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Cuando el arte ataca

Por Julieta Centurión

 

Una muchacha con ojos de papel, duendes, ogros, brujas; aventuras en el espacio, en ríos, bosques y viajes en balsas, colectivos y naves espaciales son algunos de los escenarios que habitaron el Jardín N°920 de San Miguel. Tal vez Alicia Bocchicchio, su directora, no sabía todo lo que lograría aquel día que surgió esa idea en su cabeza: incorporar el rock nacional en las propuestas de enseñanza del nivel inicial.  

 

¿Y qué pasará cuando el arte ataque? Aquel pensamiento se incluyó dentro del Proyecto Institucional del Jardín de Infantes Nº920. De esta manera, las y los maestros del Jardín buscaron irrumpir con la tendencia a la mercantilización de la niñez, que el neoliberalismo de esa época intentaba imponer. La propuesta de la Dirección Provincial de Educación Inicial, durante el 2016 y el 2019, dentro del Diseño Curricular oficial, tendía a la banalización de la enseñanza de la primera infancia, siendo ésta orientada a la neurociencia, a la meritocracia y al vaciamiento de contenidos culturales. “Surgió casi como una acción subversiva a la vista de la derecha dominante de ese contexto, una respuesta pedagógica”, señala la directora. 

Alicia Bocchicchio es inspectora de nivel inicial hace casi 3 años. Toda su vida la ha dedicado a la gestión estatal por su formación sociopolítica. Durante más de 15 años ocupó las direcciones de cinco jardines de infantes, sin embargo, más de la mitad de ese tiempo formó parte del equipo de conducción del Jardín N°920. Docentes y centenares de familias transitaron esas instalaciones durante todo ese tiempo. Este Jardín, ubicado en un barrio humilde de la zona de San Miguel, el Barrio Rosa Mística (o Calabaza en la jerga urbana), albergaba familias que no lograban tener una conexión sensata y real con el establecimiento. 

Entre mates, almuerzos, ratos libres y grupos de Whatsapp, debatieron y comenzaron una búsqueda de los primeros bocetos que delinearían el recorrido pedagógico que harían durante el año. Y fue en una reunión plenaria en la que Bocchicchio propuso una actividad con el fin de demostrar que para entender una poesía no es necesario analizarla. En su defecto, sostuvo que había que enriquecer la escucha para “habilitar el juego dramático, la producción en situaciones concretas de aprendizaje, el ensanchamiento del mundo simbólico y la ampliación de las posibilidades relacionadas a la oralidad”. 

Algunas de las docentes de la institución no conocían la acción política que supone el Rock Argentino en tanto patrimonio cultural. Casi como si de un reflejo se tratase, tanto este movimiento artístico como el colectivo docente del nivel inicial comparten luchas contra la banalización, que niegan el poder alfabetizador y la incidencia en la construcción ciudadana de las personas. 

Así, se comenzó a planificar experiencias con diferentes recorridos que iban desde escenarios lúdicos, como espacios plagados de naves espaciales (del Anillo del Capitán Beto) o sábanas desplegadas por encima de los estudiantes para disfrutar de mundos bajo el asfalto (de Me contaron que bajo el asfalto); hasta recomendaciones de canciones y autores entre toda la comunidad, con diversas actividades en el medio que permitieron ensanchar la enseñanza alfabetizadora y cultural. Con el pasar de los meses, el jardín se convirtió en un espacio lúdico de saberes y disfrute para los estudiantes, docentes y familias. De esta manera, el vínculo Institución – Comunidad se afianzó. 

Bocchicchio narra la tarea, nada sencilla, que supuso transpolar el saber popular a la planificación curricular en el jardín, para así, garantizar la acción colectiva de la Institución – Comunidad. En ese sentido, la propuesta se basó en que cada maestra tome determinados autores y canciones. Las salas de cinco años fueron las que más temas de Luis Alberto Spinetta trabajaron, Canción para los días de la vida, El Anillo del Capitán Beto (Invisible), Muchacha ojos de papel, Ana no duerme (Almendra) y Los Duendes (Spinetta y los Socios del Desierto). Las salas multiedad seleccionaron Mañana Campestre (Arco Iris), Como Boomerang (Emilio del Guercio) y La Balsa (Los Gatos). Las salas de cuatro años prefirieron Que ves el Cielo (Invisible), El Ogro y la Bruja (Rubén Goldín) y Me contaron que bajo el asfalto (Horacio Fontova). 

Según la directora, las maestras de cada sala presentaron varias canciones, respetando el gusto y el interés de cada grupo, a través de la escucha en diversos momentos de la jornada escolar y de la especial atención a las voces de cada una de las niñeces. Estas voces no siempre se manifestaron con definiciones claras sobre qué gustaba o no. La “observación sensible” de cada docente se agudizó de tal manera que pudieron definir qué obras elegir al escuchar tarareos, cantos espontáneos grupales e individuales. “Este modo de trabajo permitió, poco a poco, acompañar a todo aquel Equipo Institucional a posicionarse políticamente desde su ser docente al situarse y problematizar el vínculo genuino entre la Primera Infancia y la pedagogía identitaria del Nivel Inicial, asegurando la apertura de otros mundos a la niñez de esa comunidad”, sostiene su directora, al revalorizar la tarea que la Institución, en su totalidad, llevó a cabo. Pasado el receso de invierno 2018, la Comunidad completa comprendía la propuesta institucional y sus propósitos, como también al rock argentino como herramienta alfabetizadora. Ya no sólo se centraba en las niñeces, las familias, en su totalidad, se sentían interpelados por el accionar docente y estudiantil. A partir de cada propuesta pedagógica, se logró la construcción de experiencias infantiles en las salas, orientadas a la exploración y el conocimiento de una diversidad de universos que unía a todos. 

