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¿Cuánto vale cuidar?

Existe una lista imperceptible que sostiene el funcionamiento del mundo, aunque casi nadie se detenga a leerla. En ella aparecen tareas tan diversas como comprar la leche, solicitar un turno médico, coser el dobladillo de un uniforme o llamar a la abuela para saber cómo está.

Ese sostén comienza mucho antes del gesto físico; nace en el acto de no olvidar, en permanecer alerta y en anticiparse constantemente para que a nadie le falte nada. Históricamente, hemos interpretado esta vigilancia cotidiana como un rasgo de carácter y calificamos a quien la ejerce como alguien “atento” u “organizado”. Sin embargo, rara vez admitimos que no se trata de personalidad, sino de una labor extenuante.

Durante generaciones, ese trabajo además recayó mayoritariamente sobre las mujeres. Es una tarea sin horarios, salario ni descanso que solemos confundir —y no por ingenuidad— con el amor.

En este proceso, muchas veces queda en suspenso un proyecto de vida integral que va más allá de un título o una carrera. Los deseos propios se posponen para atender urgencias ajenas, como la infancia que lo reclama todo de inmediato o la vejez que avanza de manera implacable. Velar por otros implica también aprender a postergarse, con el agravante de que casi nunca existe un relevo. No siempre es evidente quién tira de ese hilo invisible que mantiene la estructura en pie.

Cuando decimos “cuidar”, ¿de qué hablamos realmente? ¿Quién cuida? ¿A quién? ¿Quién puede dejar de hacerlo?

La socióloga e investigadora docente Nuria Yabkowski, coordinadora del proyecto de la Calculadora de Cuidados en la Universidad Nacional de General Sarmiento, propone entender el cuidado como el conjunto de actividades y relaciones que permiten sostener la vida. No se trata únicamente de tareas concretas, también incluye vínculos, tiempo compartido y afecto, todo aquello que hace posible que una persona pueda vivir y desarrollarse.

Por generaciones, muchas mujeres aprendieron a interpretar ese tiempo como una obligación natural o un gesto de afecto que no requería mayor explicación. En ese contexto surge la Calculadora de Cuidados como una herramienta que busca poner números a aquello que casi nunca se mide. Actualmente, el proyecto se sostiene con fondos propios de la UNGS y reúne a un equipo interdisciplinario de investigadoras provenientes de tres de sus institutos —el de Desarrollo Humano, el del Conurbano y el de Ciencias— junto con el área de Sistemas de la universidad. En el desarrollo de la herramienta también participan la empresa Wingu y la Organización Internacional del Trabajo, que ya habían tenido un rol central en su diseño original y colaboran ahora en su recuperación.

Esta herramienta traduce el “amor” al lenguaje del trabajo y desarma el mito de que cuidamos únicamente por instinto o vocación. La realidad es que ese afecto sostiene una estructura económica inmensa. La iniciativa parte de una premisa sencilla, si en el capitalismo el tiempo es dinero, entonces todo el tiempo dedicado a las tareas de cuidado también tiene valor, aunque no esté remunerado. 

La calculadora no solo asigna un valor a lo que parecía no tenerlo, sino que también deja al descubierto la desigualdad sobre la que se organiza ese trabajo invisible. 

Su funcionamiento es simple y completar la encuesta lleva apenas cuatro minutos. La persona usuaria responde una serie de preguntas sobre las tareas que realiza en su hogar, el tiempo que dedica a cada una. A partir de esas respuestas, la calculadora estima cuánto valdría económicamente ese trabajo si estuviera remunerado. Podés acceder a la calculadora haciendo clic acá.

Al poner a prueba la herramienta con algunos casos concretos, los resultados permiten dimensionar la cantidad de tiempo que suelen implicar las tareas domésticas y de cuidado. En tres pruebas realizadas con mujeres, la calculadora estimó dedicaciones mensuales de 330, 540 y hasta 810 horas. Traducido a términos económicos, ese trabajo equivaldría aproximadamente a ingresos de entre un millón y casi tres millones de pesos mensuales si tuviera que ser remunerado como el de una trabajadora de casas particulares.

En los casos de varones que también completaron la encuesta, las cifras fueron considerablemente menores: 105, 157 y 195 horas mensuales, con valores estimados que van desde los 341 mil hasta los 652 mil pesos. Aunque se trata apenas de ejercicios de prueba y no de una muestra representativa, la distancia entre ambos resultados permite advertir cómo el tiempo destinado a estas tareas sigue distribuyéndose de manera desigual.

Este problema adquiere una relevancia crítica en el contexto actual de Argentina. El debate sobre la reforma laboral ha vuelto a centrarse en la productividad y las condiciones de contratación, pero rara vez considera el peso del cuidado en la organización de la vida de las trabajadoras. Cambios como la extensión de la jornada laboral o la flexibilización en las modalidades de despidos no impactan de manera neutral. En un escenario donde el tiempo ya es escaso, estas modificaciones profundizan la dificultad de coordinar el empleo remunerado con las responsabilidades del hogar, las cuales terminan siendo absorbidas, una vez más, por las mujeres.

Para Nuria Yabkowski, que una herramienta como la calculadora de cuidados surja desde la universidad pública no es un detalle al azar. Representa el compromiso de las instituciones educativas por producir un conocimiento que dialogue con los problemas urgentes de la sociedad y que no quede encerrado en ámbitos académicos. La intención de fondo, sostiene la investigadora, no es solo arrojar un número final, sino abrir preguntas incómodas sobre cómo se organizan los cuidados, quién los realiza y qué rol debería ocupar el Estado, el mercado y la comunidad en esta distribución.

Si tradicionalmente el cuidado se consideró una cuestión privada que cada familia debía resolver puertas adentro, debemos pensar en que lo que ocurre en el ámbito doméstico define a su vez la organización de la sociedad en su conjunto. En este momento, donde muchas políticas de igualdad están siendo cuestionadas, volver a poner en datos y palabras este trabajo es fundamental, porque lo que está en juego no es simplemente quién lava los platos o quién recuerda un turno médico; lo que se disputa es quién sostiene la vida cotidiana y por qué ese esfuerzo fundamental sigue esperando su reconocimiento.

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