Trabajadorxs, despedidxs y acampantes
Por Astor Facundo López
Bajo del 350 con destino a “Parque Industrial” sobre la calle 9, casi llegando a la 20, serán las 11 de la mañana de un lunes con mucho sol. Ya desde el colectivo pude ver el acampe en la puerta de la empresa ILVA. Hacia ahí voy. ILVA Porcellanato es una empresa ceramista que opera, u operaba, en el Parque Industrial de Pilar desde 1992. El acampe a sus puertas cuenta 45 días de protesta y comenzó luego de que a sus trabajadores y trabajadoras les sea negado el ingreso a la planta. ¿Qué me trajo hasta acá? La semana pasada un grupo de trabajadoras-acampantes fue hasta la universidad para visibilizar su reclamo. Contaron que la empresa cerró, que nadie fue indemnizado y que ninguno pensaba que en algún momento de sus vidas iban a estar haciendo “esto”. Y “esto” quiere decir acampe, cortes de ruta, visitas a diferentes lugares para visibilizar su lucha, colectas para “bancar” el acampe. Ese relato fue el que me trajo hasta acá.
Camino hacia el acampe. Media cuadra antes, paso frente a un patrullero con un policía aburrido adentro. Atrás de la patrulla ya se puede ver el interior desprolijo del predio de ILVA, con su pasto sin cortar. Este interior contrasta fuertemente con los predios y fábricas cercanas que tienen sus parques verdes, prolijos y cuidados. El interior de ILVA parece abandonado. En contraste, lo que parece muy activo es el acampe en el ingreso al predio de la fábrica, lugar donde sus trabajadores y trabajadoras se organizaron para desarrollar una forma insistente de protesta. El acampe es la forma que ellos y ellas encontraron para reclamar y resistir. Me voy acercando y voy viendo que todes usan sus remeras azules de trabajo, en donde se puede leer el nombre de la fábrica. Este rasgo de homogeneidad y de conexión con su, hasta no hace mucho, lugar de trabajo es lo que me lleva a sostener su identificación como trabajadores, en lugar de nombrarlos directamente como despedidos o anteponerles un definitivo “ex”.
Llego al acampe. Lo primero que noto son tres gazebos azules justo al lado de la puerta de ingreso al predio. Los gazebos están colocados en línea entre las rejas de la fábrica y unos árboles medianos que ofrecen su sombra. A los costados del ingreso a la fábrica, custodiando su entrada, descansan pallets y neumáticos apilados, recursos infaltables para mantener encendido el fuego de la protesta. También se pueden ver abundantes restos de neumáticos quemados que llegan a ocupar parte de la calle, como testigos de que este reclamo ya lleva varias semanas y de que también recurrió a la probada herramienta de visibilización de los cortes de calle. Adornando la imagen, en medio del acampe y pegada a la ruta, flamea una pequeña bandera argentina en un mástil improvisado. Frente a ella, del otro lado de la calle, colgada en los tejidos del predio vacío de enfrente, se despliega una bandera que expone: “Más de 300 flias en la calle”.
Miro alrededor y a un costado del ingreso veo a dos trabajadores sentados sobre unos pallets, separados del resto de sus compañeros. Me acerco a saludarlos y, en un primer momento, me mandan a hablar con su delegado. Sin embargo, la charla se va dando. “Nunca pensamos que íbamos a estar haciendo esto, a mí no me educaron para esto”, suelta Diego, uno de ellos. Recordé que esa frase era muy parecida a otra que había escuchado la semana anterior, cuando sus compañeras habían hablado en mi cursada. ¿Qué era lo que no se imaginaban? ¿Para que no habían sido educados? Lo que va surgiendo durante la conversación es que la mayoría de los trabajadores ya están resignados a buscarse otro trabajo y ya no pretenden ser reincorporados. “Yo quiero mi plata y me voy a buscar trabajo tranquilo”, asegura Matías, el otro trabajador y acampante. “Entiendo que esto es privado, si no me quieren más está bien, pero dame mi plata y me voy", agrega Diego.
