El carnaval es político
Entre escenario y calle, el carnaval del conurbano expone una pregunta incómoda: ¿qué formas de lo popular tienen lugar y cuáles quedan afuera? Mientras el discurso público insiste en seguridad, control y tradición, la calle recuerda que también puede ser mezcla, risa y comunidad. La discusión no es estética: es sobre el derecho a ocupar el espacio común.
Es febrero, época de carnaval en todo el país y en muchas plazas del conurbano el carnaval no empieza con una fecha fija ni con un escenario, empieza ese día de encuentro pactado, cuando cae la tarde y el bombo marca el pulso. En Plaza La Olla, del barrio Obligado de Bella Vista, La murga Pa’ que te muevas ensaya desde hace diez años, formando una ronda dentro de un círculo mayor: la plaza, la comunidad y un rumor que convoca.
Una vez acomodados los integrantes de la murga, se van arrimando los chicos que jugaban por la plaza a ocupar los lugares vacantes en un escalón, los grandes con el mate y la reposera y alguien que acerca unas galletitas “para los pibes”. Uno pregunta tímidamente cómo funciona el trombón y se lo prestan, lo estudia, lo toca, lo sopla sin conseguir ningún sonido, pero con la satisfacción del primer acercamiento al instrumento. Otro más atrevido ve un bombo solitario y lo agarra mientras intenta replicar a quien lleva el ritmo. Los más chiquitos imitan los pasos de quien ensaya la coreografía, ríen, se tiran sobre el pasto y vuelven a bailar, juegan mientras aprenden. El ensayo no interrumpe la vida del barrio: la absorbe y la transforma, así funciona la murga, como un lenguaje de la práctica compartida y de la memoria en movimiento, ocupando el espacio público hasta volverlo territorio común.
El carnaval nunca fue solo una fiesta. Fue —y sigue siendo— una práctica social y política, un tiempo de excepción: inversión de jerarquías y licencia para la burla, el exceso y la risa como lenguajes legítimos que desarman solemnidades. En América, el carnaval se volvió mestizo; tradiciones europeas, indígenas y africanas dieron lugar a celebraciones heterogéneas y profundamente territoriales, encontrando su expresión más popular en desfiles, carrozas, disfraces y música. Desde siempre un encuentro que propicia los lazos sociales en el escenario del pueblo: la calle. En el Noroeste argentino, el carnaval se vive alrededor del ritual comunitario; el desentierro del Pujllay, la chaya y el agradecimiento a la Pachamama convierten el juego y el cuerpo en gesto ancestral. En el Litoral, desarrollaron carnavales de comparsas profesionalizadas, donde la fiesta se volvió también industria cultural y atracción turística.
En Buenos Aires y el conurbano, la murga porteña consolidó una identidad propia: sátira política, ruido, color y ocupación festiva de la calle. El juego con agua, una “agresión lúdica” pactada, la máscara y el disfraz funcionaron como formas de anonimato y de igualdad momentánea, donde desaparecían diferencias de género y clase. En el resto de la provincia la diversidad adopta lenguajes propios. En Lincoln, la fiesta se expresa a través de los “cabezudos”, figuras de cartapesta que caricaturizan la realidad local con humor y desmesura, acompañados por carrozas, comparsas y las acrobacias de los “autos locos”. No hay una sola estética, hay creatividad situada. Pero la murga no es solo música, teatro, baile y poesía —como si fuera poco— es espacio de pertenencia, organización y memoria. Se ensaya todo el año; se sostienen con actividades de autogestión, talleres y hasta ollas populares.
Durante buena parte de los siglos XIX y XX, los corsos fueron organizados por comisiones vecinales, clubes y sociedades de fomento. No eran espectáculos para mirar, sino acontecimientos comunitarios, las calles se cortaban, familias enteras participaban. En el carnaval, el pueblo habla hasta con el cuerpo y el poder escucha con temor y desconfianza. El carnaval fue prohibido en época de la colonia y tiempo después las elites fracasaron al intentar regularlo y convertirlo en un carnaval europeo. Más de un siglo después la última dictadura cívico-militar, prohibió el carnaval y eliminó los feriados del calendario nacional. No fue un detalle administrativo, fue una decisión política, implicaba reunión, mezcla y ocupación del espacio público, algo incompatible con un régimen de silencio, orden y control. Con la recuperación democrática las murgas volvieron a la calle, pero recién en 2010 los feriados de carnaval fueron restituidos por decreto; un gesto de reparación simbólica que devolvía tiempo en el calendario a una tradición popular.
