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La marea no borra huellas

 Por Milagros Ardiles

Puerto Madryn tiene una playa que no perdona la comparación con las postales turquesas. La arena es dura, el viento golpea como si quisiera echarte y, sin embargo, todos bajan con sus lonas, conservadoras y sombrillas que se doblan a la primera ráfaga. Desde la orilla, el espectáculo es doble: los que buscan descansar unos días frente al mar y los que, con la misma naturalidad, ofrecen excursiones, artesanías o un trabajo improvisado para salvar la temporada.
El puerto promete abundancia, pero el mar devuelve otras marcas: plástico flotando junto a gaviotas, jóvenes que reparten folletos mientras sueñan con un sueldo fijo, familias que vuelven de changas con más cansancio que monedas. La riqueza de la ciudad se mide en ballenas y cruceros, aunque no siempre les alcanza a quienes la habitan todo el año. En la arena, conviven quienes bajan con la serenidad de unas vacaciones y también quienes arrastran los pies con la carga de preocupaciones que el mar no alcanza a lavar.
Se suele decir que el mar borra todas las huellas. En Madryn, más que borrarlas, las convierte en cicatrices visibles. Ya sea en la piel quemada de los que no pueden pagar un protector solar, en los barrios que esperan una temporada buena o en mi propia mirada que insiste en leer esta playa no solo como descanso, sino como testimonio de desigualdades que la marea no logra arrastrar.

Vine a Madryn buscando descanso. Pero a medida que pasan los días, empiezo a mirar distinto. El viento me obliga a entrecerrar los ojos y, en ese gesto mínimo, entiendo que no es solo una incomodidad porque es parte del paisaje, una forma de resistencia. Nada se sostiene fácil acá. Ni las sombrillas, ni los puestos, ni las vidas. Todo se pelea contra ese viento que arrastra, despeina y, de algún modo, desnuda.

A la mañana, la costanera es una especie de escenario improvisado. Se mezclan los turistas con mate y cámara al cuello, los corredores que esquivan carritos de venta, y las mujeres que llegan temprano para buscar el mejor lugar donde extender sus mantas. Una de ellas es Vilma, vendedora de artesanías. Tiene el pelo atado con un pañuelo y las manos agrietadas por el frío. Acomoda sus pulseras, dijes y collares hechos con caracoles, hilo y piedras que junta en la playa. “Vivo en el Pujol II y vengo todos los días, menos cuando hay mucho viento ya que te arruina el día, te vuela la manta, te da vuelta todo”, dijo

Le pregunto si siempre trabajó de eso. Responde Vilma: “Desde chica. Mi mamá tejía para vender a los turistas cuando acá no venía nadie. Ahora viene gente de todos lados, pero gastan poco. Igual, no me quejo: por lo menos tengo algo para hacer. Si me quedo en casa, pienso demasiado”. Vilma sonríe, pero su mirada se va hacia el mar. Habla sin dramatismo, como quien asume que las cosas son así y ya. El viento levanta la arena, y ella la espanta con la mano mientras continúa el diálogo: “A veces la gente te compra una pulsera y te agradece como si le hubieras hecho un favor. Pero en realidad, somos nosotros los que mantenemos viva esta playa cuando no hay turistas. Sin nosotros, esto sería solo viento y agua.”

Camino hacia el muelle y el aire cambia. El olor a sal se mezcla con el del pescado recién descargado. Allí, entre redes húmedas y cajones de plástico, conozco a Dani, pescador desde los quince años. Tiene los brazos marcados y la piel manchada por el sol. “Hoy salió poco — me dice mientras limpia un balde—. El mar anda raro, y cada vez somos más los que salimos a buscar lo mismo.” Me cuenta que vive con su familia en el barrio San Miguel, y que hace unos años tuvo que vender su bote porque no podía mantenerlo. Ahora trabaja para otro.

Respecto a la aparente virtuosidad del océano, agrega Dani: “El mar te da, pero también te quita. Algunos creen que esto es libertad, pero no saben lo que es salir con frío y volver sin nada. Cuando hay suerte, el pescado se vende bien; cuando no, se pudre en el muelle.” Me habla de los permisos de pesca, de los intermediarios que pagan lo que quieren, y de la desigualdad entre los que viven del turismo y los que dependen del mar. “Nosotros somos invisibles —dice—. Los que vienen en crucero ni se imaginan que acá hay gente que pasa hambre mirando el mismo mar.”

 

Sus palabras quedan flotando un rato, como si el viento no se animara a llevárselas. Miro alrededor: los barcos mecidos, los rostros cansados, el cielo limpio. Todo parece quieto, pero hay una tensión invisible, una lucha constante entre lo que se muestra y lo que se esconde.

Esa noche, camino por la avenida principal. Las luces de los restaurantes iluminan las veredas y los turistas se amontonan frente a los locales de recuerdos. Madryn parece otra ciudad: viva, ruidosa, casi ajena a lo que vi en la playa. Pero incluso en medio de la música y el bullicio, hay detalles que delatan la otra cara: una mujer, con su bebé en un cochecito, que ofrece empanadas caseras, un chico que toca la guitarra esperando algunas monedas, un grupo de jóvenes que reparten folletos para un bar con “promos para los locales”. Todos, de algún modo, sostienen esa postal que otros disfrutan.

Al día siguiente vuelvo al muelle al amanecer. El viento te corta la cara, pero el cielo está despejado. Dani ya está ahí, revisando las redes. Vilma también, un poco más allá, sacudiendo la arena de su manta. Los miro y pienso en esa rutina que se repite sin garantías, pero con una convicción silenciosa. Madryn parece vivir en un ciclo eterno: el verano que promete, el invierno que castiga, la marea que sube y baja como si marcara el pulso de la ciudad.

Me siento en la arena. Frente a mí, el mar avanza y retrocede con la misma paciencia que Vilma cuando espera una venta, con la misma perseverancia que Dani cuando lanza su red. Entiendo que este lugar no se puede mirar sin involucrarse. No es una postal ni un destino: es un espejo donde se refleja lo que somos como país. Una geografía hermosa y desigual, sostenida por el trabajo invisible de quienes siguen remando, incluso cuando la corriente está en contra.

El viento vuelve a soplar fuerte. Una sombrilla se desprende y rueda por la arena, los turistas corren a atraparla, los chicos ríen, felices. Anoto una frase que me viene a la cabeza y no puedo soltar: “En Madryn, el mar no borra las huellas”. En cambio,  las conserva y las transforma en cicatrices, en memoria, en prueba de que incluso en los lugares donde el viento arrasa, siempre hay alguien resistiendo.


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