TEXTO BUSCANDO A PERÓN

Buscando a Perón

Por Melina Ferreyra

4 de octubre de 2025, 9:03 a.m.


Evita decía que Perón formaba parte de ese grupo muy pequeño —“muy pequeño”, aclaraba— de los hombres que conceden un valor extraordinario a todo aquello que es necesario hacer. Creo que ser cronista es eso: primero creer necesario el viaje, luego convertirlo en la razón de tu vida, volverlo extraordinario porque es necesario para vos. Perón era, en cierto modo, un cronista de la vida. Hoy es el día de mi viaje. Me encuentro rumbo a San Vicente desde temprano y el sol me avisa que no va a ser fácil llegar con las neuronas intactas. Al contrario del sábado pasado, mi primer intento, hoy no hay ni sospecha de tormentas, así que tuve que reunir valentía y energía para levantarme. Antes que cronista, soy fotógrafa; aunque, si peco de humilde, no soy ninguna de esas dos cosas. Sin embargo, en mi mochila traigo el armamento de la captura fugaz: la Canon T5 con su lente tradicional, un micrófono inalámbrico en caso de que quiera grabar material de audio y el cargador de mi celular, por si quedo varada en el pueblo elegido de Perón. Considero que mi papá estaría orgulloso, no por el destino, sino por el viaje. Él recorre el país con su moto cada verano y suele persuadir a todo humano con la danza del viajero: contar sus historias una y otra vez. No sé si viajar por primera vez en el Roca cuente como viajar o tenga la misma connotación que mi papá le da al verbo. Son casi las diez y camino -con pasos entre rápidos y tranquilos- hacia mi querida estación de José C. Paz para tomar el tren San Martín. Observo todo con novedad y me muevo como turista. Entiendo que la familiaridad de los lugares da una seguridad sorpresiva y, ya al costado de las vías, leo a lo lejos un cartel que dice: “El peronismo es siempre más”. ¿Realmente somos más?


Me subo al tren. Durante el viaje ansío encontrar las huellas que hablen con mi mirada ajena. Buscando entender a Perón, pensarlo y reflexionar sobre su tierra elegida para descansar, tanto en la vida como en la muerte. No creo en las coincidencias. Estaba destinada a conocer el “nido de amor” —según un titular de un diario de La Plata— de Perón y Evita justo en octubre, previo al diecisiete. Para terminar de coronar semejante suceso poético dentro de mi cotidianeidad, me enciendo los oídos con el disco que va a musicalizar mi viaje y que considero redundante decir cuál es, porque ya lo saben.


Hacia el mediodía va llegando el tren a Retiro, y un tipo con guitarra anuncia: “Un poquito de folklore para llegar a su destino”. Canta con mucha alegría, y me despierta del sueño en el que me había sumergido. En Retiro, está todo el mundo: los extranjeros, los locales, los que se mueven como pez en el agua y los que, como yo, se pierden entre tanto caos. Tomo el 100 a Constitución y, como buena fundamentalista del aire acondicionado, agradezco los avances en el tiempo y, en contraste, también observo los retrocesos por la ventana. No traje lentes para la cámara, pero siempre llevo puesto el del privilegio, que me permite observar desde una toma panorámica lo bello y lo no tan bello de una ciudad que promete dejar de pertenecernos. Son tiempos modernos y no por eso avanzados. Son tiempos que automatizan la destrucción del otro y, por consecuencia, de uno mismo. Tiempos donde la basura se come en la calle y dentro de las casas. Nos roban la subjetividad, y me pregunto qué tan al pasado estoy viajando si el pensamiento que quiero visitar me resulta tan futurista.


El General me persigue o me acompaña en el recorrido; está su nombre en todas partes. Pienso que les va a llevar mucho tiempo borrar su nombre a los otros, esos otros que no son nuestros, que son de alguien más. La imagen imponente de Evita con el micrófono está intacta: tengo su bendición para continuar mi recorrido.


Por fin, estoy en el tren Roca. Al principio me abrumé cuando la avalancha de personas venía hacia mí, pero una vez en el tren vacío ya tenía medio viaje ganado.


Cuando Perón nacionalizó los ferrocarriles en 1948, este tren quedó con el nombre de Roca, porque ya usaba ese nombre previamente el ramal del antiguo ferrocarril del Sud Británico. Me pregunto cuál sería la mueca del oligarca al saberse nombre de un tren nacional. Todo en este viaje es un continuo: poner en contraste.


Es una experiencia más que nueva viajar en este tren; las estaciones tienen carteles quedados en el tiempo. Falta poco para llegar a Alejandro Korn y me conmuevo con una señora de vestido floreado que canta esa canción popular que dice “aleluya”. Dice que canta en nombre de su hijo Manuelito, quien padece una enfermedad poco frecuente y que fue operado a corazón abierto tres veces en el Hospital Garrahan. Al finalizar, la gente aplaude y sospecho que están igual de conmovidos, por la canción y por Manuelito. Ella dice que es un aplauso para los médicos.


