Erosiones y correctores líquidos
Por Gottesman Fernández Andrea
Son las 7:30 de la mañana. Acabo de tomar el Belgrano Norte, en Los Polvorines, en dirección a Ciudad Universitaria. Es la primera vez que tomo este tren, me resulta curioso que tenga asientos parecidos a los de los colectivos, como también que las puertas viajen abiertas todo el trayecto. Esto mismo me hace arrepentirme de la decisión que tomé más temprano, anunciaban veintiséis grados para el día de hoy y no me traje ningún tipo de abrigo. El viaje se compone por el frío que logra ponerme la piel de gallina y al aroma, propio de la primavera, a jazmines frescos que, por momentos, se ve opacado por el olor de los frenos quemados.
El tren avanza entre los pesados bosques del conurbano bonaerense y sobre el paso del Río Reconquista, mientras el traqueteo de las ruedas marca el tempo del viaje. Me sorprende ver a todos con sus celulares perdiéndose estos paisajes, pero claro, ésta debe ser su rutina de todos los días, tanto como para los que van al trabajo como para los que van a sus facultades a cursar. Sólo yo vine siguiendo el rastro de un misterio.
Hace cincuenta años, el Estado argentino había convertido la noche en rutina y el terror en su método predilecto. El Río de La Plata se presentó como un actor principal. Durante los años más oscuros de la última dictadura, en vuelos que partían de Campo de Mayo y de la Escuela de Mecánica de la Armada, miles de detenidos eran arrojados al río, inconscientes, para que desaparecieran sin dejar rastros. Dicen que el río no habla, pero su marea devuelve. ¿Qué historias guarda realmente este río? ¿Estamos dispuestos a oírlas?
En un momento del trayecto se abre una especie de transición extraña, que no termina de concretarse, entre la naturaleza y el concreto: Estación Ciudad Universitaria. Al bajar del Belgrano Norte ya puedo percibir el ritmo de la Ciudad de Buenos Aires, aunque esté escondida en estos bosques encantados, basta mirar un poco más de cerca para ver lo que realmente es: caótica, ansiosa, frenética. Al cruzar la Avenida Cantilo me encuentro con una marea de estudiantes, cada uno portando su maletín, algún que otro tablero de dibujo técnico o una maqueta. Entrando a la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA me topo con un cartel de estudiantes desaparecidos por el terrorismo de Estado. Son 117 en total y cada uno lleva su foto, la carrera que estaba cursando, su apodo y su edad. Incluso se adjunta un número de legajo y su fecha de desaparición. No es difícil ponerse a pensar que podría haber sido cualquiera de los pibes que se encuentran acá, ultimando detalles de sus maquetas o trabajando puntillosamente en diseños en sus computadoras.
Cruzo los edificios universitarios, característicos por su estilo brutalista, práctico y de materiales desnudos a paso ligero, caminando no más de diez minutos, mientras aviones sobrevuelan mi cabeza como pájaros a una escasa distancia. Me encuentro en el Parque de la Memoria. Al llegar, en la entrada doy con un colectivo escolar naranja. Los niños de la escuela primaria dibujaban con sus guardapolvos copos de nieve en estos campos verdes tan perfectos. Si bien la inmensidad de este lugar me da una sensación de vértigo y angustia, el bullicio de los chicos logra apaciguarla. Busco un lugar para sentarme pero me cuesta, me siento ajena, incómoda. De todas maneras, lo extraño aquí sería que me sintiera cómoda en este lugar tan cargado de historia y dolor. El pasado insiste en hacerse presente en este parque de manera artística, mediante esculturas rígidas y solemnes, como si fueran guardianes de hormigón.
Recorro cada una de las esculturas del parque y me detengo a leer cuidadosamente sus carteles. Cada uno de ellos desarrolla una historia dolorosa, ya sea sobre los centros clandestinos de detención, figuras de familias vacías, como también el retrato de una víctima de desaparición forzada. A la distancia veo cómo los estudiantes en su recorrido exponen frente a las esculturas, se paran frente a ellas y les cuentan a sus compañeros y maestras lo que estudiaron. Me llama la atención esa seguridad, como si ellos mismos hubieran sido los enanos ayudantes de los artistas.
Entre caminos grises, que me pierden como si fueran laberintos, fueron grabados los nombres de padres, hijos, hermanos, nietos, amigos. Cada placa lleva datos que de alguna manera me resuenan: nombres de pila de tíos, apellidos de vecinos, edades de hermanos. En algunas de estas placas persisten detalles, como en la de Jorge Luis de Iriarte, de veintiséis años, donde con corrector líquido dejaron firmado “te amamos” junto con un corazón. Esto me hace pensar en el proceso en el que el agua, al pasar repetidamente por un lugar termina desgastando, por ejemplo, una roca, dejando su huella. Este fenómeno natural denominado erosión hídrica puede transformar terrenos con tan sólo la seguidilla de pequeñas gotas de agua de manera persistente durante años. Imagino en cuántas veces habrá venido la familia de Jorge Luis, a simplemente pasar un momento con su placa, quizás intentar disfrutar de este predio tan inmenso y apropiarse de él, encontrar la manera de sanar la herida que quedó en su familia para siempre, tal vez hoy con forma de una vieja fisura que duele un poquito más los días difíciles de intensa humedad. Pienso en que los 30.000 casos de desapariciones forzosas lograron eso en nuestro país, ya que parece imposible intentar tapar esa erosión que dejó el terrorismo de Estado a lo largo y ancho de nuestra tierra. Rumbos de miles de vidas fueron cambiados para siempre, y, siguiendo el mío por la costanera del Parque me encuentro con una seguidilla de señales de tránsito que parecieran querer alertarnos del peligro al que se puede llegar de tan solo ignorarlas. En ellas se inscriben denuncias vigentes: “iglesia cómplice”, “20.000 exiliados”, “deuda externa”, “10.000 presos políticos", “precarización laboral”, entre otros. A pesar de que algunas de ellas creo haber naturalizado, esta intervención busca alertar, al estilo de las banderas que uno tiene que observar y respetar antes de adentrarse a las aguas del mar.
Finalmente llego a la costa del Río de la Plata. El viento que proviene de él me tira y me satura los oídos como en un grito desgarrador. Su grandeza y belleza son imponentes y la hacen a una sentirse un poco insignificante, pero esto se ve llevado a un segundo plano al pensar en las tragedias que carga en sus profundidades. Me asusto al ver a lo lejos una silueta, un cuerpo parado sobre el río, dándome su espalda y contemplando el horizonte. Se trata de la escultura de Pablo Miguez, un niño de catorce años desaparecido en 1977. Bajo ciertas condiciones climáticas, el acero flotante que compone la reconstrucción del retrato de Pablo no se ve. Como si fuera un fantasma que nos enseña la importancia de mantener presente y nombrar a nuestros desaparecidos, incluso con más fuerza en tiempos dónde el silencio y el olvido intentan imponerse.
Retornando a la entrada para finalizar esta expedición, me cruzo con un grupo de extranjeros que escuchaban atentamente, mediante una traductora, la historia de un hijo de desaparecidos. Más adelante, otro guía explica una escultura a un grupo de argentinos. El Parque de la Memoria fue construido frente al río, precisamente uno de los escenarios del horror. El agua que arrastró víctimas ahora refleja esculturas, estudiantes y familias. Este espacio se convirtió en la representación de nuestra erosión que aún persiste y a su vez en un lugar de esparcimiento, donde los pesados centinelas de acero, bronce y hormigón no nos dejan olvidar que la única forma posible de construir nuestro futuro es reconociendo nuestras fisuras del pasado.
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