Comunidad frente al Terror

50 años: Conversaciones en Presente

En la Semana de la Memoria, buscamos revitalizar la importancia del activismo durante la última dictadura cívico-militar y cómo aún convivimos con vestigios de ella en el día a día. Para ello, desde DBS, convocamos a tres especialistas de la institución. En esta entrega, María Pía López, socióloga, ensayista e investigadora al igual que docente en la UNGS y la UBA, explica cómo puede comprenderse este proceso desde los estudios sociales.

Invitamos además a leer las crónicas y reseñas que también forman parte de este Especial de Sombras Terribles, al igual que las entrevistas a César Mónaco y Sebastián Mattia.

 

¿Qué modificaciones podemos ver en el campo de la sociología durante la dictadura?

Hay dos aristas a tener en cuenta. Por un lado, cuando se produjo el golpe de Estado, hubo una modificación, la cual fue intencional, en todos los sentidos de la sociedad argentina. Algunas transformaciones las padecemos hasta el día de hoy y, en parte, se reactualizan con el gobierno actual que pareciera que busca seguir con un formato similar cuando se trata de redisciplinar a la sociedad, de producir un desbalance cada vez más fuerte entre las clases trabajadores y las clases dominantes. Ese re-disciplinamiento que comenzó en 1976 tuvo efectos muy duros sobre la enseñanza, la ciencia y la producción de conocimiento. La sociología en la Argentina tiene una tradición que viene desde principios del siglo XX, con una configuración más bien ensayística. En 1957, se crea lo que se suele llamar sociología científica, con una institución, con una carrera dentro de la Universidad de Buenos Aires y, desde sus comienzos, estuvo muy vinculada a la vida política. Las mismas Ciencias Sociales están relacionadas a ella, al pensamiento crítico, a la elaboración de perspectivas de discusión sobre la trama social y las sociedad que habitamos. Por ende, esta especialidad fue uno de los campos académicos más sujetos a fuertes amenazas. Muchos docentes y estudiantes de la carrera fueron detenidos desaparecidos: contamos con mártires, con muertos, que han habitado esas aulas. Pienso, por ejemplo, en Roberto Carri: trabajó alrededor de la vida popular, de la cuestión sindical y también del bandolerismo social. Fue detenido y desaparecido junto con su compañera. Pongo ese nombre del mismo modo que podría poner tantos otros de personas que fueron castigadas y sancionadas por sus militancias y modos de pensar. La sociología se recupera, en parte, de ese fuerte ataque. Lo hace tambaleando, como toda la sociedad argentina, con heridas, con huecos, con dramas. Pero es ese intento de salir de esos efectos el que hace que se reconvierta y que, para finales de la década del 80, se convierta en una sociología más abarcativa, que recoge un hilo crítico que tiene su origen no sólo institucional, sino ensayístico. 

 

¿Cómo influyó el accionar del régimen antidemocrático en los vínculos sociales? ¿Podemos decir que se encuentran rasgos de ello en los discursos de odio actuales?

Ahí hay una habilitación que siempre se maneja con una retroalimentación. Cuando tenemos discursos de odio en los niveles más altos de enunciación política y de autoridad, eso habilita a que por debajo, aquellas personas que no se animaban a manifestarse abiertamente, lo empiecen a hacer y que también lo lleven al acto. Recuerdo el caso del periodista homosexual Lucas Roman, de Futuröck, que comentaba que le pegaron sin siquiera mediar palabra. Las palabras ausentes son en realidad las palabras del presidente en la apertura de las sesiones legislativas; es decir, hay una discursividad política que habilita la hostilidad, el odio, las formas de denigración del otro y que da a entender que ese otro puede ser atacado y agraviado. Y esto existía desde antes, en las redes sociales podíamos ver esta agresividad y persecución digital. A mí parecer, lo más problemático es cómo esto deja de ser un fenómeno marginal, uno que incomoda y que inquieta, para pasar a estar en el corazón de la legitimidad de la época. Ya no son solo formas expresivas de odio, sino que dañan y corroen la vida democrática, se vinculan con un ejercicio explícito de la crueldad. Lo que pone en juego la ultraderecha cuando gobierna, o por lo menos en el caso argentino, es que no esconde su propia truculencia, sino que la utiliza para convertirla en una publicidad. Todos los miércoles, en las marchas de jubilados, hay represiones muy duras. Hay un show que se monta, al cual muchas personas lo miramos con horror y tristeza, que para una parte del público son efectos publicitarios que los llevan a apoyar al gobierno y a este tipo de prácticas. 

 

¿Cómo podemos explicar, desde la sociología, el resurgimiento de la derecha?