San Vicente: mística infinita
Después de tanto viaje, finalmente estoy en San Vicente, arriba del 404 camino a la quinta. ¿Es este el pueblito más peronista? Pienso mientras observo un supermercado que se llama Perón. A la una menos cuarto, con dolor, sudor y gloria, frené mis pasos frente a un paredón infinito. Me llevó cinco cuadras desoladas y vacías llegar; con el sol quemándome la piel y la mochila llena de quejas, me vuelvo curiosa frente a un grupo de gente que se reúne en la entrada.


Ellos vinieron en micro, me doy cuenta por sus frentes secas y sus sonrisas amistosas. Yo soy un estepicursor. De un momento a otro me había metido en el grupo sin decir una palabra, y comenzó el recorrido con el guía turístico. Algo que realmente esperaba que fuera pago, pero nadie me cobró nada y yo tampoco soy charlatana. Ya en la entrada, Perón nos habló: “A partir de aquí comienza la Pampa”, refiriéndose a la patria verdadera, la del pueblo de un país productivo y trabajador que buscaba reivindicar. Del otro lado, hacia la derecha, me encontré con la ausencia. Tres esculturas gigantes se roban toda la atención: Perón, Evita y un trabajador. Pero hay un detalle impactante, incluso para quienes ya sabíamos con qué nos íbamos a encontrar: tanto el General como Evita estaban decapitados. Ambas esculturas debían ser emplazadas en Palermo, pero con la muerte de Eva el proyecto se detuvo. Más tarde fueron encontradas en el taller del escultor Juan Carlos Pallarols Cuní durante la Revolución Libertadora del ’55. Me lamento porque ellos les cortaron la cabeza —los otros de siempre— y las tiraron al Riachuelo. Fueron recuperadas en el ’96, durante la gestión provincial de Duhalde, y enviadas hasta acá: el lugar más armonioso que haya conocido, tal como firmé en el cuaderno de agradecimientos del museo antes de irme.


Recién a las tres de la tarde pude afirmar que estaba adentro. Escuchando el discurso de fondo sonando en una tele, dentro de la casa de Perón y Evita. Cada rincón tiene una esencia de pasado, pero se siente presente a pesar del tiempo. Quizás por la mística del lugar o, si quiero ser más terrenal, gracias a las refacciones más recientes. Hay pasillos que parecen infinitos, decorados con cuadros. La casa es fresca y luminosa, tiene una escala de tonos marrones y un empapelado nuevo que sigue la línea del diseño original.


Un grupo de runners muy ruidoso interrumpe la charla del guía y yo sigo metida en este grupo todavía. Tuve que animarme a hablar solo para sacarme la duda: quería saber quiénes eran esas personas con remeras de Evita y tatuajes del Partido Justicialista.


—Somos alumnos de un profesorado de Ramos Mejía —me responden.
—Yo vengo de José C. Paz, vine sola —les digo.


No me contestan nada. Soy malísima para charlar con desconocidos.
El guía nos cuenta que muchos de los árboles que nos rodean los plantó Perón. Al Torreón no podemos entrar porque es patrimonio cultural, así que debo usar mi imaginación para visualizar al General en la cima, usando la radio.


Hay tanto bosque que invita a perderse, que no me extraña en absoluto entender por qué San Vicente. Me separé del grupo del profesorado. Necesitaba escuchar el silencio, algo que acá abunda en demasía. Hay tantos árboles y tantos caminos que llevan hacia distintos puntos emblemáticos, que cualquiera que venga soñaría con vivir acá para siempre.


Recordé algo que leí dentro del museo, sobre el fotógrafo personal de Perón, Antonio Pérez, quien tomó sus imágenes más emblemáticas. Me pregunto qué valor tienen las mías en contraste, donde las fotografías tienen a un Perón omnipresente, casi como una sombra del pasado que solo puedo ver yo.


Volví al sitio donde comencé, donde comienza la Pampa y termina mi hazaña narrativa. La frase se vuelve real a través de las lavandas, del sobrevuelo de los pajaritos que parecen reír y rezar por la paz. A lo lejos hay una plaza donde se ve un camioncito de juguete para que los niños se suban, mientras que del otro lado están las estatuas sin cabezas. Vuelvo a reflexionar sobre el contraste. Caminé demasiado, y no hay manera de explicar el calor ni el dolor físico que siento. Toda la gente que viene acá llega en auto; parece que ninguno se animó a semejante aventura de venir desde lo profundo del conurbano.


Así como vine, me voy. Pero con muchas ganas de quedarme. Incluso de volver, volver muchas veces. Porque volver es resignificar la memoria, y este lugar —sin duda— merece ser recordado y visitado una y otra vez. Ahora entiendo la mística de San Vicente, la elección de Perón y Evita. Quiero quedarme acá para siempre, pero tengo que volver.


Vamos a volver, le digo a las sombras, y me despido.


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