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La Patagonia fuera de cuadro

Por Sofía Bastos

Sin conocer la Patagonia, lo primero que pienso al escucharla nombrar es la imagen de un paisaje hermoso, un frío que no me molestaría porque embellecería el entorno y un cielo despejado. Hasta me puedo imaginar la foto que sacaría para subir a Instagram. La Patagonia existe, muchas veces, como postal más que como territorio. Pero en algún momento, esa representación se rompe y aparecen las preguntas sobre quiénes viven ahí, cómo es su rutina y qué personas sostienen ese paisaje.

En "18 Crónicas Patagónicas", el sur aparece como un territorio habitado por vidas que muchas veces quedan fuera de la postal de ensueño. El frío, la montaña, el trabajo y la discriminación forman parte de las experiencias de quienes viven en esas tierras. Tal vez por eso, estos relatos pueden interpelar también a personas que habitan en otras periferias de nuestro país. Esa ruptura de la postal perfecta se produce lentamente. A medida que las historias avanzan, el territorio deja de verse como un fondo y se convierte en un condicionante. La distancia ya no se muestra solo como un atractivo turístico, empieza a pesar. Y es ahí donde notamos que el territorio moldea la vida cotidiana. 

En "Diecisiete parajes", el aislamiento se presenta como una forma de existencia atravesada por la lejanía y la falta de recursos. En "Una mujer en la tunelera", el trabajo demuestra que el territorio puede ser un límite, no todos los cuerpos circulan con la misma legitimidad en los mismos lugares. Y en "Vejez Trans", el foco está en una desigualdad menos visible, la dificultad de llegar a esa etapa de la vida cuando la trayectoria estuvo marcada por años de exclusión.

A partir de estos detalles, el punto de unión entre las crónicas parece ir más allá de la Patagonia. Lo que las conecta es la experiencia de habitar un margen. A veces no nombrado directamente, pero siempre resaltando la dificultad de acceder, para ser reconocido o permanecer. El paisaje puede cambiar, pero permanece la necesidad de sostener la vida en condiciones que muchas veces no la facilitan. Es en este punto donde las crónicas destacan lo que queda fuera de cuadro.

En los parajes aislados de Cushamen la distancia no se mide solo en kilómetros, es un silencio que ataca a quienes viven allí. No hay internet y  algunos celulares viejos rara vez logran captar algo de señal. La única comunicación constante es a través de Radio Nacional, y cuando nieva, incluso esa conexión se vuelve inestable. En este lugar, el invierno se vuelve difícil de romantizar, ya que interrumpe caminos y vuelve difícil cualquier comunicación. Frente a la crudeza del clima, organizaciones humanitarias preparan kits de abrigos para los habitantes de los parajes. 

Sin embargo, las historias se detienen en personas que organizan su vida a partir de esa realidad, lejos de la imagen de víctimas pasivas. Existe una resistencia natural y cotidiana que no necesita de agregados narrativos para volverse épica. 

Algo parecido sucede bajo la montaña, en las minas de carbón de Río Turbio. El túnel va más allá de planos y obras, es un espacio históricamente masculinizado donde la presencia de una mujer desacomoda estructuras. No es casual que durante años circularon historias entre trabajadores que reforzaban la idea de que las mujeres no debían entrar al interior de la mina. Entre ellas aparece el mito de una "viuda negra", una presencia que habitaría el túnel y traería desgracias cada vez que una mujer se acercara a ese lugar. En ese contexto, Carla Rodriguez se convirtió en la primera mujer del país en trabajar en una mina subterránea. La protagonista de " Una mujer en la tunelera" arrancó a trabajar allí en 2011, cuando todavía era identificada como un hombre. Un año después, con la sanción de la Ley de Identidad de Género, empieza a habitar ese mismo espacio desde otra identidad. El túnel no cambia, pero sí la forma en la que su cuerpo es visto dentro de él. 

Y cuando el tiempo se acumula sobre un cuerpo trans, el margen toma otra forma. En "Vejez trans", Luján Acuña se describe a sí misma casi como un milagro, una mujer trans que llegó a los 50 años. En esta crónica se menciona que "la vejez trans es una cadena de sueños frustrados", una frase que condensa años de exclusión y expectativas que muchas veces no llegan a cumplirse. En Neuquén y Río Negro, gran parte de las personas trans todavía obtienen sus ingresos de la prostitución, mientras el cupo laboral trans se implementa solo de manera parcial. Envejecer en este contexto implica una mezcla de sensaciones, por un lado cargar con años de invisibilización, por otro significa la persistencia de haber sobrevivido. Aquí el territorio urbano de Neuquén Capital no garantiza protección, puede ser tan cruel como la estepa.

Quizás por todos estos diferentes márgenes, leer "18 Crónicas Patagónicas" desde el conurbano no es un acto neutral. Hay algo en la lectura que la vuelve cercana. Durante años, muchos conocimos la Patagonia y otros paisajes de Argentina mirando videos idealizados o alguna foto de una tapa de unos cuadernillos que comprábamos para tomar apuntes. En estas imágenes con montañas perfectas y lagos azules, el territorio es tan perfecto que llega a convertirse en portada. La Patagonia que aparece en estas crónicas difícilmente podría ocupar ese lugar, es menos atractiva y más imperfecta. La lectura deja entonces de limitarse a cuestionar la postal y pasa a poner en primer plano las vidas, los trabajos y comunidades que sostienen ese territorio.


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