marcha Federal Universitaria, que ya generaba revuelo en redes sociales a lo largo de todo el país y del mundo. Un acto inevitable frente al veto que impuso el presidente ante la Ley del Financiamiento Universitario y la emergencia pediátrica.
Si la respuesta era en las calles, en las calles íbamos a estar, así que agarré mi cámara y partí desde zona norte, desde San Fernando, desde un micro que salía cerca de casa con varias personas que pertenecían a una organización peronista. Estaba tan expectante de todo lo que la jornada me iba a regalar que me lancé a las posibilidades. La primera parada fue en la Avenida Márquez y Panamericana, donde aquellos esperaban a más compañeros. El calorcito de septiembre, en vísperas del día del estudiante y la llegada de la primavera, propiciaba una movilización masiva. Me fui a comprar algo de agua y caramelos, avistando la tranquilidad de los que viajaban conmigo. Cuando volví, el micro había desaparecido, se esfumó. No podía ser, pero sí, lo era. Tras algunos mensajes volvió a buscarme y me subí entre cantos. Fuimos directo hacia el Congreso. Paraban en la casa de las Madres, pero de allí me despedía de aquellos para ir hacia Avenida de Mayo y Santiago del Estero, donde se encontraba la columna de la UNGS.
Caminé entre un mar de banderas, saltos y bombos en la plaza. Eran las tres y media de la tarde, había tiempo de recorrer un poco antes de que comenzara la sesión. A simple vista, el ambiente era ensordecedor, muchos jóvenes y colectivos sociales. Registré con mi cámara a un par de pibes que flameaban una bandera Argentina, muy cerca de otra gran bandera perteneciente al CONICET que con orgullo levantaban a su vez carteles. Me detuve y registré muchos carteles con mensajes claros: “Viva la patria”, “Cuando la juventud se pone en marcha el cambio es inevitable”, “Vetemos a Milei”, “Con el 3% en ciencia somos potencia”, “Queremos hacer ciencia en y para nuestro país”, “Todo acto educativo es acto político”, “Es muy fácil hablar de igualdad cuando la desigualdad la padecemos todxs”, “El futuro no se veta”. Me adentré entre las columnas de algunas universidades, pero escuché el himno que sonaba a lo lejos y decidí volver a la plaza. Esto indicaba que el acto iba a empezar, que la sesión estaba por comenzar.
Tuve un momento, sí. Canté el himno con todo el corazón, al igual que todos los que me rodeaban. El acto comenzó y hablaron algunas autoridades de universidades que ya no recuerdo. Volví a la casa de las Madres, para ver cómo lo estaban viviendo los que viajaron conmigo. De pronto, la sesión inició y una oleada de cantos y abrazos nos invadió el alma. Fue muy rápido, los diputados rechazaron el veto de emergencia pediátrica y seguido a eso, comenzó la de financiamiento universitario, me latía el corazón, no quería ver, qué iba a pasar. Tras unos minutos, la plaza y todas las calles explotaron de felicidad. Otro veto más que se logró rechazar. Fuegos artificiales, bombos y cantos, abrazos, llanto. Una jornada conmemorativa que nos devolvió la luz que no podíamos ver. Era tiempo de bailar, de festejar. El calor colectivo de septiembre nos reafirma el sentimiento más nacional de todos, pues es el mismo pueblo, son las mismas luchas, es el mismo futuro.
Desconcentramos con el mismo éxtasis, los edificios pintorescos de la ciudad de la furia, con sus balcones entre calles angostas, nos fueron devolviendo de a poco a la realidad encapsulada por la marcha. Me subí al colectivo, todavía con la cámara en mano y volví reviviendo todas las imágenes que registré. Pensaba en esta crónica, en lo que podía llegar a escribir sobre un día que quedó en la historia de nuestro país. Me llenó de vértigo y no me salió nada, todavía tenía que degustar un poco más.
