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Un fuego que camina

Once años después del primer Ni Una Menos, una plaza del conurbano vuelve a convertirse en espacio de memoria, denuncia y encuentro. Esta crónica recorre las voces y los gestos que marcaron una movilización atravesada por el reclamo más urgente: el derecho a seguir vivas.

Por Marina Godoy

Un nuevo 3J, a once años de la primera marcha contra los femicidios en Argentina, nos volvemos a manifestar de forma federal. “Ni una menos San Miguel” convocó al noroeste del conurbano a reunirse en la plaza principal de la ciudad a las cinco de la tarde. Llegué sobre la hora a la plaza ya con su centro y senderos ocupados. Me encontré, a diferencia de otras marchas, con más familias y más niñeces. También con varones solos, indescifrables, que todavía me activan una alerta corporal inevitable, un instinto de autodefensa incluso en nuestro espacio/momento seguro.

El primer cartel que veo lo lleva colgado un niño: "Quiero un mundo donde nadie lastime a una mujer". Una mujer lo acompaña con la mano apoyada sobre su hombro. Se encuentran con otra que le besa la frente. Esa escena provocadora de ternura dura apenas unos segundos, pero volverá a repetirse durante el recorrido bajo distintas formas. Gestos de cuidado, de protección y conexión que nos hacen sentir a salvo, a pesar de las evidencias en contra.

Una cartulina interpela: "Nuestro miedo nos hace luchar, tu miedo a perder el poder nos mata". Otra pregunta: "¿A qué mujer tendrían que matar para que te preocupe la violencia de género?".

En un escalón dos mujeres trabajan con esténcil, tinta y rodillo, imprimen y reparten. "Ni una piba menos"- "Cada 31 horas"- "Ni xn pibx menos". Un femicidio cada 31 horas. Un femicida cada 31 horas.

Un rectángulo de cartón que se balancea de un lado a otro, me llama: "La deuda es con las que ya no están, salimos por ellas". Me acerco descubriendo que lo sostiene otro niño. Vino por primera vez, junto a su hermana y su primo. Su mamá y su tía suelen ir a las marchas en CABA, pero esta vez aprovecharon la convocatoria en su localidad para poder traer a lxs chicxs. Una de ellas fue víctima de violencia de género. La motiva a marchar el dolor por las víctimas de femicidio y la necesidad de justicia. Opina que todavía falta mucha concientización y sobre todo perspectiva de género en todos los órganos de gestión estatal.

La vuelta en búsqueda de caras conocidas me deja justo donde empieza a armarse el pasillo para que las murgueras pasen al frente de la marcha. Sigo leyendo mientras avanzan por la vereda al ritmo de los aplausos y los platillos. "Los violadores existieron antes que las minifaldas" – “Hoy no están todas nuestras voces juntas porque desde la tumba no se puede gritar”.

Una mamá avanza con la mochila con rueditas en una mano mientras con la otra guía el paso de su hijo. Él camina protegiendo la llama de una vela. Una vulnerabilidad custodiada que avanza, como un fuego que camina. Ojalá que crezca para iluminar.

Un coro de voces jóvenes me saca de la contemplación gritando rítmicamente: “¡Corten la calle!, ¡cor-ten-lacalle!”. Se acelera el paso hasta convertirse en trote y en cuestión de segundos la marea inunda Alem, la cuadra del palacio municipal: “Señor, señora, no sea indiferente, nos matan a las pibas en la cara de la gente”, ante la mirada de un puñado de uniformados que “cuidan” el edificio.

En la segunda vuelta a la plaza, los vehículos se detienen. Los conductores y los curiosos capturan en sus celulares el pulso de la marcha: "Grito hoy, porque si mañana no estoy, quiero que griten por mí”... “Las mujeres 'nos pasamos tres pueblos', en una semana hombres asesinaron a tres pibas: ¡basta!"

Ahora somos nosotras las que marchamos por la calle y los transeúntes habituales los que circulan por la vereda. Las que no vinieron pasan caminando en su rutina cotidiana y aplauden. Quizás el contexto cruel en el que estamos viviendo no les permitió tomarse unas horas. Como sí pudieron hacerlo muchas otras con sus bebés, con sus abuelas y abuelos, al salir del trabajo o de la escuela. Quizás su algoritmo no les mostró la convocatoria. Pero aún así nos sentimos unidas en ese instante.

Frente a la iglesia, se despliega la Matanza: ceremonia murguera de memoria y resistencia. Ahí, sobre los adoquines, duros, fríos, se colocan velas y mensajes con calidez y delicadeza. Por unos minutos, bajamos las revoluciones. Nos dejamos guiar por la música y habitar por el dolor. Nos consolamos para seguir adelante.

Se vuelve al centro de la plaza llena. Ceramistas feministas reparten trozos de arcilla para formar las vasijas de la memoria, más de 100, una por cada mujer, víctima de femicidio en lo que va del 2026 en Argentina.

Mientras le da forma a la arcilla, una vecina de Adolfo Sordeaux cuenta que esta vez eligió este punto de encuentro por la cercanía y cuestiones de salud, pero intenta estar presente siempre que puede. Siente la responsabilidad que le dieron los años de vida de transmitir a otras generaciones todo lo que sabe, todo lo sea bueno para el ser humano, eso incluye la rebeldía, la descolonización y la lucha contra el patriarcado. Cree que el actual retroceso de los derechos es comparable con la época de la dictadura, que ella vivió. Para ella, es imperiosa la necesidad de organizar más encuentros como este en distintos puntos de nuestra región para fortalecer la lucha.

Formada la ronda de miradas y escuchas atentas alrededor del micrófono, las oradoras hablaron del hartazgo ante la violencia machista, patriarcal e institucional. Se recordó, con especial énfasis, que a una mujer, una persona de la diversidad sexual, una niña o un niño que denuncia violencia, se le cree. Nosotras creemos. Víctimas y madres de víctimas compartieron sus testimonios. Se lloró y se brindó contención, por supuesto. Una compañera hizo presente la voz de las mujeres trans. Otra habló desde el amor y desde su fe. Otra, desde la pasión, reclamó respeto hacia las mujeres en las canchas.

Se denunció el recorte en todas las políticas que pueden generar algún nivel mínimo de igualdad. El de recursos para las políticas de salud sexual y reproductiva. El de las universidades con el fin de extirpar de este país un modelo que intentaba igualarnos.  La modificación de la línea 144 en su órbita nacional –que pasó del acompañamiento y asistencia a las víctimas de violencia de género a un servicio de atención para “cualquier tipo de violencia”– y el despido de sus trabajadoras.  

Hacia el final, el pañuelazo y un llamado de alerta, a fortalecer las redes y a seguir luchando por las políticas públicas que garanticen derechos históricamente conquistados. “¿Y cómo se conquistaron?”, interroga la encargada del cierre. “¡Marchando!”, responden en un solo grito.

Ahora que lo escribo, me parece increíble que tengamos que seguir reclamando el derecho a la vida.

 

¡Ni una menos! ¡Vivas nos queremos!


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