La vida del obrero es así
“Sale temprano de nuevo a trabajar, sobre sus pasos camina una vez más. Va tarareando aquello que una vez supo ser viento en tardes de niñez”. Alejandro Balbis El trabajo de los obreros de la construcción uruguaya, especialmente en Punta del Este, sostiene en silencio el esplendor de los edificios, los chalets, los hoteles y las calles turísticas. Son obras magníficas que brillan para el visitante, que posa para la foto o se maravilla con la arquitectura de un hotel frente al mar. Sin embargo, esos escenarios lujosos contrastan alevosamente con las casas donde viven quienes los levantan: paredes sin revocar, baños sin revestir, techos que se remiendan con lo que hay. Las casas de hombres que, con sus manos, casi podrían construir castillos para otros, mientras que en lo propio apenas alcanzan a sostener lo básico. En un intento por poner en palabras esta contradicción, escribo esta crónica desde la voz de Jorge, obrero de la construcción durante toda su vida. La distancia entre Buenos Aires y Maldonado me obligó a realizar esta pieza a través de WhatsApp. Sé que podría elegir a alguien con quien hablar cara a cara, son muchas las historias igual de vulnerables que merecen ser escritas, pero no lo hago. Agarro el teléfono, abro WhatsApp y busco su contacto. Inicio la conversación a las 14.20: “Hola pa”. Le explico de qué trata la actividad. Le pido que me cuente su día laboral, las tareas que desempeña, y su vida rutinaria. “Se pone el sol sobre el andamio aquel. Baja la voz, levanta otra pared.” AB A las 17.32 llega su respuesta: un enlace. Una canción: “Homero, de Viejas Locas”. Abajo, otro mensaje: “Ya pronto con letra y todo. Pasáselo al profe y que te ponga 10”. Me río. Una respuesta muy a lo Jorge Presa. A los minutos, una videollamada. Después de los saludos y las preguntas habituales, le explico la consigna más relajadamente. Accede entre bromas, diciéndome que utilice Tarareando de Alejandro Balbis como crónica. “No se hizo conocida de este lado del charco”, me dice. Sé que es un chiste, pero también capto lo que intenta decirme: que la vida del obrero es así, simple, repetida y rutinaria. Su historia no es diferente de la que está escrita en esas canciones, ni la de tantos otros. Y eso refuerza mi idea de que merece ser contada. “Porque bueno, la vida nuestra del obrero, es re común”, resume Jorge en una sola frase, años de vida y trabajo. Lo dice mirándome por la pantalla, con el mate descansando en la mano, como si hablara solo de él, pero en realidad incluye en su relato a toda una clase trabajadora, su rutina, a sus compañeros y sus vecinos del barrio, con los que ha compartido diferentes laburos. Sintetiza: “No hay mucho para contar. Es eso. Es Homero, es Tarareando, es Diego, soy yo. Te levantás, desayunás, encarás pa’ laburar, ¿qué vas a hacer?”. Encoge levemente los hombros y esboza una media sonrisa. Lo dice así, sin vueltas, sin heroísmo, ni discursos motivacionales. Es levantarse, ir a laburar, volver. Jorge intenta disfrutar, conversa, bromea para que no se note tanto que uno está trabajando. Me habla de los compañeros, de la importancia de la buena onda en la obra, de aprender todo lo que se pueda. “Tratás de que no sea trabajo”, repite. En esa frase, deja entrever la necesidad cotidiana de alivianar lo pesado, de encontrar alegría incluso en lo rutinario, y en el cansancio físico que deja huella en el cuerpo con los años. “Marcás tarjeta, laburas, a medio día comés”, me comenta. No lo describe, pero he escuchado sobre “la media” (los almuerzos de 30 minutos) toda mi vida, y los puedo imaginar a la perfección. Comiendo sobre bloques, al sol, y charlando mientras fuman. No hay mucho silencio, pero tampoco grandes conversaciones. En “la media” se habla de fútbol, de política, del tiempo, sobre cuánto falta para cobrar. Las manos están sucias de mezcla y las uñas marcadas de tierra. Hay cansancio y también costumbre. Jorge toma otro mate y cambia el tono, casi imperceptiblemente: “Después volvés pa’ la casa, tomás unos mates, escuchás música… yo qué sé.” Hace una pausa y suspira. En sus palabras se refleja la costumbre del día a día el ciclo que se repite. Pero también una forma de vida que no suele ocupar las portadas, que pareciera no tener nada nuevo que decir. “La verdad que es raro, porque vos podés poner todas las historias que quieras ahí, y son la misma”, agrega. Me sonríe y asiente con la cabeza un par de veces tratando de expresar la realidad de que en cada obrero hay una historia parecida. Cambian los nombres o los lugares, pero el fondo es el mismo. “Nada se interpone en su camino hasta llegar a su destino, sus ojos cansados no se van a resignar a la pena”. AB Y entonces suelta una frase que me queda resonando: “La que nos queda es pasarles a ustedes el ejemplo, apoyarte a que te formes y el día de mañana tu vida no sea así”. Me lo dijo con ternura, pero también con resignación. Como si el destino de muchos fuera repetirse una y otra vez. Aparecen las futuras generaciones como única salida posible, la educación de los hijos como una revancha. Esa frase, que es como una herencia invisible, se la oí a los padres de mis amigos de la infancia, a tíos, vecinos y maestros. Las mismas palabras que mi padre escuchó de su padre poco antes de abandonar los estudios para trabajar porque hacía falta más dinero en la casa. Una frase que encierra, en simultáneo, esperanza y resignación. Una frase que conocen y marca las bases de muchos de los que hoy somos primera generación de universitarios en sus familias. “Que tu vida no sea así”. ¿Qué quiere decir exactamente? ¿Qué hay en esa vida que uno siempre escucha sobre evitarla? La respuesta son las manos curtidas, los dedos torcidos, y los dolores de espalda que ya son una parte más del cuerpo. Es la inestabilidad del trabajo, los días de lluvia sin jornal, los meses sin obra. La respuesta debe estar en el orgullo de lo hecho en un hotel lujoso o en las terminaciones de un chalet moderno. Y en la invisibilidad ante los de afuera. En la sensación de que lo propio siempre queda para después, porque primero hay que levantar lo ajeno y el cuerpo no da para todo a la vez.Autores:
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