Hay variados elementos que podríamos utilizar para explicarlo. Uno, que son las cosas que justamente se estudian desde la sociología, lo podemos ligar a los cambios, a los comportamientos, las formas en que las personas trabajan y a cómo se relacionan entre sí. También tenemos una explicación más politicista, la cual puede dividirse en dos partes: la primera es la modificación de las formas y organización del trabajo, ya que cada vez menos personas están en lugares físicos con los que vincularse a lo largo de su vida. Aparecieron labores asociadas a las aplicaciones, donde cada quien se transforma en un emprendedor de sí mismo. Todo ese imaginario es el opuesto al de la Argentina del siglo XX, con sindicatos, fábricas y lugares en los que, si había un conflicto, se sentaban entre compañeros para dirimir la discusión del salario. Con las nuevas transformaciones, esto desaparece, porque en general las figuras nuevas emergen directamente desde una aplicación, vínculos directos con el algoritmo, con una empresa, y ya no espacios donde nos reconocemos con otros compañeros como parte de algo en común. Claro está que está modificación implica una acción subjetiva, sobre cómo nos vemos, cómo construimos un nosotros. En relación a la dictadura, hay algo que creo necesario preguntarse: ¿cuánto del ataque fue, no solo a los movimientos insurgentes, sino también a los modos de construir lazos sociales, de cooperación, de solidaridad, de todo aquello que establecía un mundo en común? Y hoy cabe preguntarnos qué es lo que nos reúne para poder producir ese nosotros. Esto indica un problema respecto al triunfo de la ultraderecha, no solo en Argentina, lo podemos ver con Bolsonaro en Brasil, Trump en Estados Unidos, o incluso una ola en Chile. La segunda parte se ve relacionada al plano de la construcción de la creencia. El siglo XX fue, justamente, un periodo donde la creencia se organizaba en conjunto de instituciones y autoridades: una religión, un partido político, la ciencia. Me parece que lo que está apareciendo en este momento es que se modificó, también, la opinión pública y estos modos de construcción de las creencias alrededor de un conjunto de tecnologías como las redes sociales. Nos encontramos de repente con un espacio delimitado, en burbujas de personas con las que pensamos más o menos lo mismo y que el propio algoritmo te va mostrando. Ahí se crea un efecto muy complejo, porque ya no discutimos en términos de verdad, sino de apego afectivo a una creencia. 

 

¿Podemos encontrar vestigios de la dictadura, de cierto modo, con la situación que padecen las universidades?

El gobierno pone en juego una idea que, creo yo, es una suerte de herencia. Con un grupo de militantes hicimos un esfuerzo para reescribir un texto que a nosotros nos parece muy importante: la carta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar cuando se cumplió un año del comienzo de la dictadura. Lo hicimos colectivamente como Carta a los herederos de la Junta Militar, para tratar de pensar en qué puntos el gobierno se hereda y en cuáles se construye esta memoria. Uno de los modos en los que podemos ver esta continuidad es en el dispositivo represivo, en las políticas de control social, en aquellas al servicio de la concentración de capital y en el fortalecimiento de los sectores dominantes. Por ejemplo, se recuperan ciertos hilos cuando hablan de la llamada "batalla cultural". Si bien en la dictadura no tenemos algo como tal, si recuperamos la frase de Massera sobre ganar la batalla militar, pero perder la batalla narrativa y por la hegemonía, vemos una interconexión. Este gobierno viene a decir es: "Ahora vamos a dar la batalla narrativa, vamos a dar la batalla cultural", que es la batalla por el sentido común, por la interpretación, por las ideas. Y es ahí donde las universidades son uno de los blancos directos. No hay que aceptar la frase "no hay plata", porque nunca es realmente un problema estrictamente de dinero, sino que hay una serie de instituciones que están establecidas por dos cuestiones. Una es la generación de lazos sociales mediados por la gratuidad, que es lo que hacemos en la universidad pública y por ello somos un foco de ataque; la otra es que la universidad en sí misma es un espacio de pensamiento crítico, lo cual va en contra de su reflexión sobre el adoctrinamiento, porque una universidad no existe si no logra abrir un conjunto de problemas con todos sus bagajes, y eso implica cuestionar todo aquello que en el orden social aparece como naturalizado y afirmado, que todo lo histórico debe ser pensado y analizado.

 

¿Cómo se le puede hacer frente a esta problemática?

Primero, tomándonos en serio el grado y la magnitud del ataque. No es que no nos aumentan el salario a los docentes nada más, están haciendo otra cosa que, si no avanza en disposiciones más enfáticas y dramáticas de persecución, es solo por razones de tiempo. No estamos en un escenario donde podamos esperar a que el tipo de aversión, de ataque, disminuya, porque nos vemos frente a un panorama en el que la aversión y el ataque solo van a aumentar. Entre los modos de resistir, para mí hay uno principal, que es el de construir comunidad. Esta debe reconocerse por lo que puede y quiere hacer, por el deseo que nos constituye como universitarios. Pero también a sabiendas de que es una comunidad bajo amenaza, que está en peligro. Ese es el primer paso, construir un nosotros de quienes habitamos las universidades.