Sin embargo, recuperar la fecha no garantiza recuperar el sentido ni dejar atrás las regulaciones. En San Miguel, desde hace más de una década, el festejo oficial se concentra en el llamado “Carnaval criollo”, en la Plaza de las Carretas; un festival folclórico con música en vivo, ballets, feria gastronómica y artistas consagrados. Un evento gratuito, familiar y ordenado (muy parecido al ciclo “Respirá folklore” que se realiza todos los domingos en el mismo lugar). Según el discurso oficial, busca fortalecer las tradiciones nacionales y el sentido de pertenencia criolla. La propuesta, sin embargo, delimita una estética y una idea de lo popular. Lo “criollo” —asociado a lo gaucho, lo rural, a cierta imagen de lo nacional— ocupa el centro del escenario. La elección de una figura de principios del siglo XX, la del gaucho como emblema patriótico, pulida para encajar en una imagen blanca y ordenada de nación, opacando otras raíces, como la presencia negra en el Río de la Plata, el candombe y los ritmos que dieron forma al corso. También queda desplazada la cultura urbana, fuertemente arraigada en el conurbano.
Mientras el evento oficial se consolidaba, los corsos barriales comenzaron a enfrentar trabas. En barrios alejados del centro, como Santa Brígida y San Jorge, vecinos y organizaciones, intentaron sostener celebraciones independientes, organizadas como históricamente: con autogestión, colaboración y trabajo comunitario. Las iniciativas fueron frenadas por viejos conocidos: prohibición y censura, permisos que no llegan, exigencias imposibles de cumplir, argumentos de seguridad y orden público, presencia policial disuasiva. El mensaje fue claro: el carnaval tiene un formato legítimo y un solo lugar habilitado. Hoy los relatos de los vecinos coinciden en algo: la nostalgia no es solo por la fiesta, sino por la forma de estar juntos, ellos se plantaron frente a la policía cuando quisieron levantar sus corsos barriales. Los mayores recuerdan cuando se cortaban las calles del centro y la libertad de quienes, solo en esos días, podían mostrarse tal cual eran. Muchos asisten al carnaval criollo, aunque les gustaría que al menos un día tenga lugar el corso y otras expresiones, otros directamente eligen participar en corsos oficiados por municipios vecinos.
No se trata de oponer folklore y murga, la pregunta es: ¿Por qué una tradición sí y otra no? ¿Por qué una forma de celebrar recibe escenario, financiamiento y difusión, y la otra encuentra obstáculos y restricciones? La tensión es entre formas de organizar la celebración: una centralizada y administrada, otra dispersa, barrial y participativa. Cuando la celebración se concentra, el espacio público deja de ser territorio de invención colectiva para convertirse en escenario delimitado. En nombre de un ambiente “familiar” se atenúa la sátira, en nombre de la tradición se diluye la crítica. Una se contempla, la otra se construye, una invita a aplaudir, la otra convoca a involucrarse. Por eso, la sustitución implica un cambio profundo en la función social del carnaval; de tiempo de transgresión a espacio de conservación. Un desplazamiento estético y político.
Sin embargo, en los barrios el corso existe, resiste, insiste. En Obligado, en Santa Brígida, en San Jorge y en muchos más, las murgas siguen llevando alegría, identidad cultural, sentido de comunidad y resistencia artística, con o sin permiso. Siguen transmitiendo una tradición que no se deja domesticar. Porque el carnaval no es solo una fiesta: es un relato en disputa que se actualiza cada vez que los cuerpos y las voces vuelven a enlazarse para bailar, cantar y reírse del orden establecido.
