El que no salta es un inglés
Por Pablo Gullino
Ese canto no se agota en el fútbol. Se activa también en otros eventos populares: recitales, marchas, fiestas, incluso cuando el artista o la ocasión son ajenos a esa liturgia. Lo interesante es que siempre involucra poner el cuerpo. No basta con sumar la voz: hay que saltar, moverse, transpirar. Quizás allí está la clave: enfrentarse al invasor, real o simbólico, implica poner el cuerpo.
El fútbol es su espacio natural. Es ahí donde el ritual se entona con más frecuencia, más alegría, incluso con más rabia. Y es en torno a la Selección Argentina y en los mundiales donde aparece con mayor fuerza, porque es el único momento en que ese gesto es compartido por millones al mismo tiempo. Para el extranjero, o para el que mira desde afuera, puede sonar como un simple cantito de cancha. Pero en realidad, adentro, en lo más profundo de su corazón, lleva capas de historia y política. Y las transporta, las hace circular en una forma muy argentina de construir identidad: saltando todos juntos para marcar que hay un “nosotros”.
A los ingleses, hasta con la mano
Durante el Mundial de Qatar 2022, una de las canciones que más nos interpeló decía: “En Argentina nací, tierra de Diego y Lionel, de los pibes de Malvinas, que jamás olvidaré”. Ese canto nos permitió reencontrarnos después de la pandemia. Volver a salir todos juntos a la calle, como tantas veces en el pasado, pero también como nunca antes. Pero el canto (el que no salta es un inglés) no nació en un Mundial. Se cree que nació en las canchas del ascenso y se hizo masivo durante y en la inmediata posterioridad a la Guerra de Malvinas.
El año 1982 marcó a toda una generación. Malvinas fue -pero por sobre todo es- una herida abierta en la memoria colectiva. Dejó 649 argentinos que dieron su vida, pero también a muchos que sobrevivieron a esa entrega. Y a muchísimas familias con un dolor social que no terminó con la guerra. Al volver la democracia, esa herida no encontró un lugar claro donde expresarse. Lo halló en el fútbol.
El primer gran momento llegó en México `86. Argentina enfrentó a Inglaterra en los cuartos de final, apenas cuatro años después de la Guerra de Malvinas. Aquella tarde, Diego Maradona marcó los dos goles más emblemáticos de la historia del fútbol y de los mundiales: la Mano de Dios y el Gol del Siglo. Ambos quedaron grabados para siempre en la memoria colectiva, no solo por su extraordinaria calidad deportiva, sino también por la profunda carga simbólica que adquirieron en el contexto histórico de la época.
Ganar ese partido fue vivido como una revancha simbólica contra el antagonista perfecto. Pero también es desde entonces un espejo maradoniano para reconocernos.
Y es más que eso. Fue otro encuentro con la historia. Porque, en realidad, la rivalidad siempre estuvo latente. Ya en 1966, durante el Mundial de fútbol con sede en Inglaterra, Osvaldo Rattin protagonizó un hecho que quedó en la memoria colectiva. Fue expulsado por el árbitro alemán Rudolf Kreitlein, supuestamente por protestar, aunque Rattin no hablaba inglés y el juez no hablaba español. Indignado por lo que consideró un robo alevoso en favor del local -que terminaría siendo campeón en condiciones muy polémicas-, Rattin se negó a irse de la cancha. Cuando finalmente salió, estrujó con la mano el banderín del córner que tenía la bandera británica y se sentó sobre la alfombra roja de la reina, mientras el público local gritaba “animals”. Esa palabra no era casual: animals fue el modo en que el imperialismo británico denominó - y trató- durante siglos a los habitantes de sus colonias.
Pero la rivalidad con lo británico no nace en el fútbol. El británico es enemigo desde antes incluso del nacimiento de nuestra Patria. Fuimos invadidos en 1806 y 1807, durante las así llamadas Invasiones Inglesas a Buenos Aires. La resistencia popular a esos ataques fue clave: permitió reconocernos con una identidad propia y entender que podíamos ser independientes y enfrentar a una potencia extranjera si estábamos unidos.
Pero no fue nuestro único encuentro con los británicos. En 1833, Gran Bretaña usurpó las Islas Malvinas, expulsando a las autoridades argentinas que ejercían soberanía allí. Ese despojo sigue abierto. Esa lucha por la soberanía continúa.
Malvinas, el fútbol, ese “otro” que es el inglés. Todo se mezcla, todo es parte de una historia que nació hace mucho y que es constitutiva de nuestro país.
Así, este canto es memoria. Se está nombrando Malvinas sin decir la palabra Malvinas. Es una forma popular de decir “no nos olvidamos”. En un país donde muchas veces la historia oficial se alejó de la gente, el fútbol mantuvo vivo ese recuerdo. Y en otros momentos se lo nombra sin eufemismos. Se inventan todo el tiempo nuevas canciones para actualizar esa memoria: “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”, se cantó después del triunfo reciente ante Egipto. Malvinas es la identidad argentina. Malvinas somos todos. El repertorio futbolero argentino es, al mismo tiempo, celebración colectiva y reclamo histórico. Eso también habla de un pueblo que busca abrazarse en un gol y, a la vez, reactualizar y transmitir de generación en generación nuestras luchas.
El amo juega al esclavo
En estas últimas semanas, en redes sociales, volvió a escucharse lo paradójico: son influencers británicos, franceses y estadounidenses quienes acusan a argentinos y paraguayos de “esclavistas” e incluso de “imperialistas”. El propio imperio que saqueó medio mundo ahora se viste de juez moral. Hay que responderles como siempre: desde nuestra historia.
El fútbol es el lugar donde lloramos y celebramos. Donde un salto en una tribuna, en la calle, puede ser, al mismo tiempo, un festejo, un duelo y una declaración de identidad. Si saltamos todos, es porque por un rato creemos que estamos juntos. El deporte habilita eso: el abrazo. Y el abrazo nos permite encontrarnos en nuestra historia.
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