Cerré así, con todo desparramado como al principio, pero con un hilo que me va conduciendo hacia la siguiente parada. Esta victoria aún no está completa, es una pelota que sigue rebotando en el Congreso, pero las acciones del pueblo hoy son más claras que antes. Será en octubre, tal vez, el momento que continúe escribiendo.
Guadalupe Delgado Vera
Comenzaré por decir que no es un día cualquiera. Es miércoles 17 de septiembre de 2025 y hace varias jornadas que lo tengo agendado. Hace mucho que se comenta en los medios y circula por las redes la votación que va a ocurrir hoy en Diputados. En la universidad fueron días de clases públicas y de jornadas de divulgación a través de charlas, panfletos y manifestaciones culturales. Hoy se decide si Diputados sostiene o no, el veto presidencial a la Ley de Financiamiento Universitario. Hoy se marcha, hoy marchamos, eso es lo que va a pasar.
Salgo del trabajo un poco antes y arranco apurado a encontrarme con Carolina. Ella es una orgullosa egresada de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA. Orgullo también de su familia. Orgullo mío porque logro que se mantenga a mi lado desde hace 13 años y debería también ser orgullo de la sociedad toda, como cada primera generación universitaria de cada familia.
Desde la semana pasada ya sabemos que hoy debíamos asistir. Por nuestras historias familiares, que se parecen a las miles y miles de historias familiares de un proceso histórico que uno ha podido acceder, en su caso, cursando Sociedad y Estado y, en el mío, cursando Problemas Socioeconómicos Contemporáneos, en la UNGS. En fin, dejamos el auto más o menos cerca y empezamos a caminar. O, mejor dicho, a marchar.
Nos vamos cruzando gente que se nota que se dirige a donde nosotros vamos. Es algo postular, una mezcla de la ropa, el caminar, el semblante de la gente que quizá no lleva alguna pancarta o bandera o remera o accesorio que lo identifique como tal. Pero también, hay un gesto como de inquietud. Yo también la siento. Porque en realidad no sabemos lo que va a pasar. Hay grandes chances de que no se sostenga el veto, pero los votos no están tan asegurados.
Vamos sorteando ya el grueso de gente con el mismo semblante hasta llegar hasta la columna de UNGS, donde no reconozco a nadie excepto al director de mi carrera con el que nos saludamos de lejos con un gesto, el de él, serio, el mío, apenas reconocible. E intentamos confundirnos entre la muchedumbre. Charlar de cualquier cosa mientras esperamos alguna novedad porque los celulares están muertos de señal. Nada llega a cargar, ni Youtube ni Instagram ni Twitter. Mientras intenta mandar un mensaje, Carolina me dice: “Más vale que voten bien estos hijos de puta”. Ese es el semblante de todos por acá en la siempre paqueta Avenida de Mayo.
Así un largo rato hasta que al fin nos llega el grito como de un gol en la cancha. Aplausos, gritos desaforados, cánticos. El semblante es otro. Es el opuesto. Saltamos y cantamos abrazados de un brazo y agitando el otro. Entonces llega otro gol y la escena se repite. Hay gente con lágrimas de emoción, Carolina incluida. Sale beso de festejo y abrazo. Más algarabía y “el que no salta votó a Milei”. Después, salimos del grueso, buscando en las vidrieras alguna tele donde leer algún zócalo o graf que nos dé más precisiones. Nada de eso, pero sí más compañeras y compañeros y abrazos y risas. Muchas risas que por fin llegaron. Por fin porque esas, no sabíamos si iban a pasar y porque hacen que este no sea un día cualquiera.
Julio Viltes
Camino con mis amigas entre la multitud y noto que, por suerte, somos muchos los que elegimos estar hoy acá. Las inmediaciones del Congreso de la Nación ven llegar a la gente a medida que avanza la tarde que, soleada y agradable, parece acompañar la demanda.
