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Recuerdos sobre la oscuridad

Por Victoria Sánchez Pérez

Tenía cuatro años cuando nos mudamos con mi familia a Los Polvorines. De más grande me enteraría que, en una serie de eventos desafortunados, mi papá se quedaría sin trabajo, se terminaría el contrato de alquiler de la casa en la que vivíamos y tendríamos que mudarnos a este barrio en el que ninguno había vivido antes. La zona es muy tranquila y tiene una particularidad, hay un predio municipal, de 62 hectáreas, ubicado entre las estaciones ferroviarias de Los Polvorines e Ingeniero Pablo Nogués, conocido por los vecinos como “El Batallón”.

 

En el Predio Municipal “El Batallón", Ex Batallón 601, las familias van a pasar el día y hay tanto verde que el lugar parece infinito. Cada fin de semana, el predio se llena de gente, muchos chicos llevan la pelota, algunos andan en bicicleta y otros en rollers por los caminos asfaltados internos. Recuerdo tardes enteras jugando con mis hermanos en ese campo enorme, pero sobre todo recuerdo un juego que se repetía mucho, deslizarnos desde lo más alto de unas montañas pequeñas, que había en varios puntos del predio, con una especie de culipatín hecho con botellas de plástico aplastadas. Todavía puedo evocar el vértigo que sentía cuando me lanzaba desde lo más alto y competía con mi hermana para ver quién llegaba primero a la base. Podíamos pasar horas subiendo y bajando, como si nuestra energía fuera infinita, como si no pudiéramos cansarnos nunca.

 

“El Batallón” conserva una infinidad de recuerdos de la infancia para los que vivimos en Malvinas Argentinas. También guarda un pedazo de la historia de nuestro país. En este predio, funcionó un centro clandestino de detención, una especie de apéndice de Campo de Mayo. Se lo usaba como parte de un circuito coordinado desde Campo de Mayo donde se retenía a los detenidos-desaparecidos hasta que se los llevaba a una dependencia permanente. Por ello, se lo considera un Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio de paso. Llamado “El Cilindro”, en el Nunca Más, elaborado por la CONADEP en 1984, hay una breve descripción sobre este lugar, en él se detalla que los detenidos permanecían acostados sobre el piso, esposados y que en el centro había un eje cilíndrico donde partían cadenas en forma radial, a las que estaban amarrados los detenidos.

 

No recuerdo cuándo fue la última vez que fui al batallón, sé que fue hace mucho, y en ese entonces no tenía idea de esa parte de la historia. Decidí ir al predio y me doy cuenta que, dentro de su magnitud, todo se ve más chico de lo que lo recordaba. Me muevo por el lugar como si lo conociera de memoria y lo cierto es que no pongo un pie acá desde hace al menos diez años. Si bien se encuentra en mi barrio, fuimos creciendo y las actividades que solíamos hacer con mi familia se fueron consumiendo con el tiempo. Recorro el lugar y pienso que lo que hoy es recreación, diversión y encuentro familiar supo albergar las atrocidades más oscuras, pienso en esa dualidad y si es posible que esas dos cosas convivan. 

 

Hace dos años, la Municipalidad de Malvinas Argentinas colocó un cartel en la entrada del predio: “Aquí se cometieron delitos de lesa humanidad, durante el terrorismo de Estado”. Veo niños jugar a metros del cartel, como si fuesen dos realidades paralelas, como si las historias pudieran superponerse unas encima de otras y las que pasaron hace tiempo hubiesen quedado sepultadas tan abajo que hiciera falta recordarlas con un cartel negro gigante. Camino y un aire pesado recorre el lugar. Creo que es una sombra que me absorbió. Miro a mi alrededor y nadie parece sentir lo mismo. La gente se ríe, toma mates y habla sin parar. Creo que si hubiese venido con mis amigas, probablemente, también me estaría riendo, tomando mates y hablando sin parar, tal vez estar sola me da esa tranquilidad que necesito. Hoy decidí prestar atención a los sonidos. 

 

Toda nuestra historia fue construida en suelo pisoteado, y me alegra que en la entrada de este lugar haya un recordatorio de que lo atroz puede dejar de serlo, que con el tiempo las historias se resignifican y que, mientras no dejemos de recordar, la memoria será el suelo firme que nos sostiene. Me pregunto cuántos de los que están acá conocen la historia de este lugar, cuántos pasaron por al lado del cartel y se detuvieron a leerlo, cuántos lo hicieron y siguieron de largo. Pasó por al lado de un grupo de chicas, todas parecen tener mi edad. Pregunto si conocen la historia del lugar. “Sí, en sexto año, al momento de estudiar la última dictadura militar, la profesora de historia nos habló de lo ocurrido”, me dice Lucia, de 19 años, que terminó sus estudios secundarios en un colegio de la zona. “Muchos de nuestros compañeros, después de la clase, decían que la historia no había sido así”, comenta otra de las chicas. Muy acorde a la época, pensé. Me quedo con una sensación rara: por un lado, cinco jóvenes cuentan que conocen la historia y se interesan por conocerla aún más, y por el otro, que entre las nuevas generaciones —y no es que me sorprenda— se está instalando cada vez con más naturalidad poner en duda los crímenes de lesa humanidad, discursos avalados por aquellos que nos gobiernan. 

 

Sigo mi camino, me cruzo con las pendientes en las que jugaba cuando era chica. Son muy chicas, no puedo dimensionar que alguien sienta vértigo desde ahí arriba. Sé que este lugar es parte de mi historia y me reconforta saber que también es parte de la historia de todos los que vivimos acá, y si miro con más lejanía, también es parte de la historia de nuestro país. Cuenta un capítulo de lo que fuimos, nos recuerda lo que no queremos que vuelva a pasar y reafirma que todavía somos muchos los que tenemos memoria.

 


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