 

Respecto al Nunca Más, ¿qué memoria colectiva construyó y cómo se experimenta hoy?

Estamos frente al primer gobierno de la democracia argentina que va en contra del pacto del Nunca Más, el cual es no volver al terrorismo de Estado. Nos encontramos en un borde muy fino. No podríamos decir que, efectivamente, hoy lo vivenciamos, pero sí estamos en un borde donde se legitima o defiende lo ocurrido en la dictadura. Se sostiene el discurso del "algo habrán hecho", el cual moviliza sintomáticamente en la represión de la protesta social. El cincuentenario llega en un momento muy dramático, porque lo conmemoramos con un gobierno negacionista. Vamos a tener que poner en marcha mucha inteligencia colectiva, que haya capacidad por parte de los actores democráticos para poder sostener la situación. Además, contamos con una problemática mayor: quedan muy pocas Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, aquellas que fueron las agentes en el sostén de esa memoria. Hoy, hablar de lo que ocurrió en el 76, para muchas personas puede ser como hablar del Cruce de los Andes por la temporalidad que nos separa de esos hechos. Para los que somos más grandes y vivimos, aunque sea como niños, esos momentos o que fuimos protagonistas del 83 en adelante de las luchas políticas, se nos presentan variados problemas: el cómo transmitir, cómo hacer para abrir preguntas sobre ello, especialmente quienes estamos en las aulas, ya que estamos con estudiantes que nacieron mucho después y pueden sentir los sucesos como algo foráneo. Para mí, una de las cosas a pensar es, justamente, la memoria colectiva, común y social. Entre muchas de las cosas que se prepararon para este año, hay una iniciativa relacionada a las banderas que encabezan la marcha. Se armaron dos grandes banderas: una de pañuelos bordados con los nombres de los hijos e hijos desaparecidos y otra en la que se van a incluir banderas de otras luchas. Ahí llegaron Ni una menos, las luchas por el aborto, las luchas por los derechos de las disidencias sexuales, entre otras. La idea es que podamos pensar, o narrar, esa memoria colectiva del Nunca Más pero desde experiencias que tocan a cada uno desde su lado más cercano y sensible.

 

¿Se puede pensar la dictadura desde una perspectiva de género? 

Sí, se puede. Quiero traer a colación Las tretas del débil, un texto de crítica literaria de Josefina Ludmer. En él, la autora habla de Sor Juana y se pregunta por los modos en que, a veces, quienes están en lugares subalternos y apelan a ciertos rasgos, los cuales les son atribuidos por el régimen dominante, pueden hacer otra cosa de ello. Ludmer explica que eso ocurre con las mujeres cuando estas politizan lo doméstico, lo privado y lo particular desde ese lugar que les es asignado por el régimen de género. Al politizar el espacio interno, estalla el afuera. Eso es lo que hicieron las Madres de Plaza de Mayo: salieron como madres, pero abandonan el rol que se les había impuesto por su diferencia sexual. Hay algo fundamental en ello, porque se emplea lo que ellas llamaron "socializar la maternidad", en donde cada una deja de pelear por su hijo o hija particular, y comienza a pelear por todos los hijos de cada madre. Para mí, ese es uno de los pasajes más disruptivos que hay en la historia de las luchas por cuestiones de género en el país, porque no solo es una lucha por los derechos humanos, también es un hito para el feminismo argentino. Las madres no definían su activismo como feminismo, salvo al final de sus vidas o algunas excepciones como Nora Cortiñas o Laura Bonaparte, pero las feministas contemporáneas no podríamos hacer una historia del movimiento sin incluir a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. La dictadura en sí misma buscó reafirmar estos roles de género. De hecho, había un estigma específico hacia las mujeres militantes, ya que había un ideal de cómo debía ser una mujer de familia socialmente correcta. Que las madres irrumpan esto, aceptando esta división, pero al mismo tiempo rompiéndola, es fascinante. "Ustedes tienen que volver a ser madres y quedarse en la casa", les decían. Pero la respuesta fue firme: "Actuamos como madres, pero tenemos que salir a buscar a nuestros hijos". Aceptaron el tablero, pero lo hicieron estallar.

 

La serie de entrevistas 50 años: Conversaciones en presente las realizó y transcribió Lucía Giarrizzo, a partir de una idea en conjunto con Sebastián Russo Bautista. Acompañó el proceso el equipo de Comunicación de DBS.


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