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El último plato de caldo

Por Lucila Segura

 

El olor a caldo casero inunda la cocina a media tarde como una alarma silenciosa. Lo registra ese lomo largo y naranja que conserva el color intacto, sin una sola cana. Es un contraste raro para un cuerpo que ya casi no se sostiene y que arrastra las patas con pesadez. Cuando veo que no puede sola, me acerco y la ayudo a incorporarse, con una contradicción que me genera una pena profunda. Es quien corría hace unos años, ahora atrapada en una vejez que avanza demasiado rápido. Sin embargo, en cuanto llega el plato, la debilidad se borra de golpe y devora la comida como si fuera su última vez.

Cruzar la puerta de casa y bajar a la calle nos mete de lleno en ese laboratorio de miradas. En este junio frío, las veredas de Devoto se cubren de un colchón espeso de hojas secas. Salimos con Mora y su ponchito rayado a la calle solo para que haga pis, buscando sostenerle el hábito del barrio, aunque su límite ya sea de una cuadra. Ahí nos espera siempre Gabi, el portero de al lado, quien se queda estático mirándola con angustia para después clavar los ojos en Bruno y mover la cabeza de un lado a otro, despacio, en un gesto de decepción silenciosa que juzga y reprocha que no optemos por la eutanasia.  Da bronca la ligereza del que mira de afuera, como si no nos ocuparámos de ella.

Esa presión invisible de la cuadra se vuelve todavía más pesada una vez al mes, cuando nos toca romper la rutina para ir a la doctora Natalia. Para llegar a la veterinaria tenemos que hacer casi tres cuadras; una distancia que para las patas rígidas de Mora se vuelve un abismo imposible que nos obliga a llevarla a upa la mitad del viaje. Fue en una de esas caminatas mensuales que una vecina se frenó, la miró con una lástima sincera y nos ofreció regalarnos una correa, ignorando por completo que el problema no era la falta de soga, sino de fuerzas.

En su último control esa tensión que veníamos esquivando terminó por estallar. Bruno se sentó frente a Natalia y le preguntó con la voz rota cuándo era el momento “exacto”, un límite borroso que se siente como el descarte de los viejos olvidados en los geriátricos porque el entorno ya no puede cuidarlos. La veterinaria explicó que el signo definitivo es la comida, ya que cuando una perra no quiere vivir "traba la mandíbula" y se niega a alimentarse. Pero Mora se desvive por su plato de comida.

Y ahí aparece la parte más difícil de este proceso, que es la incertidumbre de interpretar sus señales. Mientras las personas transitamos nuestro final de forma natural, con ellos cargamos la responsabilidad de elegir el momento “exacto”, con el miedo constante a equivocarnos o a no entender si simplemente necesitan descansar.

Todavía me acuerdo de la Morita de hace diez años atrás, cuando nos mudamos a esta casa en la esquina de Campana y Habana. El barrio todavía era un territorio nuevo, pero ella se encargó enseguida de marcar su lugar. Era gracioso verla plantada en la esquina, desafiando a puros ladridos al perro del edificio contiguo cada vez que salía a la vereda. Se medían las fuerzas con una constancia casi profesional, como en una disputa por el control absoluto de la cuadra, demostrando quién mandaba afuera y quién se quedaba tras las rejas.

Hoy el edificio de al lado está sumergido en un absoluto silencio y a ese viejo rival de vereda ya no se lo ve cruzar la puerta desde hace más de un año. El tiempo pasó para todos. Mora sigue conservando ese brillo combativo en los ojos, pero es una resistencia puramente mental, porque si se cruza con otros perros en sus paseos cortos todavía los mira con ganas de disputarles el territorio como en los viejos tiempos. No obstante, se queda estática, atrapada en un envase físico que ya no le responde.

Con quince años encima, el desgaste irreversible de la artrosis ya se instaló de forma definitiva en cada una de sus articulaciones. Sin embargo, la intensidad del color de su pelaje naranja confunde a los vecinos al proyectar una vitalidad que oculta los achaques internos. Esa ausencia de señales corporales evidentes lleva a que en el barrio se pregunten qué le pasa, asumiendo quizás que lo suyo es un problema repentino y no el desgaste del paso del tiempo. Y me encantaría que así fuera, una simple enfermedad pasajera que con algún antibiótico me devuelva a esa cachorra cabrona, loca y juguetona que un día fue.

Al final, esa contradicción entre el ímpetu intacto de su mirada y un cuerpo que ya no acompaña no es una historia exclusiva de Mora. Quienes comparten o alguna vez compartieron la vida con un animal conocen de memoria ese instante en el que el ritmo cambia y la rutina se transforma en una forma de cuidado minucioso. Es el momento en que se aprende a descifrar el cansancio en los pasos y a valorar la permanencia silenciosa en un rincón de la casa. Nadie nos prepara para ver envejecer a quienes amamos, pero nos queda la certeza de que el afecto se mide en esa paciencia compartida. Mientras tanto, ella sigue acá, durmiendo al lado de la cocina mientras el olor al caldo inunda el ambiente, sosteniéndola el tiempo que haga falta.


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