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Kilómetros de distancia

Desde pequeños hay cosas que marcan para siempre la vida, y a veces sin siquiera darse cuenta. Cuando uno se encuentra en un entorno familiar donde las charlas rondan siempre el mismo tema, la pasión por un oficio, el amor y la dedicación que se le pone al trabajo es casi imposible que no se despierte alguna inclinación inconsciente. Fernando heredó el oficio de ser camionero, rodeado por una familia con esa profesión, desde el padre hasta los tíos. Se crió en un ambiente donde las charlas y anécdotas de la ruta eran cotidianas: qué provincia o ciudad tocaba recorrer en la semana, cuántos viajes y cargas debían hacer. Para él, todo esto era tan común y divertido que ni se dio cuenta que cada vez anhelaba más recorrer el mismo camino. Ese deseo que se formó desde pequeño, a medida que fue creciendo, se siguió manteniendo, sabiendo a lo que se enfrentaría el día de mañana si elegía ese oficio. Sabía más que nadie que implicaba un gran esfuerzo, vivió y supo llevar la ausencia de su padre en la casa, los cumpleaños que no pudieron festejar juntos o las tardes de fútbol en la cancha que no compartieron.  En Argentina, se estima que hay alrededor de 200 mil camioneros. Doscientos mil trabajadores que soportan extensas jornadas de trabajo, que manejan a contrarreloj para cumplir con horarios de carga y descarga, que dependen de minutos y del buen desempeño logístico de las empresas para llegar a destino y poder terminar un viaje. Y luego de ello, emprender otro o, con suerte, volver a sus hogares. Durante la pandemia por covid-19, en 2020, los camioneros fueron de vital importancia, cuando todos estábamos en confinamiento. Era uno de los trabajos más importantes en aquel momento: abastecían con materia prima, insumos, mercaderías y todo lo que hace falta para un buen desarrollo del país.  Fernando, de chico, tuvo la oportunidad de acompañar a su padre, junto con sus dos hermanos, a uno de sus tantos viajes al sur. Desde ese preciso momento pudo observar con detalle cada recorrido, ver con precisión las extensas rutas, amaneceres únicos y los paisajes increíbles. Allí supo que sería un sueño poder vivir su propia experiencia desde la cabina de un camión. Recién a los 21 años su propia travesía comenzó, luego de obtener la licencia profesional para conducir. Arrancó con viajes cortos, recorriendo caminos que atravesaban pueblos y pequeñas ciudades, para luego seguir con viajes que se hacían eternos, cruzando provincias tras provincias. Y así fue creando su propia trayectoria durante ocho años, entre rutas, horarios cambiantes y noches dormido en el asiento.  Esta rutina cambiaría y se convertiría en un conflicto interno cuando nació Delfina, su hija. Su llegada trajo a su vida una alegría inmensa, un vínculo que lo transformó profundamente. Pero se veía en un conflicto al querer seguir compartiendo y viviendo la crianza de su hija y no poder estar presente físicamente. Saber que cada kilómetro recorrido lo alejaba cada vez más de su pequeña y de los momentos que ya nunca volverían. Tuvo que vivirlo en carne propia para lograr entender aquello por lo que pasó su padre atrás del volante. El comienzo de la semana se volvió cada vez más duro al tener que despedirse con un beso en la mejilla de su niña cuando aún dormía. En esas salidas de los lunes bien temprano por la madrugada, brotaba la incertidumbre de no saber con certeza qué día regresaría para poder darle un abrazo y una caricia. Con suerte regresaba un viernes en la noche. A veces, ni eso. Cargar en Buenos Aires, descargar en Córdoba, volver y salir de nuevo hacia Mendoza. Y así, durante toda la semana. El tiempo pasa y para su pequeña también, así tuvo que aprender a ver a su hija crecer a través de una pantalla. Las videollamadas se convertían en ese lazo que los unía a pesar de la distancia pero a su vez lo sentía como una forma de estar presente. Las etapas más importantes le tocó vivirlas así como los primeros pasos compartidos por su madre en un video desde el living de la casa o escuchar sus primeras palabras con delay, por una conexión inestable desde una estación de servicio. Todo compartido a la distancia, con videollamadas o videos que veía estacionado, entre carga y descarga.  A pesar de eso, hay un momento que sostiene todas las semanas cuando llega el sábado por la mañana. Delfina lo espera ansiosa, sabe que su llegada es inminente y con él trae bajo el brazo las facturas para desayunar, sobre todo los cañoncitos rellenos de dulce de leche que son los favoritos de ella. El pequeño ritual se volvió costumbre como una forma de contrarrestar los abrazos y los cuentos pendientes estando lejos. Hoy en día, a Fernando, lejos de pesarle el tiempo o el cansancio físico al volante, es la culpa de no estar lo que le trae un sabor amargo. Su corazón se encuentra dividido entre la ruta y su hogar, esa contradicción de amar a lo que se dedica que al mismo tiempo lo aleja de lo que más quiere, su familia.

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