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Una cuadra sin veredas

Por Guadalupe Delgado Vera

 

Rumbo a casa de la abuela, un septiembre en el barrio de Virreyes, avisté ciertas montañas de tierra durante el trayecto, acompañadas por herramientas y vehículos de la municipalidad. Ciertamente algo se aproximaba, algo que me dejó helada en la calle, de cara al portón verde de mi casa. Se ha convertido en una cuadra sin veredas. Saliendo del bloqueo fui directo a ella, a Emma, y le pregunté qué pasó con la vereda que Don Vera mandó a construir para mis quince años. "Los muchachos de la municipalidad van a hacer las veredas de todo el barrio, así todas pueden tener una", me dijo súper feliz la doña. Cosa que abrió una dicotomía trascendental, la alegría de lo nuevo y la ruptura de una historia, de muchas otras, en esas mismas veredas. Historias de otro tiempo, de otra sociedad, de otra cultura, de otro barrio. 

La merienda y todo aquello me dejó unos tintes de amargura. Nadie escribe sobre las historias de las veredas, ni de las manos que la forjaron y tampoco de las cabezas que la planificaron, ¿será este el llamado a la aventura? Esta homogeneización gris que hoy posibilita a tener prosperidad, en aquellos tiempos de antaño, reflejaban la temprana  organización vecinal y victoria colectiva hacia una municipalidad que ignoraba estas calles y a nuestras familias, las fundadoras que habitaron esta zona inundable. En gran medida, esa perseverancia, convicción y organización para lograr un bienestar vecinal, se refleja en el trabajo del Club y Sociedad de Fomento Villa Nájera, que todavía se levanta como semblante en medio de este conurbano tan apasionante de Virreyes al cuál me dirijo.

Podría decirse que esta historia data desde el año 1916, donde una zona conocida como "El Bañado" en San Fernando Oeste, ya formaba parte de los registros formales del área de obras del Municipio de San Fernando. Fue uno de los primeros barrios de la zona, y era de condiciones rurales como bien se ilustra en el libro "Villa Nájera, un club y su barrio", de Alejandro Segura. Un fragmento de Conrado Nalé Roxlo define esta zona: "El campo llano y desnudo, amarillo, de caminos polvorientos, de pastos secos, de insidiosos tembladerales, cuya delgada corteza de barro cocido por el sol se parecía tanto al pan casero". Y era así, una población austera y humilde en plena urbanización, con familias de inmigrantes habitando sus ranchos de paja y adobe. Pero de aquello a esto, ¿cómo llegaron las veredas? 

Bajé con el colectivo de la línea 710 mientras me adentraba al barrio de chalets, patiecitos delanteros, madereras y aserraderos. Contemplé el almacén que supo ser la sede central del Club Villa Nájera, ahí en la esquina de Entre Ríos y Junín, para imaginarme las reuniones que definieron estas calles que ahora camino y los terrenos donde jugaban a la pelota las primeras infancias del barrio. Me recibió Nelly, la actual presidenta, en la puerta del club mientras llegaba Fausto muy entusiasmado por hacerme viajar en el tiempo hacia las luchas que llevó adelante Camilo Rodríguez, el primer presidente del establecimiento y quién representó la etapa de organización vecinal para impulsar las mejoras del barrio. "Acá no había agua corriente, las canillas eran públicas, las calles eran de tierra y había poca iluminación", decía Fausto mientras recorríamos el centro de jubilados Nueva ilusión. Luego, agregó: "Más adelante solicitamos el asfalto, las baldosas para las veredas, el alumbrado como corresponde y el gas. No fue producto de la municipalidad, sino de los vecinos quienes accedían a créditos bancarios para ir pagando todo esto. Eso es lo que logra la organización". Al instante, me invadió esa sensación que sólo se comprende cuando tus pasiones son más fuertes y se anteponen a cualquier otro deseo, lo que te hace agarrar más leña para el fuego que marca un recorrido hasta mi generación y el compromiso de narrar esta hazaña barrial.  