Los inicios de cada jornada escolar ofrecían diversidad de músicas y escenarios lúdicos que se complementaban con guiones de juegos dramáticos cada vez más complejos, en los que las infancias eran autoras del desarrollo de argumentos que relacionaban canciones, sus personajes y situaciones. Asimismo, las reuniones con las familias dejaron de ser monólogos o lecturas de informes, para convertirse en lugares de consenso y disenso ya que, en algunos casos, no estaban del todo seguros sobre la inclusión del rock argentino a las propuestas de enseñanza. Asimismo, cada acto escolar rompió con los estereotipos a los que se está familiarizado. Las canciones de moda, disfraces, estudiantes copiando los pasos de las maestras, padres sólo sacando fotos y demás escenarios típicos de actos escolares. En línea, la propuesta que llevó a cabo el jardín suponía, en primer lugar, la construcción del sentido identitario y participativo en los que la intervención alfabetizadora del espacio se correspondía con una propuesta pedagógica libre de hegemonía que encaraba el abordaje de la historia desde la indagación crítica. 

 

Noviembre se hizo presente en un abrir y cerrar de ojos. Todo el trabajo realizado debía culminar con el cierre del Proyecto Institucional. La muestra debía ser significativa del recorrido realizado y no sólo un festival que responda al pedido de las familias de baile, disfraz y coreografías estereotipadas. A partir de aquí, la propuesta se centró en dos partes. La primera consistió en la articulación con la Escuela Secundaria N°9, la cual dio como resultado un día pleno de actividades que excedían la mera exposición de producciones. En efecto, las bandas de rock de los alumnos de la EES N°9, los juegos del tipo kermese y el taller de radio realizado por los estudiantes del Jardín “28 de Mayo” concentraron a toda la comunidad de ambos establecimientos en una tarde repleta de sentido cultural y alegría. Susana Zamora, directora de la Escuela Secundaria N°9, afirmó: “La idea de trabajar nivel inicial con secundaria pudo sorprender a nuestra supervisión, pero nosotras estábamos convencidas de la cantidad de posibilidades que había en articular dos franjas etarias distantes entre sí”. 

La segunda propuesta se centró en la creación de un cuento creado por la sala de 5 años del turno tarde. El texto fue escrito colectivamente en diversas etapas. Las docentes ofrecieron posibles argumentos y nudos a resolver en la trama, que culminaron en la historia de un colectivero triste, Beto, que empezó a viajar por el espacio, mientras que Ana decidió emprender su búsqueda a través de diversos escenarios. Con la ayuda de la Muchacha Ojos de Papel, duendes, ogros y brujas recorrieron diversos escenarios presentes en las canciones. La comunidad en conjunto participó. Por ejemplo, las familias se pusieron en la piel de alguno de los protagonistas, mientras que las voces de algunos estudiantes fueron grabadas anticipadamente para dar vida a los diálogos, que también fueron planificados desde la construcción de sentido en la oralidad. De esta manera, se llevó a cabo una experiencia transformadora en la Fábrica del Arte de San Miguel. Un espacio de juego planificado y perfeccionado por estudiantes, en las que, a pesar de las costumbres arraigadas, las docentes se despojaron de indicar movimientos repetitivos a imitar. Ambos momentos coincidieron con la visita de alguien muy especial, que, sin darse cuenta, significó un momento inigualable para toda la comunidad. 

Rodolfo García, exmúsico de Almendra, acompañó el Proyecto desde el día uno. En efecto, se acercó, primero, a la EES N°9, y brindó una entrevista a la radio creada por  estudiantes del Jardín. Allí, no sólo respondió preguntas orientadas a su carrera musical, sino que, la inocencia de las y los niños, llevaron a consultarle al músico por su pelo de “Papá Noel”. Asimismo, participó en el cierre final, en la Fábrica del Arte, sobre el escenario al ritmo de Que ves el cielo junto a toda la comunidad educativa. 

El Proyecto Institucional no continuó su curso. Si bien, las autoridades a cargo en ese momento sugirieron continuar y profundizar aquello que se había logrado, el cambio de docentes del año siguiente no permitió prolongarlo. Esto se vio reflejado en la comunidad. A día de hoy, la relación que se supo construir entre familias – Institución ya no es la ideal. Sin embargo, es posible perpetuar un camino creativo en la comunidad educativa, a través de propuestas que promuevan la identificación como grupo de pertenencia dentro de contenidos pedagógicos curriculares. En un país tan rico en movimientos culturales, encontrar sentido alfabetizador permitiría un sinfín de posibilidades como las que ofreció este proyecto.


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