Rebeldía. Divino Tesoro
Apuntes sobre las formas contemporáneas de la resistencia (no sólo) universitaria
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La dinámica de la protesta, al menos la que predominó en los últimos más de 40 años democráticos (indignación + organización + acción = resultado) parece haberse trastocado.
Diagnósticos de desmovilización contemporánea, nos encuentra en una encrucijada: por un lado, la impotencia de movilizaciones que no alcanzan sus objetivos; por otro, una "a-dicción virtualizante" que reduce la acción política al espejismo de un posteo.
Desde la perspectiva universitaria —como uno de los actores perjudicados, en constante confrontación y referente histórico de la resistencia juvenil— nos preguntamos por las formas de acción en la vida pública actual. ¿Se han vuelto menos audaces? ¿Dónde ha quedado la irreverencia que solía definir a las juventudes (no sólo) universitarias?
La Universidad Publica Argentina, en consonancia con latinoamericanas, tiene una tradición de luchas. Algunas de ellas fechables: del Manifiesto Liminar al Cordobazo, de la resistencia a la Ley de Educación Superior en los 90 a las recientes masivas marchas. Así mismo y ante un nuevo contexto político-cultural (porque el económico para ser el mismo que disparó a todas ellas, en sus singularidades) la pólvora de y en la calle parece mojada. Y claro, no solo la del movimiento universitario, sino que la pregunta sobre el modo, las formas de la resistencia son parte de una conversación y pregunta que circula, pero a la que no se le encuentran aún demasiadas respuestas.
¿Cuál es el rol de las Universidades en esta encerrona, entre su martirologio desfinanciante y su legado de luchas, no solo con la pluma, la palabra?
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La rebeldía se ha asociado siempre a la juventud. El sentido común que dice que de joven queres romper las normas y de adulto las respetas y haces respetar; del "joven de izquierda, adulto de derecha" parece no ser tan común. O al menos eso dicta un nuevo sentido común.
Varios autores señalaron que la rebeldía hoy parece haber migrado a la derecha, y el caudal de votos jóvenes hacia propuestas como las del actual gobierno de Javier Milei es una prueba irrefutable de este desplazamiento. Incluso dentro de la vida universitaria emergieron pequeños núcleos libertarios que, aún minoritarios, sostienen y defienden al mismo gobierno que desfinancia las universidades, y que en más de una ocasión fueron repelidos por otros estudiantes reactivando tensiones que parecían dormidas.
Cada vez que el ajuste deja de ser una discusión abstracta y la mochila universitaria empieza a sentirse más vacía y, al mismo tiempo, más pesada, esas tensiones abandonan la comodidad del algoritmo para volver a poner el cuerpo. La universidad reaparece, no solo como una institución académica, sino como un territorio atravesado por el conflicto, el roce y la disputa política. Como si la crisis hubiera venido a recordarnos que ninguna conquista permanece asegurada para siempre.
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Tal vez parte del problema sea que se erosionaron los lugares donde históricamente se construía el “nosotros”. Esos espacios de encuentro libre e informal que no eran ni la casa ni el trabajo, sino el club, la plaza, el bar. En nuestra geografía también lo fueron el pasillo de la facultad, la fotocopiadora, el mate compartido antes de cursar. Ahí se amasaban vínculos, complicidades, lenguajes comunes. Ahí la política dejaba de ser una abstracción y se volvía experiencia mancomunada.
De a poco, dejamos de compartir espacios y empezamos a compartir pantallas. El scroll reemplazó muchas veces a la conversación, y con eso también se fue desgastando cierta idea de lo colectivo, de la política como experiencia común.
Es en ese vacío donde aparece una nueva subjetividad universitaria, la de quienes se perciben a sí mismos como outsiders dentro de la propia institución. Para muchos de ellos, la irreverencia pasa por enfrentarse a lo que viven como un consenso asfixiante. No necesariamente rechazan el conocimiento o la universidad en sí, sino las manifestaciones culturales y políticas que sienten ajenas e impostadas.
La irreverencia ya no es cuestionar al capitalismo, el autoritarismo, sino agraviar al feminismo, al lenguaje inclusivo, al Estado. ¿Es disruptivo decir algo políticamente incorrecto si eso termina reforzando lo peor del sistema?
Del dicho al hecho (de la pantalla a la calle) hay un abismo. El activismo digital visibiliza, pero rara vez logra esa fuerza colectiva histórica que supo demostrar la juventud argentina.
Para quienes se curtieron en el 2001 o crecieron con la memoria de la dictadura, la resistencia era cuerpo y organización. Hoy, la precarización nos gana la partida en muchos frentes.
La frase “mañana tengo que levantarme a trabajar igualmente” no siempre expresa apatía. Muchas veces es agotamiento. El cansancio acumulado de quien no llega a fin de mes, de quien vive entre la incertidumbre y la supervivencia cotidiana. Para muchos, la militancia empezó a sentirse como un privilegio de pocos. No porque no importe, sino porque el deterioro material dejó cada vez menos resto para la rebeldía.
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Y aun así, algo insiste.
Porque incluso en una época atravesada por el cinismo, la fragmentación y el repliegue individual, todavía hay quienes siguen habitando los pasillos de la universidad, organizando asambleas, discutiendo en las mesas del campus o marchando aunque sientan que nada alcanza. Tal vez ahí aparezca una de las aseveraciones más relevantes de esta época, si lo verdaderamente disruptivo hoy no será, justamente, volver a construir tramas colectivas, sostener y fortalecer las existentes.
Cuando todo empuja al “sálvese quien pueda”, reunirse, organizarse y defender lo público empieza a convertirse en una anomalía. Casi en un acto de insubordinación. Porque quizás una época que nos quiere solos, le teme, justamente, a que volvamos a encontrarnos. Como instancia donde algo puede brotar, crecer, desde los pies, manos, cuerpos e ideas entrelazadas, modo en que la rebeldía siempre fue/será caldo de un cultivo nutricio, vitalizador de las sociedades.
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