Recorrimos la planta alta, donde se encuentran los vestuarios que escucharon la música en vivo de Pablito Lescano en algún momento, pegados a la sala del jardín maternal "La Oruga", con sus guirnaldas floridas y tiernas paredes de la selva. Entonces Fausto, mi guía en estos umbrales del recuerdo, sacó un manojo de llaves, mientras se lamentaba por cometer el error de los olvidos y no mencionar a todos los que acompañaron esa primera etapa por la que viajamos. De pronto se abrió ante mí un salón con muchas historias. Un pizarrón entre medio de dos ventanas que daban a la cancha techada se cubría por carteles dedicados a la memoria, verdad y justicia. Ubicado arriba, un cuadrito de madera del querido Gallego Nieto, otro de los referentes más emblemáticos y representativos de la última temporada. Es aquí mismo, frente a estas paredes, dónde muchas juventudes gestaron sus experiencias en  jornadas del siluetazo.

En esta casa con tanta comodidad, me sentí privilegiada y comprendí la alegría de la abuela al ver el trabajo del Estado. Si esa lucha ya se logró, el barrio se conformó; el agua está en todas las casas. Si los clubes, las plazas, las escuelas ya se levantaron ¿Qué necesidades le estarían faltando a esta sociedad para seguir mejorando y creciendo? Desde abajo, la música del entrenamiento de vóley me retornó al presente. ¿Quién era aquél que acompañaba a Camilo Rodríguez en el mural de la cancha? Fausto dijo: "Don Carlos Rodríguez es el que representa la lucha cultural. Ha hecho una tarea muy prolijo y dejó ese trabajo como referente para dos o tres generaciones tranquilamente”. “Nosotros éramos los chicos que jugábamos al fútbol esos días", confesó al traer al presente esas primeras ligas de fútbol, la biblioteca popular o los paseos a Ezeiza o Aeroparque. Cuando le tocó poner todo en la cancha y hacer experiencia dentro del club, la cuestión fue distinta y hubo que poner foco en construir lazos humanos, reforzar la relación del club con la comunidad, afiliar a nuevos socios, reproducir el compromiso y lucha de los Rodríguez. De pronto, llegaron los profes de arte y los dejamos para el taller que ya estaba por comenzar, dándonos pie a volver al salón Nueva ilusión, donde una gatita nos esperaba maullando y comentando a la par nuestro.

Mientras el atardecer daba paso a una noche cálida, nos sentamos a tomar unos mates. En el intercambio Fausto sintetizó: "El éxito también está lleno de fracasos. A nosotros nos sucedía eso, teníamos muchos planteos y no siempre se realizaba todo, era más bien efímero". La autocrítica como parte fundamental para crecer en cualquier organización y la reflexión de lo que en verdad nos acontece hoy: la incorporación de un espacio dentro de un barrio, y que a su vez, trabaje en complementación de las escuelas para el desarrollo integral de un ser humano. He aquí donde descubrí el deseo más profundo de aquel hombre, el lograr que los clubes formen parte del Estado y se puedan poner en marcha la estructura y el funcionamiento con efectividad, para que haya más posibilidades de formación civil, educativa y deportiva.

Me tomé el atrevimiento de sacar la cámara y registrar algunas cosas y a Fausto se le iluminaron los ojos, me dijo que no había ningún problema, entonces nos fuimos a dar una última vuelta antes de partir. Capturé las banderas que colgaban por las paredes de la cancha: "No se trata de triunfos sino de sentimientos"; "Somos villa Nájera" pintado sobre la bandera argentina y acompañado por el escudo del club y el escudo nacional; el homenaje a Pelotin con la camiseta N°8 de "Siempre presente". De pronto, Fausto me llevó a conocer a los profes, estaba totalmente fascinado y me presentaba: "Ella es Guadalupe y está escribiendo una tesis acá del Club". Ese momento me punzó como ninguno en toda la tarde. El registrar en esas palabras cierta ternura esperanzada.


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