El acampe se hace notar. Veo que un camarógrafo se acerca a la puerta del predio junto con una periodista, me dicen que trabajan para C5N y la TV pública Suiza. Les agradezco a Diego y Matías por sus testimonios y me acerco a la carpa central a saludar a sus compañeros y compañeras. Intercambio algunas palabras con algunos de ellos e intento acercarme a hablar con su delegado, pero ya llegaron otros periodistas, con más cámaras y micrófonos para capturar su palabra. Eso me lleva a confirmar que el acampe sí llamó la atención. Y es que el surgimiento de una acción concertada y persistente de un grupo de personas ante la injusticia y el tiempo deja interesantes preguntas. ¿Qué lleva a un grupo de trabajadores a desarrollar una acción colectiva? ¿Por qué eligieron el acampe como forma específica de protesta? ¿Por qué cada uno de ellos no llevó a cabo un litigio judicial de forma individual? El permanecer, el estar, el instalarse, es una forma muy particular de protesta que requiere mucho gasto de tiempo, pérdida de oportunidades laborales y un gran compromiso familiar. Según lo que escucho, el motor de esta acción es la impotencia ante la injusticia y la impunidad de los dueños de ILVA. A estos trabajadores-acampantes los impulsa saber que los dueños no tienen intenciones de responder. Los moviliza entender que los dueños tienen el dinero para pagarles pero prefieren, y pueden, no hacerlo. Los sostiene la propia voluntad de presionarlos a través de la visibilización de esta injusticia. Puede ser que ya se hayan resignado a no ser reincorporados, pero no renuncian a que se haga justicia.
En esa resistencia, asumen una identidad de transición: acampante. Una identidad que se nombra con una palabra que no puede dejar de transmitir precariedad, provisoriedad, pero que resiste y extiende en el tiempo el objetivo de visibilizar un reclamo de justicia. Una identidad que surge en el entre, después de ser despojados de sus puestos de trabajo y antes de asumirse como despedidos. Una identidad que surgió para resistir y que se sostiene a través de la acción colectiva, solidaria y organizada.
Me acomodo entre el grupo más grande de acampantes, ya frente a la línea de carpas, mientras su delegado habla para las cámaras con el acampe de fondo. Los trabajadores, hablan entre ellos, se ríen. El clima es ameno, se comparten mates, chistes, la escena transcurre de forma agradablemente ruidosa. En eso, el camarógrafo de la TV suiza los reta un poco, les dice que pueden hablar, pero más bajo. Parece que hay formas correctas de mostrar un reclamo en TV. Me sorprende la facilidad del camarógrafo para retar a los acampantes. Pero bueno, el periodismo suele ser un actor presente y experimentado en la transmisión de estos escenarios de protesta. Uno de los trabajadores, Raúl, me dice que “está difícil” que los dueños respondan, que nadie aparece. Sin embargo, permanecen. “Si cierran acá y no pasa nada, después, todas las empresas del parque van a hacer lo mismo”, predice Raúl. Pienso que parece que la justicia tiene varias caras. Una para los que trabajan y protestan, con un patrullero atento, con una mirada constante y otra diferente para los empresarios, más flexible y desesperantemente lenta. Pienso que, ahora, los trabajadores del Parque ya saben que se puede hacer algo ante la injusticia y que, además, los empleadores también saben que hacerla no va a ser gratis. Pero también puede ser que yo tenga muchas ganas de que así sea.
Saludo y agradezco, mientras el acampe se empieza a movilizar. Hay que alimentar la protesta. Algunos entran a las carpas a pelar papas y preparar unos pollos. Otros empiezan a cortar pallets para prender distintos fuegos. Uno, el de la parrilla, el del almuerzo, para asar unos pollos y freír unas papas. Otro, el del acampe, que se alimenta con pallets y neumáticos. El humo negro empieza a crecer y yo me empiezo a alejar hacia la parada del colectivo. Ya no es posible ver lo que viene por la calle del otro lado del acampe, los vehículos surgen de repente entre el humo negro que va creciendo. Es verdad que por la zona no circula mucha gente, pero varios periodistas se acercaron, yo me acerque. Es claro que para los trabajadores de ILVA la lucha sigue, que para ellos resistir es posible y necesario. El 350 que va a Pilar cruza el espeso humo negro. Subo.
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