El reclamo es justo: que la Cámara de Diputados rechace el veto presidencial a la Ley de Financiamiento Universitario. En tiempos en los que todo parece estar en la cuerda floja, aún queda la esperanza de que aquello que nos enaltece y nos dignifica –como el derecho a una universidad pública y de calidad para todos– no nos será quitado. Este miércoles nadie está solo; incluso el que decidió acercarse sin compañía, encuentra aquí un grupo de gente que le hace un lugar. Al lado mío, dos abuelos intentan sacarse una selfie con un pasacalles que atraviesa Avenida Rivadavia. “No al veto, sí a la universidad y a la salud pública”. Un poco más lejos una madre le acomoda a su hija de unos cinco años el pañuelo azul en defensa de la educación pública. Para donde sea que gire mi cabeza hay amigos y familia, todos envueltos en banderas y carteles que enarbolan el lugar de donde vienen, sus casas de estudio o su agrupación política. Son las 17.15 y, con 174 votos afirmativos, se dio por ratificada la ley. Todo alrededor se fundió en festejos y abrazos, miradas cómplices y sonrisas. Aunque todavía debe ser tratada en el Senado, este primer momento se respira con alivio y nos impulsa a seguir dando pelea.
Camino con mis amigas entre la multitud, esta vez emprendiendo el regreso a casa, y veo rostros de alegría, escucho cánticos y bombos, y gente que se asoma a los balcones a acompañar con aplausos. Camino y corroboro que todos los que estamos acá tenemos la certeza de que estas cosas se defienden con la fuerza y la convicción de que la pelea, al final, siempre la ganan los buenos.
Victoria Sanchez Pérez
A las calles
Estudiantes, docentes y no docentes de cada provincia colmaron las calles. Miles se concentraron frente al Congreso de la Nación, debido a la crisis presupuestaria en las universidades nacionales. Hubo columnas en distintas provincias, cánticos, carteles y un clima que combinaba esperanza, angustia, orgullo y resistencia. Se decidió que la marcha se hiciera el miércoles en solidaridad a la resistencia que llevan los jubilados todos los miércoles, y en apoyo al personal de salud del Hospital Garrahan. Ambos colectivos padecen el mismo recorte presupuestario y la dehumanizacion del Ministerio de Capital Humano.
El miércoles 19 de Septiembre, desde temprano, la Ciudad de Buenos Aires amaneció sintiéndose distinta. Entrado el mediodía, a lo lejos se escuchaban bombos que marchaban a un ritmo de pulso grave. Las caminatas y las banderas se empiezan a mezclar entre cánticos improvisados, risas y el hit de la tarde: “Alta coimera, Karina, sos alta coimera”.
La Avenida de Mayo se volvió escenario de columnas interminables que descendían desde Congreso y Plaza de Mayo. Concentraban a personas mayores, a guardapolvos blancos, todos con sus carteles en cartón improvisados con frases llenas de dignidad que convivían entre olor a choripan, saltos y gritos. El paisaje era un mosaico de colores, banderas y sentidos.
El ritmo de la performatividad de la marcha estaba al son de los bombos que marcaban el caminar, sincronizaban pasos, daban ese fondo de canciones que evoca una grito de esperanza. El sonido de los redoblantes y los gritos rasposos construían un coro heterogéneo, desafiante y poderoso. Cada tanto una marea de abrazos y manos alzadas se entonaba al compás del grito :” Universidad de los trabajadores, y al que no le gusta, se jode, se jode”.
