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¿Universidades para qué?

Una pregunta retórica. Una cursada tropezada, atravesada, reconfigurada por un conflicto que atañe a todxs. La Universidad puesta en cuestión desde afuera permite y requiere la autorreflexión desde dentro, para actualizar, reafirmar y refundar un compromiso y a la Universidad misma, cada vez que se la nombre, piense, habite. 

 

El refugio/el territorio 

Candela Escalante

Molesta cuando un pibe que nació en algún barrio del conurbano, de esos de los que tan mal se habla en los medios de comunicación, y que había pasado un tiempo trabajando de trapito, ejerce su derecho a la educación. Cuando la piba, hija de una madre soltera, esa a la que muchos llamaron “planera”, encuentra en la universidad que queda a unas cuadras de su casa, un refugio. Molesta. Molesta que nos unamos en una historia colectiva que lucha, se organiza y sale a las calles. Que grita conformando una voz contra todo pronóstico.

Molesta que en un noticiero, por la tarde, se pueda diferenciar, entre tanta gente, en medio de una marcha universitaria, una bandera hecha con amor, donde se lee: “Estudiantes, Graduados y Docentes. Licenciatura en Comunicación. UNGS”. Porque claro que hay amor, como hay risas y amistades que te duran toda la vida. Y porque los docentes no son sólo docentes, son compañeros de lucha.

Porque cuando les quieran hacer creer que la Universidad es un gasto, que hoy en día ya no sirve, que hubieran ganado más con alguna fórmula mágica de esas que están de moda hoy en día, recuérdenles que es mucho más que todo ese imaginario. Universidades para conocer docentes excepcionales; para compartir un mate con tus compañeros; para participar en proyectos en los que nunca te imaginaste. Háganles saber lo muchos que somos. Pero sobre todo, Universidades para resistir, para luchar, para ser libres.

 

El sentido y la brújula 

Martina Barbosa

La universidad pública es el lugar donde construimos una brújula para ubicarnos en este mundo donde acecha la crueldad. Para "desnaturalizar" lo que parece obvio, para que el silencio no sea la norma. Es el espacio donde se le pone nombre a la injusticia y se generan las herramientas teóricas para intentar desmontarla o, por lo menos, discutirla.

Frente al individualismo del éxito personal y la meritocracia, la universidad es un lugar para tejer redes de apoyo, amistades invaluables; descubrir y empaparse de los sueños colectivos. Es habitar la comunidad para entender que la verdadera fuerza está en el entramado de estudiantes, docentes, investigadores, no docentes y en el territorio. Es en estas redes donde entendemos que nadie se recibe solo. 

¿Pero qué van a entender ellos? Si lo que los mueve es el odio. Operan con sus discursos robóticos y solitarios, sin alma ni corazón. No saben lo que significa el sentir colectivo, llevan el cipayismo como bandera y gobiernan un país que odian. Ellos y nosotros. Porque es así: la brecha existe y, en los tiempos que corren, es cognitiva. No saben —ni les interesa saber— lo que significa habitar un espacio donde se trenzan vínculos y se comparten infinitos mates de apoyo durante una cursada interminable. Un espacio que acompaña cuando las certezas escasean y uno avanza sin saber del todo hacia dónde dirigir sus pasos.

Cuando se repite este insensato cuestionamiento, somos nosotros, porque nos afecta, quienes no podemos dejar de involucrarnos, los que levantamos la voz y los carteles en cada marcha. Porque la política nos atraviesa a todos, sólo que a algunos con la panza y los bolsillos más llenos que a otros. Es por eso que la indiferencia también habla del privilegio.

 

La trinchera contra el Excel 

Martina Leo

¿El enemigo? El maldito Excel de números, tan fríos y vacíos como las aulas, los colectivos, los restaurantes, los negocios de barrio y los teatros; esos números que nos dejan/afuera/, que nos quit[a]n y nos rec/ortan lo que nos hace tan vivos. Vivos como los estudiantes, los discapacitados, los jubilados y todo un pueblo que exige en las calles de trinchera lo que siempre fue suyo.

Porque si estuviéramos muertos, las trincheras del asfalto, de las redes sociales, de las paredes grafiteadas o de los cantos en la cancha, estarían vacías, con nuestros cuerpos inertes y en vela de una salvación milagrosa. 

