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Cuerpos marcados y relatos cautivos: una lectura de las violencias de género en la dictadura

“Silencios y violencias de género”, compilado por Gerardo Yoel, reúne ocho ensayos que revisan la violencia sexual ejercida durante la última dictadura argentina y los mecanismos sociales, jurídicos y culturales que durante décadas relegaron esas experiencias al margen de la memoria colectiva.

 

A 50 años del inicio de la última dictadura cívico-militar en Argentina, la memoria colectiva continúa su labor de reconstruir los múltiples rostros del terrorismo de Estado. Si bien el consenso social en torno al Nunca Más consolidó la condena a los secuestros, las desapariciones forzadas y el horror de los centros clandestinos de detención, aún persisten zonas de sombra en el relato histórico. En un presente atravesado por agudas tensiones alrededor de los derechos conquistados por el feminismo, una pregunta interpela al campo académico y social con renovada urgencia: ¿qué lugar ocupan los cuerpos de las mujeres en las tramas del poder y la violencia? ¿De qué manera se inscriben las agresiones sexuales de los años setenta en las memorias construidas hasta el presente?

En ese horizonte crítico, se inserta Silencios y violencias de género, el primer volumen de la serie “Memorias en tensión”, compilado por Gerardo Yoel y editado por Ediciones UNGS. La obra reúne ocho ensayos destinados a examinar la violencia institucional ejercida contra las mujeres durante el terrorismo de Estado —así como en otros contextos bélicos y de conflicto social— y los espesos silencios que rodearon esas experiencias. El libro interroga las razones que demoraron la incorporación de estas vivencias a las políticas de memoria y a los estrados judiciales, estructurando una reflexión analítica sobre los mecanismos sociales, culturales y jurídicos que relegaron determinados cuerpos a los márgenes del relato colectivo.



La labor memorialística no solo se edifica sobre aquello que logra enunciarse, sino también sobre los relatos silenciados. En este sentido, intervenciones como la mesa redonda “Silencios y violencias de género” protagonizada por María Sonderéguer, Miriam Lewin, Lizel Tornay y Gerardo Yoel configuran un espacio de escucha imprescindible para los testimonios de violencia sexual sufrida por las militantes cautivas. Los autores desarman la constante culpabilización hacia las víctimas y exponen las complejas intersecciones entre represión, patriarcado y justicia, recordando que en el interior del sistema concentracionario el consentimiento era una categoría inexistente frente a la maquinaria de aniquilación. 

En sintonía con este análisis, “Las traidoras como putas”, de Ana Longoni, subvierte una de las lecturas más persistentes y perniciosas: aquella que reduce la violencia sexual al impulso individual de represores "libidinosos". La violación se devela, rigurosamente, como una práctica política, sistemática y funcional al terrorismo de Estado. Mientras los victimarios solían ser exculpados bajo estereotipos de "mujeriegos", las sobrevivientes cargaban con el peso de la sospecha y el prejuicio moral, incluso dentro de sus propias organizaciones. La "traición" operaba como una condición diferencialmente femenina, donde los varones podían experimentar una reconversión ideológica, en tanto las mujeres eran juzgadas moralmente por los estragos infligidos sobre sus propios cuerpos. Por su parte, el aporte de Lizel Tornay demuestra que dicha violencia no constituyó un daño colateral ni accesorio, sino una estrategia deliberada de disciplinamiento político y de género. Violar y apropiarse de esos cuerpos implicaba castigar la transgresión de un orden patriarcal que la militancia femenina había desafiado al abandonar el ámbito doméstico para asumir roles de combate y dirección.

Si la violencia sexual ocupó un espacio marginal en los primeros balances de la transición democrática, fue también porque el silencio operó como una forma de coerción estructural. En “Libidinosos y mujeriegos”, Victoria Álvarez examina las profundas (im)posibilidades de enunciación. Las sobrevivientes que carecían de los marcos léxicos para narrar lo padecido, frente a instituciones y sociedades desprovistas de herramientas para escucharlas. En múltiples casos a pesar de querer hablar y ser escuchadas, sus relatos y su dolor quedaron relegados, incluso por sus familiares. Las demandas quedaron subordinadas o deformadas por estructuras predeterminadas, donde la reapropiación de la memoria personal se convirtió en el único dique de contención frente a la impunidad. 

La dimensión de esta herida trasciende las fronteras nacionales. A través del análisis del film Spirits’ Homecoming (Cho Jung-rae, 2016), Lucía Rud aborda el calvario de las llamadas "mujeres de confort" de la Armada Imperial Japonesa, sometidas a un régimen de prostitución forzada y posteriormente estigmatizadas por sus propias comunidades. El intercambio con los feminismos regionales e internacionales y las transformaciones sociopolíticas de las últimas décadas han permitido construir categorías analíticas para nombrar aquello que el poder pretendió sepultar, advirtiendo que las violencias sexuales en contextos de conflicto continúan interpelando de manera implacable al presente global.

Silencios y violencias de género trasciende la mera reconstrucción historiográfica del horror concentracionario para interrogar las fallas estructurales de las instituciones democráticas. Lejos de constituir un ejercicio de evocación nostálgica, la memoria se resignifica como una práctica crítica y analítica que revisa qué historias fueron legitimadas, cuáles silenciadas y quiénes detentaron históricamente la potestad de narrarlas. Allí reside el principal aporte de la compilación: demostrar que la violencia de género no pertenece únicamente al pasado, sino que forma parte de una trama social cuyas huellas aún persisten. En un contexto donde los derechos de las mujeres vuelven a ser cuestionados, el libro invita a comprender que recordar y pensar también es una forma de impedir que esas violencias encuentren nuevas formas de reproducirse.


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