Mujeres de todas las edades, clases sociales, pequeñas y gigantes que alzan los brazos con dolor, empatía y una furia descontrolada. Ruido de las almas que quedaron luchando y dando voz a quienes sus vidas arrebataron.
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Durante mucho tiempo pensé que los veintitrés eran un sueño. No sé de dónde salió esa idea, pero estaba convencida de que esa edad llegaría con un departamento elegido con calma, muebles comprados de a poco, almuerzos de domingo en la casa de mi mamá y la tranquilidad de saber que irme de casa sería un paso natural.
El indio es un problema, siempre lo fue. Es el problema. Mas no en sí. Sino por lo que posee. La tierra. Deseada, anhelada, acumulable, explotable. El problema del indio, así mentado, desde siglo XIX para acá, es el problema de la tierra.
Mis papás, mis abuelos, mis tíos, primos (podría enumerar a todo el árbol genealógico) sus raíces los estancaban a los trece años cuando tenían que salir a laburar, en los sueños que tuvieron que dejar, en la secundaria que no pudieron terminar.
El olor a caldo casero inunda la cocina a media tarde como una alarma silenciosa. Lo registra ese lomo largo y naranja que conserva el color intacto, sin una sola cana. Es un contraste raro para un cuerpo que ya casi no se sostiene y que arrastra las patas con pesadez.
En el Centro Educativo Comunitario “Talita Kum” las mañanas comienzan temprano. Haya frío o calor, aunque llueva o truene, el lugar siempre abre sus puertas a niños y niñas de distintas edades en etapa escolar.
Una muchacha con ojos de papel, duendes, ogros, brujas; aventuras en el espacio, en ríos, bosques y viajes en balsas, colectivos y naves espaciales son algunos de los escenarios que habitaron el Jardín N°920 de San Miguel.
¿Se puede hacer otra escuela? Otra que no se parezca en nada a la cárcel y tampoco al mercado. ¿Se puede? ¿Una escuela ricotera? ¿Qué sería? ¿Una escuela donde el pensamiento no se curricularice? ¿Una escuela no-para-siempre? ¿Una escuela donde el arte de decir, de escuchar, de pensar no se deje atrapar tan rápido por el sentido común?
Un encuentro de esta índole hace memoria sobre el horror del terrorismo de Estado, pero también trae al presente las convicciones de quienes, a su manera, lucharon por una patria más justa. “Soñar es recordar para adelante”, cantan Los Gardelitos. De recordar el pasado entre compatriotas a lo mejor surgen ideas en el aquí y ahora en vistas de concretar un mejor futuro.

