IMG_8119

Retiro activo para la democracia

Por Maite García

Graciela Podestá es militante peronista desde sus 16 años, con un padre conservador y una madre gorila, eligió seguir los pasos de su tío peronista. Bajo el partido Frente Grande, presidió y, en consecuencia, tuvo un asiento en la Cámara de Diputados, por dos mandatos, desde 1995 hasta 2003, y presidió la Comisión de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires. Luego de estar en “retiro activo” con sus compañeros, los tiempos actuales los han llamado para estar presentes y apoyando los valores que tanto han defendido. 

—¿Cómo fue la decisión de alejarte de la política? 

Siempre acompañé a las nuevas generaciones, teniendo en cuenta que luché en la dictadura de Lanusse y en la segunda, que me honra decirlo, en 1976, la más cruel. Por eso es que nosotros, los viejos, decimos que en el lugar donde vivimos dejamos el espacio para otros compañeros y compañeras. Había que permitir el lugar a aquellos que tienen las herramientas y hablan el idioma de la época. Una frase militar que no me gusta, pero que acuñó un compañero, es la de “retiro activo”. En cuanto alguno de nuestra generación ve que está en riesgo de pasar algo por lo que nosotros ya combatimos para encontrar la democracia, estamos todos ahí. Muchos de mis compañeros que sobrevivieron a la dictadura han fallecido a lo largo del tiempo. Pero nos han hecho prometer que nunca íbamos a dejar de estar en retiro activo, expectantes, cuidadosos de la generación a la que les tocaba dar la batalla. 

—¿Qué es la militancia? 

La militancia, para nuestra generación, no era una cuestión de escala ni de llegar a un puesto, era una consecuencia. En democracia, lo único que nos permite representarnos son los reglamentos electorales, entonces la consecuencia fue que yo haya sido diputada en dos mandatos. Eso era la militancia era para nosotros, y espero que alguna vez vuelva a serlo. Porque militar una causa, no importa si es peronismo, radicalismo, derechos humanos, ambientalismo o feminismo, es vivir, consecuentemente, a lo que decimos, a lo que pensamos, y fundamentalmente a lo que hacemos. El que abraza una militancia elige una forma de vida.

—¿Cómo recordás tus épocas en la Legislatura Bonaerense?

Esa fue la segunda gran batalla en mi vida. Estaba en la Comisión de Seguridad, y las tradiciones decían que no había mujeres. La seguridad era un tema que siempre estuvo en manos de políticos de derecha, milicos o canas. Era una cuestión sesgada que siempre me interesó, y el establishment no quería que ninguno de nosotros, los peronistas, estuviéramos ahí.  Me fui a capacitar a Estados Unidos, Cuba, Brasil para ver otra realidad del delito. Empecé a especializarme en delitos complejos, la instalación de cárceles en países limítrofes, fui mediadora de rehenes en las cárceles. Llegué a ser presidenta de la comisión, y no tuvieron más remedio que aceptarme. Hubo laburos que dieron la vuelta al mundo y nos llegamos a encontrar con el FBI investigando las mismas puntas. Y todo con sueldos que no llegábamos a fin de mes, totalmente discrecionales, porque una cosa eran los diputados del establishment y otra cosa nosotros, que habíamos renunciado a los datos reservados. Lo nuestro era pan y agua, teníamos que compartir un lugarcito para juntarnos, no nos traían café.

—¿Cómo era ser la única mujer en ese espacio?

Tenía todas las malas: peronista, mujer y sin la obligación de estar ahí. Por suerte, las cosas han cambiado, pero el cupo femenino que hoy se celebra no existía y no estaba la obligación de que hubiera una mina en la Comisión. Un día me calenté porque en el baño de la presidencia de la comisión había un mingitorio, y no querían sacarlo porque “ya se iba a romper la tradición de que una mujer fuera presidente”. Yo les decía: “Soy presidenta, no presidente”. Así que fui con una masa y rompí el mingitorio.

—¿Cómo ha impactado la militancia en tu familia?

En mi casa, siempre se respiró política.  Mi papá no era peronista y mi mamá era gorila, pobre. Mi vieja venía de una familia “bien”, como se decía en ese momento, y mi viejo era conservador, pero no era antiperonista; y era de Solano Lima, que después terminó siendo compañero de fórmula de Cámpora en nuestra primavera. Eran todos conservadores menos mi tío Rodolfo, que era peronista, tesorero nacional de la UOM, vivía con lo mínimo y necesario pero sus convicciones eran firmes. A mi hermana se la llevó la dictadura en mayo de 1976. Tenía 15 años y estuvo 4 años presa. Hoy es una mina increíble, llena de ganas y que no vas a parar. En mi tiempo en la Legislatura, todos los días teníamos un mensaje de amenaza distinto. Mis hijas eran las que atendían el teléfono de línea y decían: “Mamá, me olvidé de anotar la última amenaza”. Una vez, mientras estaba por entrar a un programa, me llamaron para avisarme que iban a matar a mi perro Otto.

—¿Qué se siente, como militante, ver a los mismos de siempre volver al gobierno y tomar las mismas medidas que ya se han tomado en el pasado?

Ese es el triunfo de la derecha. El enemigo, que maneja los hilos del poder, ha construido bases sólidas, porque claramente sus intereses no son los nuestros. Trabajaron todas esas contradicciones propias de cualquier grupo humano, como la decepción.  La aparición de Milei no deja de ser un experimento democrático. Lo que mucho me temo es que más adelante, cuando las otras generaciones se olviden o se borre un poco lo que nos costó conseguir la democracia, o estos tipos logren sacarlo de los manuales de estudio, se vuelva al concepto de que la democracia no sirve y vuelva a haber gobiernos de facto. La democracia, con fallas permeables en muchos casos, perfectibles, es lo único que nos puede proteger.

—¿Cómo ves este fenómeno de apoyo a Milei y su adaptación a la época?

Milei captó el voto del que está lleno de odio y el de los jóvenes, de clase media y sectores humildes, que veían en él la posibilidad de que todo cambie de manera rápida. Un compañero me dijo: “¿Vos no tenés la impresión de que hay alguien ahí atrás que piensa?”. Porque ves los personajes detrás de todo eso, y sí, el que piensa ahí es el sistema, el establishment, que corre todo eso para el lado que le sirve. Y eso es Milei, un experimento de la derecha, para replicar si le sale bien. Sin embargo, en el pueblo argentino no va a surtir mucho efecto, porque Argentina es un país distinto a todo América Latina, que gracias a Dios conozco casi por completo, y desde la militancia. Acá, aunque se haya roto todo, nosotros venimos aprendidos que lo normal es tener vacaciones pagas, enfermedad paga, aguinaldo, jubilaciones, universidad y salud pública, es una cosa que es nuestra.

—¿Por dónde podría estar el quiebre de la gestión de Milei?

Esto es lo que uno analiza con otros compañeros, el modelo que traen es poco factible. Por más que los tipos puedan avanzar, retrocedieron en la credibilidad y la esperanza de la gente. Pero siempre prevalece la alegría. En mis años militando, aprendí que la única lucha que llega a buen término es la que se hace con alegría. Más allá de que vos tengas que llorar en el medio, porque la lucha siempre trae pérdidas, pero lo que no se hace con alegría no sirve, se echa a perder.


Autores

avatar