La trinchera del asfalto
Por Octavio Agustín Mendoza Escalante
Giré en la esquina del bar cerrado, dejando que mis zapatillas gastadas marcaran un rumbo azaroso sobre las baldosas flojas del barrio. A las tres de la mañana, mientras el aceite quemado y tornasolado flotaba sobre el asfalto, mis ojos fijos en el parpadeo agónico de un cartel de neón me confirmaron lo que mi cuerpo ya sabía: caminar sin destino era el único sabotaje posible contra la alarma de las seis que pretendía ordenarme la vida. La noche suburbana es una pausa densa, un intervalo donde las fábricas apagan sus motores y el aire se satura de un frío metalizado que corta la respiración. En este vacío, gastar la suela se vuelve un acto consciente de autonomía.
Al cruzar las vías del ferrocarril Belgrano Norte, el desierto de metal se interrumpió por la luz centellante de un kiosco de 24 horas que funcionaba como el único faro en kilómetros. Allí, un repartidor de aplicación esperaba junto a su moto con el motor apagado para estirar los pesos de la nafta. Tenía la mochila térmica en la espalda como un pesado caparazón de lona y la mirada fija en el reflejo azul de su celular. Me acerqué a comprar un café de máquina y cruzamos un saludo corto. Era Mati, del barrio, estaba empezando su turno. En ese cruce de miradas nos reflejamos: ambos habitábamos los márgenes del reloj oficial, pero bajo condiciones distintas. Mientras él esperaba otro envío, yo gastaba suelas en un intento desesperado por adueñarme de mi propio tiempo. La escena no es un hecho aislado: según diversos estudios, más del sesenta por ciento de los jóvenes trabajadores de plataformas en el Gran Buenos Aires extienden sus jornadas hasta la madrugada profunda para alcanzar un ingreso básico, desdibujando por completo la frontera entre el descanso y la explotación laboral.
Este vagabundeo es la geografía viva de una juventud nacida bajo el estigma del colapso institucional y económico de 2001, una generación que creció escuchando que el futuro era una promesa rota y que hoy madura en la intemperie de la flexibilidad laboral. Diversos análisis exponen una realidad donde el desempleo y la informalidad golpean al doble de los jóvenes en comparación con los adultos en el tercer cordón del conurbano. Nuestra rebeldía, por lo tanto, ya no se traduce únicamente en las grandes asambleas universitarias o en banderas partidarias desplegadas en las plazas de la Capital; a veces se manifiesta, de forma silenciosa, en este derecho elemental a la improductividad, en el reclamo íntimo del propio cuerpo. Es el acto político de habitar el espacio público, cuando los dueños de la ciudad duermen, una disputa por el sentido de un asfalto que (de día) nos exige consumo masivo y velocidad.
Continué la marcha hacia la Plaza Estrada, un espacio público que de día pertenece al tránsito apurado y de noche se transforma en una trinchera de resistencia cultural. Allí, bajo la sombra proyectada de unos álamos secos, dos pibes con capuchas caladas compartían un cigarrillo al ritmo de una base de trap que salía distorsionada desde un parlante portátil inalámbrico. Era una melodía pesada, un fraseo lento que hablaba de sobrevivir en el barrio y de ganarle a la malaria económica. Al pasar junto a ellos, el del medio, bajó el mentón en un saludo sutil, un código invisible y fraterno entre náufragos de la madrugada. Me detuve unos minutos a escuchar el eco de la música contra el hormigón. En ese instante, mi caminata dejó de sentirse como una fuga individual o un capricho egoísta. El movimiento constante por el territorio me había transformado profundamente: ya no era el estudiante alienado del Taller de Escritura Periodística I de la UNGS, sino un cronista involuntario que descubría que la soledad de las calles late con una vibración colectiva. Comprendí que la marginalidad horaria no es aislamiento, sino un espacio de encuentro para quienes se niegan a ser meros engranajes del sistema.
Cuando el alba tiñó de rosa el horizonte y la niebla comenzó a bajar sobre las veredas, el encanto de la tregua nocturna empezó a disolverse. A lo lejos, el motor de un colectivo de la línea 720 rugió con violencia, activando formalmente el engranaje productivo y devolviendo a los cuerpos al circuito del trabajo formal y el viaje hacinado. Regresé a mi casa con los pies completamente helados y los apuntes universitarios esperándome intactos sobre la mesa de la cocina. Sin embargo, lo hice con la certeza absoluta de que el sabotaje nocturno había sido un éxito rotundo. La noche me devolvió una mirada limpia, cruda y esperanzadora sobre mi propia generación: lejos de estar perdida o domesticada por el desánimo generalizado, resiste, despierta, piensa y se organiza en la trinchera silenciosa de las calles.
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