En venta, cerca de la privatización
Por Griselda Junco
Son las 6:00 de la mañana. Acaba de sonar la alarma, y con tantos años de trabajo, ya perdí la cuenta de todas las veces que comenzó así mi día. Tomo el celular y desactivo el sonido, esta mañana la ansiedad me “empujó” de la cama porque en el día de hoy habrá anuncios sobre el futuro de nuestra situación laboral que ya se encuentra complicada.
Desde la llegada del gobierno de Javier Milei, la clase trabajadora fue profundamente perjudicada. A partir de la aprobación, en junio de 2024, de la Ley Bases algunas empresas estatales pretenden ser privatizadas y yo trabajo en una de ellas: Agua y Saneamientos Argentinos (AySA), específicamente la que provee de agua y saneamiento a la Ciudad de Buenos Aires y a varios municipios del conurbano. Este servicio es símbolo de salubridad y progreso e históricamente despertó intereses políticos, pero en la actualidad, con un mundo que se encuentra en emergencia hídrica, el interés es mayor.
Finalmente, me preparo y salgo hacia el trabajo. Casualmente hago unos metros y veo dos personas vestidas de azul reparando una cañería, son los chicos de las cuadrillas de agua, compañeros de otra sede. Sospecho que mi vecina reclamó insistentemente por la pérdida que está teniendo hace unos días, pero también sé a qué se deben las demoras. En la actualidad los plazos para resolver los reclamos se cumplen cuando se pueden, debido a que los sectores de trabajos quedaron diezmados. La reducción del personal fue increíble. Hubo 300 despidos sin previo aviso y ya hay más de 1.700 retiros voluntarios, este último número surgió como una estrategia gremial, que, a través de un acuerdo con la empresa, logró transformar los despidos arbitrarios en una convocatoria a todo aquel que estuviera pronto a jubilarse para que obtenga su liquidación de manera adelantada. Por último, dar la posibilidad a todas las personas que quisieran retirarse a cambio de una suma de dinero. De esa manera, lograron proteger por un tiempo, a quienes como yo, necesitamos mantener el puesto de trabajo. Se recortaron casi dos mil puestos en un año.
Después de 50 minutos de viaje, llegué a Pilar. Estoy en el portón de ingreso esperando que el muchacho de seguridad abra, mientras tanto veo de lejos a mis compañeros y compañeras hablando entre ellos. Parecen estar especulando cuáles serán las novedades que traerá el Jefe del Distrito, quien tuvo una reunión con el Director ayer. Todos están dispersos en el playón, noto caras de preocupación, angustia e incertidumbre. Últimamente esas son las sensaciones que están merodeando como fantasmas. Se corrió el portón, entro casi corriendo y hago un saludo general levantando la mano. Sería una ironía decir “buen día”.
Voy al reloj de ingreso y ficho, mientras escucho a alguien que dice: “¡Esto nunca lo vivimos! Y eso que pasé por todas, ni siquiera cuando nos vendieron a los franceses”. Es uno de mis compañeros, de los más antiguos, el Gallego. En realidad, se llama Orlando tiene 60 años y hace 35 que ingresó a trabajar, su papá y su abuelo también fueron empleados de Obras Sanitarias y actualmente trabaja con Martín, uno de sus tres hijos, quien de esa familia es la cuarta generación con el oficio. Este ejemplo de lazos familiares se replica a lo largo de toda empresa que se autodenomina la familia sanitarista. La mayoría del personal es familiar de algún otro empleado que lo antecedió o lo sucede, como en mi caso, que papá se jubiló con 30 años de antigüedad en el sector de Cloacas y mi hermano actualmente está en el sector de Estaciones Elevadoras. Quizás será por eso que duele un poco más toda la situación que estamos atravesando porque no se trata sólo de un puesto de trabajo en riesgo, ese lugar que ocupamos está impregnado de historia familiar, de cariño, de saberes y vivencias transmitidas por años. Antiguamente muchos trabajadores y trabajadoras dejaron huellas en el ámbito laboral y en la comunidad. Por ejemplo, algunos abuelos de mis compañeros formaron parte de las primeras obras de magnitud para proveer de agua y cloacas a los hogares, hospitales y escuelas de gran parte de aquel Buenos Aires que iniciaba su desarrollo urbano e integraron a los barrios más relegados. Tener ese legado genera mucha responsabilidad y orgullo, además de sentir el deber de continuar sosteniendo el derecho de acceso al saneamiento que se viene gestando hace muchos años.
