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Almas nuestras

Por Luna Ibarra

No recuerdo cuándo fue la primera vez que tuve una pesadilla, pero sí cuándo la estaba viviendo. En el mes que conmemora el 3 de junio al movimiento Ni Una Menos, nos encontramos con nuevas ausencias. En una sociedad donde se fiscaliza la vida de una víctima más profundamente que los actos de los violentos femicidas, aparecen las rebeldes que no guardan silencio ante la injusticia. Mujeres de todas las edades, clases sociales, pequeñas y gigantes que alzan los brazos con dolor, empatía y una furia descontrolada. Ruido de las almas que quedaron luchando y dando voz a quienes sus vidas arrebataron.

Me despierto una mañana, con 10 años, veo en la tele un caso y noto que cada semana hay otro nuevo. Hay tanta información de ellas que podría haberlas conocido en el polideportivo de mi municipio o en la escuela. Tal vez eran vecinas mías o las hermanas de alguna de mis amigas, por eso yo sabía tanto de lo que hacían, vestían y con qué personas se veían. Tendría más sentido enterarse de eso por un chisme barrial y no por la televisión nacional. Pasan los días para todos pero no para ellas: Candela, Ángeles y Micaela. Las imágenes que empapelan las calles con sus rostros se reemplazan unas a otras, mientras el tiempo pasa y muchos las dejan atrás, olvidadas como una historia trágica pero pasajera. Eso me pone a pensar en que tal vez yo tenga memoria selectiva porque al cerrar los ojos puedo recordarlas perfectamente y del rostro de sus asesinos no tener más que una imagen distorsionada.

En mi adolescencia, me chiflan como a un perro, hombres que me triplican la edad hacen comentarios sobre mi cuerpo y se ríen entre ellos cuando me pongo colorada. Es todo inofensivo hasta que el piropo se convierte en toqueteos que incomodan. A mis amigas de mi edad les hablan varones de 21 años y las buscan cuando tenemos educación física para llevarlas a un telo con total impunidad. Me pregunto: ¿Está bien que nuestro preceptor hable con nuestra compañera y la vea fuera del horario escolar? ¿Que mi compañero me abrace cuando le digo que no quiero y aproveche para apretar mi pecho? ¿Qué debería decirle a mi amiga que el novio la empuja y presiona para que haga cosas que no quiere? La edad del pavo es una época extraña y confusa, pero me enseña algo fundamental que no estamos a salvo.

Matan a Daiana y Chiara cuando tengo 14 años, siento terror por las historias de horror que ahora comprendo. Aun si mi madre me ha advertido desde pequeña, repitiendo una y otra vez, que tengo que tener cuidado. Ahora más que nunca entiendo de qué hablaba. Camino por las calles con el corazón en la boca y las llaves apretadas en mis manos como un arma defensiva. Siento el metal clavarse de forma incómoda contra mi piel, los nudillos blancos significan que he caminado demasiadas cuadras pero no puedo soltarlas hasta llegar a casa. Tampoco sonrío demasiado, no quiero que nadie confunda mi amabilidad con accesibilidad y apuro el paso cuando creo que comienzan a seguirme. Ignoro cuando me hacen un gesto desagradable al salir de la escuela con mi uniforme deportivo y ya no me siento avergonzada cuando me dicen algún piropo sino repleta de ira y pavor. Siento miedo de que las palabras se conviertan en algo peor.

Los noticieros enfocan una multitud de mujeres furiosas marchando por las calles, llevan pañuelos violetas y sus cuerpos pintados. Ellas escriben paredes y hacen ruido de una forma que antes no creía posible. Crean arte en forma de carteles o cánticos mientras luchan. Las miro desde el televisor impresionada, algunos en mi casa las llaman histéricas. Mi tío, burlándose de ellas, dice que deberían de estar en la cocina o limpiando, en lugar de hacer tanto quilombo. Mis abuelos dicen que esas cosas antes no pasaban, que las mujeres de su época no andaban en cosas raras. Me enojo y discuto, creo que tiemblo de frustración tratando de soportar las lágrimas. Mis padres me mandan a callar mientras me dicen rebelde e histérica, igual a ellas. Suena a un halago, porque al verlas solo pienso en fuerza.

Tengo 24 años cuando me entero de Agustina y Dulce. Me siento impotente, he marchado durante años y abrazado a mis amigas o desconocidas en sus peores momentos, llorando sin cesar ante cada nuevo nombre que se agrega a esta lista interminable de mujeres a las que han lastimado. Trato de vivir sin que la angustia me consuma y entonces me encuentro en un recital donde se apaga la fiesta para dar espacio al duelo. Hay un minuto de silencio, pero mi alma grita. Miro al cielo un segundo, porque no necesito verlas ni escucharlas para saber que están ahí, esperando justicia. Mi espíritu las reconoce de la misma forma que sé que hay 85 mil personas a mí alrededor guardando respeto por 60 segundos completos. Cuando me permito ver a mi izquierda hay una desconocida que llora, en ese mismo momento, me reconozco en ella y ella en mí. No sé su nombre, no la conocí en el poli ni en la escuela y solo espero no tener que saber todo de su vida por la boca de unos periodistas en la televisión. Espero que ella tampoco tenga que salir con su alma rebelde y desbocada a gritar mi nombre, si es mi vida la que arrebatan.


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