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Una tierra insomne

(Sobre/desde Nuestra tierra, de Lucrecia Martel)

Por Sebastián Russo Bautista

 

El indio es un problema, siempre lo fue. Es el problema. Mas no en sí. Sino por lo que posee. La tierra. Deseada, anhelada, acumulable, explotable. El problema del indio, así mentado, desde siglo XIX para acá, es el problema de la tierra. Los (pretendidos) dueños de la tierra son los que ven en el indio un problema. A solucionar, como todo problema, con distintos procedimientos. Por las buenas o por las malas, como le dice el matón que contrata el supuesto dueño de la tierra que habitaba Chocobar a quien terminan matando de un balazo. Por las buenas o por las malas se pretende acabar con un problema, que no puede acabar, como ningún dilema que se pretende exterminar, hacer desaparecer.

 

Cuando tenga la tierra

desde atrás de todo el olvido, 

secaré con mis lágrimas, 

todo el horror de la lástima 

y por fin te veré.

 

Sobre las propiedades de la tierra, la de los anhelos/cobijos de sus habitantes, sobre la propiedad de la voluntad/despojo de ella y ellos, de la soberanía de cada quien, de cada pueblo. Desde un “nosotros” como grito constitutivo, apologético, (se) enuncia “Nuestra tierra”, que como “Los dueños de la tierra”, de Lucrecia Martel a David Viñas, narran una misma nación (de des-naciones). De la Conquista del desierto, la sociedad rural, y sus continuidades, como las de la colonialidad (material/simbólica), y el paso de la propiedad colectiva a la individual de la tierra, que es también la historia de un capitalismo (y con él la propiedad privada) que se supone(n) naturaleza inexpropiable de las cosas: no siempre se necesitó un papel de juez/justicia amiga/ble para ser/tener algo/todo. 

Sobre la denegación, identitaria/constitutiva comunal/nacional/incluso imperial, que sintomatiza y se arraiga y expande con variantes en el negarse a sí mismxs como descendientes de pobladorxs originarixs o indios que lxs mismxs pobladorxs enuncian (no sabíamos que eramos indios, como no sabía que era negro Frantz Fanon, hasta que otros los nombraran como tal), a la negación del saqueo/reparto de tierras y la imposición de la lógica de la propiedad personal, a la naturalización de la violencia (en prinicipio) discursiva de un juicio, de las formas mediáticas/visuales de representación. 

Y al despojo material, en simbiosis sinérgica, el discursivo. Un historiador dijo, en un artículo periodístico que fue usado en el juicio, que en el 1900 los Chuschagastas habían desaparecido y recuerda el final de una película de Lawrence Olivier, El discípulo del diablo, donde se dice: “¿Qué va a decir la historia? La historia es mentira”. Para negar que aquello que haya escrito, si es que lo escribió, no estaba basado en fuente fidedigna alguna (-mirá- si para cada artículo tengo que chequear todo) a la lucha por la historia, y la disputa por el habla jurídica, de la violencia del habla jurídico/histórica (en sinergia) a representacional, a la disputa por las formas de ver y narrar docu-ficcionales. Si “todo es mentira”, nada lo es, todo significa.

 

Cuando tenga la tierra, 

la tendrán los que luchan

Los maestros, los hacheros, 

los obreros.

 

Ante ello, se expone y expresa allí una ética de la mirada. Materializando (re-apropiándose/ responsabilizándose de) las imágenes ex-puestas. Desde las mimetizables y literaralizables, de alta definición, a las imágenes pixeladas, rotas, de zooms extremos, pictóricas. Incluso una ética de la mirada narrativa, en particular con el lugar de la fotografía, de la foto narrada, como modo de vitalizar y extender las huellas/gérmenes de historias en ellas condensadas. Las fotos narradas parecen constituir la columna vertebral/memorial de la película, de la historia ocultada/reconstruida, así como de la comunidad atacada en su conjunto en el ataque y asesinato de su cacique Chocobar.

Ante ello, las imágenes fuera del juzgado son todas de/con tierra, aéreas, de ellos circulando/habitando la imagen-tierra. La cámara está menos centrada en ellxs que en su vínculo/diálogo/cadencia cuerpos-tierra. Como si hubiera cierta autonomía, disponiendo una libertad de acción entre cuerpos, territorio y filmación. Distanciando (crítica/políticamente) el signo de las cosas. Lo que se sublima en el momento en el que una ave (un cóndor o un aguilucho) parece chocar la cámara y esta sigue filmando, con una narración que intenta (parecería) resumir/condensar sin neutralidad lo hasta allí narrado.

Ante ello, la sensación lograda/generada es de permanente incomodidad, la que produce la injusticia, una que permanecerá incluso habiendo habido un juicio favorable. Una injusticia que se respira y expresa ancestral, racista, denegatoria de la historia, la identidad, y que no acabará. Expresado en las miradas de los finalmente declarados culpables y presos, las de sus familias, acomodadas, en su impunidad “originaria”. 

Y a la vez, lo generado/logrado es la expresión y evidencia de que en esta historia están todas las historias. Y la Historia, la de una estructura social de vasallaje racista/clasista que permanece incólume, aggiornada y ocultada (esta vez) en retóricas (y) estéticas algorítmicas. 

 

Cuando tenga la tierra, 

te lo juro semilla, 

que la vida

será un dulce racimo.

 

“Todo imperio cae”, dice alguien de la comunidad, citando a Ben Hur. Que también dice: “Lo indio nunca existió (en mí), no me reconocía en mis ancestros. En la escuela no se los nombraba”. Dicen también con rostros tristes, golpeados (también desde dentro) lxs que escuchan el juicio, amuchados, como en una sala de espera (como en el cortometraje Nueva Argirópolis de la propia Martel), de un lugar que los repele, los vuelve aún más extraños, que no está hecho para ellos. 

“Indios insomnes”, dice Martel, en alguna charla que leyó de un cronista de colonia preparando Zama. Indios que no pueden conciliar el sueño, no pueden descansar, porque han sido desplazados, despojados de su lugar, y así, de sí mismos. Pero también hoy, dice, somos todxs, lxs atrapadxs en las formas de comunicación contemporánea, celular en mano. Insomnes, zombies, de voluntad quebrada, (ya) sin sueño(s).

Hasta que no reconozcamos nuestro estatuto de indios insomnes heredado, actualizado, dispersado,  intersticialmente, no podremos inventar nuevas narrativas en/de lo común. Sigue diciendo Martel, en esa charla, incluida en Un destino común (Caja Negra). Y así estaremos, vagando, ayer y hoy, tintineantes, distraídos, sin descanso, fuera de sí, de nosotrxs, es decir, fuera de nuestra propia tierra (en) común, incluso la material, palpable, que ya no tendremos, vendida, expoliada, entregada/entregadxs.

 

 

Con extractos de “Cuando tenga la tierra”, de Aril Petrocelli (letra), Daniel Toro (música) y Mercedes Sosa (intérprete)


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