Soñar es recordar para adelante: memoria y encuentro en San Fernando
Por Enzo Araujo
Todavía no es mediodía, la hora que la Comisión Memoria, Verdad y Justicia de Zona Norte había convocado para señalizar el Canal de San Fernando como sitio de memoria. Sin embargo, ya hay decenas de personas con ansias de presenciar activamente el acto que va a compartir una historia no tan conocida ni por los más sobregirados militantes populares del conurbano norte.
La noche del miércoles 13 de octubre de 1976 un grupo de tareas del gobierno cívico militar tiró al río ocho tambores. El prefecto Juan Castilla se dirigía a trabajar al destacamento y vio que eran unos veinte hombres con dos autos y un camión en el puente ferroviario. Contó lo ocurrido. Un equipo de hombres rana se sumergió en el Río Luján. Los tambores estaban rellenos de cemento. Los tuvo que sacar una grúa y descubrieron que el olor a muerte que cargaban era porque tenían restos humanos. Lo que quedaba de los ocho cadáveres fue enterrado en el cementerio de Sanfer. Un diario local levantó la noticia, pero la dictadura se encargó de ocultarla.
Entre 1989 y 2001, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) identificó siete de los ocho cuerpos. Eran Marcelo Gelman Schubaroff, hijo del poeta Juan Gelman y de Montoneros; Ana María del Carmen Pérez, del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), que estaba embarazada de mellizos; Mercedes Verón Britos, empleada de la División Pasaportes de la Policía Federal; Alberto Mechoso Méndez, militante uruguayo del Partido de la Victoria del Pueblo; Gustavo Gayá y Ricardo Gayá, hermanos mellizos, ambos del PRT y Dardo Zelarayán de la Asociación Bancaria.
En 2012, unos pibitos que jugaban a la pelota en un terreno baldío frente al Aeropuerto de San Fernando encontraron otro tambor con restos humanos. Luego, el EAAF y el Instituto Nacional de Tecnología Industrial realizaron excavaciones en el lugar. Finalmente, hallaron cuatro tambores con cuatro cuerpos más. El EAAF logró dar con las cuatro identidades. Dos eran de diplomáticos cubanos.
Todos estos detenidos-desaparecidos habían sido secuestrados y trasladados sin vida desde el Centro Clandestino de Detención, Tortura, y Exterminio Automotores Orletti, del barrio porteño de Floresta. La especulación es que los jerarcas de Prefectura no fueron cómplices porque no había conexión con el circuito represivo de la Capital Federal. Ese lugar funcionó como una base del Plan Cóndor a nivel sudamericano entre mayo y noviembre de 1976. Por eso, en Orletti, además de argentinos, hubo detenidos-desaparecidos oriundos de Bolivia, Brasil, Chile, Uruguay, Cuba, Paraguay y Perú.
Volviendo al presente, casi 50 años después, la historia no pudo ser censurada completamente. La investigación de integrantes de la Comisión y militantes afines logró unir muchas piezas del rompecabezas para compartir un encuentro de almas, en teoría, sensibles. “Dije celebrar porque no quiero que sea un homenaje lúgubre”, expresará más tarde Ernesto Gayá, hijo de Gustavo y sobrino de Ricardo, víctimas del terrorismo de Estado en este hecho. Además, agregará: “Podemos hacer un puño fuerte para pelear contra el virus del odio y de la deshumanización que nos quieren inculcar.”
Las y los humanos presentes se saludan. Empieza la danza de buscar personas conocidas para iniciar una charla. La sensación latente es que más o menos “somos los mismos de siempre”, como canta La Renga. Los mismos que, año a año previo al 24 de marzo, se juntan en la frontera entre Tigre y San Fernando. Luego, desde la Plaza Canal, marchan a las ruinas del astillero ASTARSA o, al menos, hasta la puerta del cantri Venice cuyos límites encierran al lugar donde obreros navales supieron construir barcos de ultramar.
Un muchacho hace catarsis sobre las miserias de quienes dicen creer en determinadas causas pero se comportan de forma contraria. Expresa un pesar pasado, pero afirma estar mejor debido a que ahora comparte conspiraciones cotidianas con otros seres. De repente, alguien recuerda que Eduardo Ruffo, represor de la SIDE en Automotores Orletti, fue liberado en mayo. Ruffo se había apropiado de Carla Rutila Artés cuando ella apenas tenía un año. Por sus crímenes de Lesa Humanidad había sido condenado a cadena perpetua. En esta Argentina distópica, hay genocidas en libertad que pueden caminar por la calle mientras el sistema judicial persigue a dirigentes que han impulsado juicios que parecieron enterrar el indulto menemista.
Mientras tanto, el Grupo de Teatro Las Estatuas realiza su perfo entre la gente interpretando a las Madres de Plaza de Mayo. La muchachada de la revista El Serpentario vende un fanzine con una historieta que narra los hechos. “Lo viejo funciona”, diría el Favalli del Eternauta, en versión serie audiovisual.
“No me dijiste que venían”, le reprocha un tipo a una amiga. “Vos tampoco”, responde. Los dos sabían que lo más probable era que se iban a encontrar ahí. “Vos militabas en Garrote”, le dice una mujer a otra. Comentan sobre los casos de tuberculosis que hay en el barrio y la poca o nula información acerca de cómo sobrellevar la enfermedad. Una de ellas le pregunta a un compañero si conserva un determinado contacto que, a su vez, pueda pasar el teléfono de una médica pediatra y militante de la salud. La respuesta es afirmativa. Quizás ahí surja algo positivo.
Continúan secuencias de similares características. Aunque el locutor del evento arranca con su tarea, no tantos le dan bola y prefieren seguir con sus conversaciones. La hipótesis no es que sea mala educación, sino que a estas personas les está faltando un ámbito donde poder charlar e imaginar pequeñas acciones ante la realidad que los oprime. Están un poco perdidos.
Es momento de los discursos. Por parte de hijos e hijas de desaparecidos, hablan Ernesto Gayá y Macarena Gelman. Carlos “Maco” Somigliana (EAAF) resalta que sin el valiente testimonio de José Luis Bertazzo, sobreviviente de Automotores Orletti, esta historia no se habría conocido. También tomaron la palabra el ministro de Justicia y Derechos Humanos de Buenos Aires, Juan Martín Mena y el subsecretario de Derechos Humanos, Matías Moreno; Cecilia Cavallo y Román Giménez de la Comisión; Pablo Llonto, histórico abogado querellante en causas de Lesa Humanidad, entre otros.
“Treinta mil compañeros y compañeras detenidos desaparecidos presentes, ahora y siempre”, concluye la formalidad del ritual. Minutos después distintos grupos que participaron en el acto se encuentran sin coordinación previa en “El Mejor Pancho de San Fernando”. Esto no es un chivo sino una mención a una parada estratégica.
Un encuentro de esta índole hace memoria sobre el horror del terrorismo de Estado, pero también trae al presente las convicciones de quienes, a su manera, lucharon por una patria más justa. “Soñar es recordar para adelante”, cantan Los Gardelitos. De recordar el pasado entre compatriotas a lo mejor surgen ideas en el aquí y ahora en vistas de concretar un mejor futuro.
Autores