Así como Sarmiento miraba a Facundo Quiroga, el Estado sin presencia en este país nos ve como los bárbaros que osan querer pensar, disfrutar de sus derechos y pelear por ellos a toda costa

Pero si la “civilización” es el desierto que hoy nos aplasta y nos deja sedientos, sobreviviendo a la intemperie del “sálvese quien pueda”, sin garantías ni anhelos, prefiero decir que quiero seguir en la “barbarie”, donde me es más acogedora la existencia.

 

El derecho/lo valioso en el bolsillo

Martina Rodríguez

Al naturalizar la conquista de la universidad masiva y gratuita, contar con ese derecho de su garantía y posibilidad en el bolsillo, nos olvidamos que siempre hay un otro que piensa distinto. Y que, en momentos de crisis, puede venir a arrasar con todo. Ya ha pasado y ahora también está sucediendo. Nada resiste por inercia, menos en un mundo en el que todo es invasivo, efímero y superficial.

El dilema que enfrentamos es crudo y definitivo: o defendemos un proyecto de país colectivo, solidario y soberano, donde podamos contar con profesionales de calidad, o aceptamos la intemperie de una sociedad donde rige el "sálvese quien pueda", donde el destino individual depende del bolsillo y en el que la comunidad se desarma en el egoísmo. Hablamos, entonces, de los médicos que sostienen la salud pública en cada hospital, de los abogados que defienden a los ciudadanos de a pie frente a las injusticias, de los comunicadores que batallan contra la superficialidad de los discursos para hacernos entender la realidad, y de cada científico, ingeniero o docente formado en nuestras aulas.

 

Espacio extraño/ajeno

Camila Vivas

¿Son solo las movilizaciones las que hacen a la lucha? Quizás esté opacando otras más importantes. Pero no puedo, ni podemos como sociedad, ser ignorante de las situaciones que emergen en cada aula. Es importante mostrar las situaciones consecuentes de un Estado que desfinancia y lastima: cursadas sin sillas -o con sillas quebradas -; clases a la mañana o a la noche, donde la temperatura oscila y baja; las manos se congelan y los pies se entumecen por el frío, ya que no hay calefacción; o se cancelan clases por interrupciones por falta de luz y agua. En cada experiencia se construye una resistencia, pero esta es atacada por correcciones mediáticas, a favor de un gobierno cruel, que presentan a un falso estudiante privilegiado. Son las experiencias cotidianas, empero, las que revelan una verdad y la realidad de un estudiante real.

Pensaba en las compañeras que además de estudiar y trabajar, asumen tareas de cuidado en sus hogares; los que hacen malabares para poder llegar a cursar después de su jornada laboral; los que dejan de comer para cargar la SUBE porque el boleto estudiantil parece ser selectivo y no se les acredita a todos; los que no consiguen trabajo, pero vienen a cursar con la energía que les despierta la esperanza del título; los que no recibieron el PROGRESAR y ya no quieren hacer gastar plata a sus viejos porque le aumentaron los insumos y no llegan a fin de mes. Pensaba en nosotras, las mujeres que habitamos las universidades públicas, somos las que enfrentamos obstáculos que nos  suelen aparecer.

 

La demora/la obstinación del futuro

Marina Godoy

Como otras instituciones, la universidad suele justificarse por sus resultados y valorarse por los profesionales que forma, las investigaciones que produce y las tecnologías que desarrolla, incluso hasta por la movilidad social (más difícil de imaginar actualmente). Pertenece a esa rara categoría de instituciones que todavía permiten pensar más allá de las demandas inmediatas del mercado. En una época donde todo debe producirse rápido, explicarse rápido y consumirse rápido, la universidad conserva el derecho a demorarse. “La palabra demora comparte raíz con morar, demorarse es, en su sentido más profundo, el acto de detenerse a habitar un lugar.” Esta institución resguarda la potestad de formular preguntas antes de poder demostrar su utilidad, a investigar problemas que pueden tardar años en resolverse. Hasta se equivoca y, por lo tanto, debe repensarse a sí misma. Esa defensa del tiempo propio y del pensamiento se gesta en una memoria histórica y combativa. 

Es una tarea desobediente ser universitarix. Investigar es una forma de obstinación. Hay una apuesta casi temeraria en invertir tiempo, recursos y deseos en algo cuyo valor todavía no puede garantizarse del todo. Como los fierros de la esperanza, esa obstinación conurbana que sobresale de las losas, en los techos de hoy y los pisos de mañana. Un paisaje que conjura la obra inconclusa en promesa de continuidad. Hay una lógica parecida en habitar un futuro antes de que llegue, construir por etapas, resistir las intemperies de cada época.


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