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De Cuyo a la UNGS

Por Fabricio Ortega

 

Mi historia representa una más de tantas. Nacido y criado en Mendoza, con las restricciones económicas de los 90. Un desierto convertido, a fuerza de mucho trabajo humano, en una zona cultivable. Provincia austera y laboriosa. Fuerte conexión del cuidado del agua como necesidad vital. Provincia que supo tener un desarrollo industrial propio, que se debilitó por el régimen de promoción industrial durante la década del 90, favoreciendo a las provincias vecinas.

Para el 2006 no tenía una perspectiva de obtener un buen trabajo que me permitiera pagar mis gastos para ir a la UNCUYO. Allí solo conocí la precariedad laboral. Igualmente lo intenté por tres años, sin un lugar fijo para dormir. En 2009, opté por migrar a Buenos Aires. Había trabajo, en blanco e industrial, además de tener afectos que ya habían migrado varios años antes. El conurbano se me presentó como una tierra de abundancia. Arranqué en el Parque Industrial Tortuguitas, bajo un convenio de 200 horas mensuales. Pude pagar el alquiler de un techo y muchos gastos superfluos. Ni bien hice pie acá, retomé lo que más quería, tanto la carrera de ingeniería industrial, como la militancia social. Me sumé de una a Putos Peronistas, luego bachilleratos populares y breves experiencias por distintas orgas, siempre intentando conocer o entender el qué hacer.

Bajo la misma carrera, pasé por la UNSAM, UTN y finalmente UNGS, equilibrando tiempos de trabajo y traslados que no siempre funcionaron. La primera ayuda estatal y económica que recibí fue el IFE. Posterior a eso, la Beca Belgrano que realmente me ayudó a retomar los estudios. En todo laburo que pasé, siempre cumplí las expectativas del puesto, sin grandes dificultades. Ahora observo que una buena comunicación multinivel siempre estuvo presente y eso explica buena parte del desempeño laboral.

Recuerdo que casi nadie en Mendoza me incentivó a mudarme a Buenos Aires. Más de una persona me alertó, exageradamente, que la gente te empuja a las vías cuando pasa el tren. Esto me dio una idea de la desconexión y prejuicios que existen en aquella zona andina. Se confunde el histórico rechazo a los porteños con el resto del conurbano.  

Los contrastes en la intensidad laboral siempre me parecieron evidentes, sin indicar cuál es preferible. Por caso, la velocidad en la línea de caja de los supermercados. El mismo trabajo, acá en Buenos Aires, sería visto como a desgano. Y no es que no exista en Mendoza una fuerte impronta del trabajo, solo que se da a otra intensidad, a otra velocidad. Por el contrario, allá, la responsabilidad con el trabajo es mayor. Siempre resultó una tragedia la pérdida del trabajo, teniendo en cuenta la escasa oferta. En cambio, acá, durante mucho tiempo, no se lo vivió así, no se depende de un laburo en particular, se depende del trabajo. Suele haber más oportunidades y un mayor grado de libertad. 

El conurbano no planificó su desarrollo: creció por impulso propio, migrante tras migrante, con su deseo de progreso y buena vida. El rol del puerto colonial, a la luz histórica, es evitar el desarrollo autocentrado del conurbano y de su potencia cultural. La fuente de esta potencia radica en integrar verdaderamente a todo migrante, muchas veces con carencias de infraestructura evidentes. Nuestro futuro está en continuar, de una mejor forma, la integración y desarrollo de nuestro tejido social, tantas veces truncado. 

La coyuntura de supervivencia manda en todo nivel y está en la naturaleza de cada habitante, pero esto no habilita cualquier cosa; se orienta siempre a progresar con el laburo y esfuerzo propio. El autocentramiento del conurbano no implica aislarse, es todo lo contrario, la concentración de fuerzas permite pensar al todo. Nunca para dominar, sino para integrarse en pie de igualdad. Somos autonomía y trabajo.


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