Invasión Obrera
Por Milagros Leticia Duleba Caro
A las siete de la mañana y algunos minutos más, pasó el colectivo. En la caminata previa a la parada me sentí acompañada por las madres y las infancias que van de camino al colegio. En el viaje, voy apretada entre la multitud, acompañada de trabajadores. Yo fui, y soy un poco de cada uno. Pero ahora voy de camino a la universidad. ¿Sabrán que también pueden ir? Yo lo acababa de descubrir.
Suena tonto viviendo en Argentina, que tiene sus universidades públicas, gratuitas y de calidad y gratuitas desde 1949, decir que no sabía que podía entrar a una, pero había un murmullo que habíamos escuchado, desde muy chicos, que fue creciendo con todos. Ahora es una voz promedio, una publicación en redes, un debate en el Senado y hasta una cadena nacional dice: “Los pobres no llegan a la universidad”. Pero ahora, después de haber ahorrado de un sueldo que no llegaba al mínimo, y buscar ofertas de útiles con una emoción que pareciese de un infante en primaria con su mochila nueva por primera vez, creo que otros suenan más tontos, pero suenan más fuertes.
Mientras avanzo en el colectivo por José C. Paz, pienso en el 35% que no sé si lo sueña, como pudo haber sido cualquiera de esas madres que me crucé en la parada, o como son las compañeras que las vi abandonar en la secundaria por un embarazo o por el trabajo. Ese 35% que puede anhelar volver, o que cayó ante los mitos que solían ser murmullos “la escuela pública no sirve”, “adoctrinan, no enseñan”, “hay que trabajar, nadie te regala nada”, es una lista demasiado grande, que recuerdo escuchar de personas con tanto poder, que algunos podían comprar mi silencio con un simple sueldo, y de personas que estaban del otro lado junto a mí, que ya les habían comprado el cerebro. Se juntaron tantos motivos en nuestra contra, hasta nosotros nos volvimos nuestros propios enemigos, que no nos permitíamos soñar ni terminar la secundaria, ni aspirar a más de lo que otros nos quisieran dar.
El segundo colectivo lo tomo cerca de las ocho y media de la mañana desde San Miguel, sé que en cualquier momento voy a llegar y aún así siento que estoy perdida. Estoy pasando por el shopping que ya conozco, ya pasé por la estación de la que me conozco todas sus estaciones y la ruta por la que he viajado mucho, pero nunca había notado lo cerca que estaba de una universidad. Aunque el primer colectivo pasaba a dos cuadras de la UNPAZ, ahora notaba que estaba ahí, como a las personas que llenaban esa vereda en camino a la universidad. Luego, algo escondida y más pequeña, vi lo mismo en la sede sanmiguelense de la UNLU. El 440, cartel 03, indicaba la tercera y última casa: “Hasta la Universidad Nacional de General Sarmiento”.
A las nueve de la mañana empezaba mi clase, llegué veinte minutos antes porque sabía que esto iba a pasar. Camino perdida, buscando un número entre tantas puertas enumeradas. Recuerdo que salí de una secundaria con tres salones, y ahora encuentro a mi vista muchos edificios, aunque sé que tengo que llamarlos módulos, no estoy buscando un salón sino un aula, es hasta en el más mínimo detalle del lenguaje que no me deja preguntar por los nervios de delatarme, porque lo primero que parece es que no pertenezco a este lado. Es territorio ajeno, produce dudas, miedo y conflicto; parece que camino de vuelta a la salida, pero en realidad, buscando una puerta, termino encontrando otras miradas perdidas.
No soy la única que no sabe qué hacer, leí que 8 de cada 10 estudiantes son primera generación universitaria, entonces me siento un poco menos sola. Pero aún lo hago, nadie me preparó para esto, he tenido charlas sobre el trabajo y cómo hacerlo con mi familia desde los quince años, lo sentía como parte del destino. Mis papás, mis abuelos, mis tíos, primos (podría enumerar a todo el árbol genealógico) sus raíces los estancaban a los trece años cuando tenían que salir a laburar, en los sueños que tuvieron que dejar, en la secundaria que no pudieron terminar. Y entonces entre todos esos ojos perdidos me dejo de aislar, no conozco sus historias, pero los veo tan perdidos e ilusionados como yo, soy una más del montón.
Cuando encuentro el aula, no soy la única y se siente como una conquista. Hoy pertenezco al 78% de los nuevos invasores, y se nota en las dudas mientras habitamos la universidad y en la pequeña emoción en cada saludo y presentación que hacemos, como si todos esperaran presentarse, decir su nombre en voz alta, reconocer de qué barrio son, asumir su carrera, y con ilusión decir por qué la eligieron y qué quieren ser en unos cuantos años más.
Había algo que nos hacía creer que no éramos merecedores, nos instalaron hoy más que nunca que debemos ganarnos este lugar solo bajo sus condiciones, entonces sentarse en un banco y sacar el cuadernillo más barato que encontré en la feria, de la mochila que me regalaron con tanta ilusión se siente retador. El primer apunte es un contrato de que acá estamos y que nos vamos a quedar.
Y así es, escribo mi crónica tiempo después de mi primer día, hoy con la certeza de que sí pertenecía. Escribo desde la computadora que nos dio el gobierno, con las ojeras transnochadas, y tal vez con los ojos algo llorosos por culpa de la universidad, y de este trabajo, el trabajo de verdad e intentar socializar. Me doy cuenta de que la historia que faltó en casa la tengo ahora, y no es solo el primer día de clases, o la primera marcha universitaria a la que fui, es la invasión con todas las hijas de albañiles y empleadas domésticas que conocí en esta universidad que levantamos la voz un poco más cuando nos quieren echar.
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