El acto central frente al Congreso condensó el clima entre los discursos de los claustros estudiantiles de todas las universidades nacionales, sindicatos de docentes y no docentes. Se marcaba el congelamiento del presupuesto universitario y el salario de los docentes y no docentes que implicaba una pérdida real de más del 40% frente a la inflación de estos años de gobierno libertario. Con el calor del sol de la tarde, se escuchaban trompetas que entonaban el Himno Nacional Argentino y por pantalla se escuchaba la voz del Presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem. Aquellos que estaban tres cuadras atrás, se agrupaban en pequeños círculos para intentar ver en Youtube cómo iba la sesión. Una vez escuchado el resultado final de la votación, se escuchó un grito unido en el sonido, que iba de adelante a hacia atrás como una ola en el mar. Era un sonido vibrante, irregular, que se fundía en un sólo sentir. Hubo abrazos largos, risas, más gritos y muchas lágrimas. Fue un cierre de jornadas larga, cansadora pero con una energía de resistencia y lucha donde los estudiantes, docentes, no docentes, jubilados, médicos, padres y madres salieron a la calles para ser un sólo pueblo en las calles.
Sam Mansilla
Epílogo
Vuelvo de trabajar y leo esta crónica que debo realizar. Si bien dudé en hacerlo porque no pude ir a las marchas, considero como estudiante de la universidad pública y anteriormente secundario público, que no son tiempos para quedarse callada al respecto. Por los horarios rotativos de mi trabajo no pude ser parte de la marcha multitudinaria del 17 de septiembre. Nuestro país es motivo de orgullo por los y las personas que estudiaron alguna vez en la universidad. No necesitamos recordar esto solo cuando nos premian los de afuera con premios Nobel y demás. Argentina funciona gracias a sus comunicadores, sus abogados, sus médicos, sus escritores y lo más importante: sus maestros. Nadie se salva solo y tampoco nadie se educa solo. No existe éxito sin previamente aprenderlo de alguien. Ese alguien importa o debería importar. La falta de respeto, y de empatía que reciben los educadores de nuestro país es imposible de aceptar. Sin sueldos dignos no se puede comer, no se puede educar, no se puede pensar en dar una clase con la angustia de saber que quizás no se puede llegar a fin de mes. “Los maestros no educan bien” o “ hacen paro” o “llegan tarde” o “se van antes”, o que, simplemente, no sirve el contenido que utilizan. Una de las tantas cosas que se pueden escuchar de gente que solo habla por hablar. Tener un sueldo que alcance para las necesidades básicas no debería ser algo por lo que luchar, ni algo a desear. Los políticos oficialistas quieren hacer creer que tener una casa es un sueño, que si no llegás a fin de mes es porque no te esforzás lo suficiente. Hacerle creer a la gente que los discapacitados, los jubilados, los estudiantes y los maestros son “la casta” solo para reducir costos, es ridículo y cruel. ¿Por qué no auditan a los que más tienen? En vez de aquellos que menos tienen. Seguramente existe alguna persona que utilice algún carnet de discapacidad de manera ilegal, o alguien que cobre algo de forma ilegal, como un plan, eso es sin duda algo que puede existir. Ahora bien, ¿todos los maestros son corruptos? ¿Todos los jubilados? ¿Todos los discapacitados? Es absurdo creer que los que menos tienen representan una amenaza para nuestra sociedad cuando hay gente viviendo en lugares privilegiados, con autos de lujo, que no se sabe de qué trabajan o simplemente de qué viven. ¿Por qué tanto miedo de auditar a los que más tienen primero y luego a los menos privilegiados? ¿No debería ser ese el orden de ajuste? O acaso le hicieron creer a miles de personas que votaron por este gobierno que la casta no eran los ricos de este país sino los y las trabajadores de la salud o de la educación. "El ajuste en el desarrollo educativo es un suicidio programado", dijo el Papa Francisco, argentino que realizó todos sus estudios en sistemas educativos públicos. No tener respeto por la educación argentina es no tener patria ni familia. No respetar aquellos que estudian décadas para pasar sus saberes a estudiantes es directamente un suicidio programado, como dijo Francisco. Militar a favor por la educación, el trabajo y la paz son actos donde nadie se arrepiente de llevarlos a cabo en su vida.
Julia Savitzky
Autores