A fines del siglo XIX, cuando la población argentina atravesó una fuerte epidemia de fiebre amarilla en la que murieron miles de personas, el Estado tomó la responsabilidad de iniciar un Plan de Saneamiento y así comenzaron las obras de infraestructura con el propósito de salubridad social. La distribución de redes de agua y cloacas se extendieron en gran parte del país. En 1912, se creó Obras Sanitarias de la Nación (OSN). El progreso y la extensión fueron considerables hasta la década de los noventa, que fue concesionada en la presidencia de Menem, y pasó a llamarse Aguas Argentinas, con administración francesa y española. Luego, en 2006, el gobierno de Néstor Kirchner ante el incumplimiento y la falta de inversiones retiró la concesión recuperando la empresa a manos del estado, allí nació AySA. A partir de una gran inversión de obras públicas, se logró realizar un plan de expansión de redes como hacía largo tiempo no se veía. Incorporaron varios municipios del conurbano, quienes tuvieron por primera vez la posibilidad de contar con el servicio en sus hogares. En los sucesivos años, las grandes obras de expansión continuaron. En 2015 con la asunción de Mauricio Macri a la presidencia, las obras fueron suspendidas y además la empresa tomó deuda que aún seguimos abonando. Por último, en el gobierno de Alberto Fernández llegó la pandemia del Covid-19 y AySA fue un eslabón fundamental y esencial para la salubridad social. En ese momento, no se dejó de trabajar ni un día a pesar del aislamiento social. Más que nunca el mantenimiento de redes tenía que seguir funcionando, debido al confinamiento. Lamentablemente, como consecuencia de la exposición para mantener el servicio muchos colegas murieron por contagio, hasta ese momento no había vacunas. Todo el esfuerzo de aquel momento quedó en el olvido, actualmente solo somos un número a reducir.
La espera de hoy finalmente terminó. De repente se abre el portón e ingresa el Jefe de Distrito con las novedades. De a poco se van acercando los grupos al centro del playón. Del lado izquierdo la veo a Lorena, es una de las inspectoras quién toma de los hombros a otra compañera. Del lado derecho, están “los azules”, así se suele llamar al personal de cuadrilla que pertenecen al sector operativo. Por último, distribuidos entre toda la multitud, el personal administrativo. El Jefe de Distrito, se acerca bastante serio y saluda. Se lo nota nervioso, claramente las cosas cambiaron, debe tomar un rol más distante y se esfuerza por cumplirlo hace semanas. Comienza el relato comentando que luego del DNU, la empresa está habilitada para ser privatizada y la mayoría de las acciones serían puestas a la venta a inversores privados. Asimismo, informa que mientras tanto se defina esa situación, desde el estado, no habrá ningún aporte ni para mantenimiento, ni para obras públicas, y habrá que sostener el servicio con los recursos que hay. Por un momento intenta ser amigable y con voz tranquila dice: “Entiendo que es una situación difícil pero tenemos que hacer un esfuerzo”. Entre todas las personas se miran con apariencia molesta y se genera un murmullo, incluso hasta algunas sonrisas irónicas. Imagino que debe ser porque utilizó la palabra “esfuerzo”, siempre aparece cuando se reciben las exigencias, pero poco importa a la hora de valorarlo. Pide también que colaboremos entre todos los sectores, eso se traduce a múltiples tareas por el mismo cobro y en ese sentido, hay complicaciones. Hace un año que nuestros salarios están congelados. En cuanto a la prestación de servicios, solicita que prioricemos las urgencias como escuelas, hospitales y en los domicilios sólo si la situación es urgente o crítica.
Por un momento, dejo de prestar atención a la lista de enunciados que desaniman y me detengo a mirar los rostros de mis compañeros y compañeras, quienes ponen el cuerpo todos los días, van escuchando las directivas con la mirada perdida. Observo algunas manos curtidas sosteniendo el casco y no puedo evitar sentir tristeza ante esta injusta desmoralización. Laboralmente, aún no hay certezas de cómo continuaremos, pero tampoco sabemos el destino que tendrá un recurso tan esencial como el agua y el saneamiento.
Quizás un consuelo, por hoy, es que no estamos ante una nueva lista de despidos.
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