La mudanza
Por Brenda Jazmín Rivero
La pelea había durado menos de una hora. Las consecuencias, muchas más. Una semana después del 7 de junio estaba rodeada de cajas en un departamento pequeño. Todo seguía, el trabajo, las clases, la rutina, que se había desviado un poco. Estaba intentando acostumbrarme a una vida que durante mucho tiempo había imaginado, pero que ahora se sentía extraña.
Durante mucho tiempo pensé que los veintitrés eran un sueño. No sé de dónde salió esa idea, pero estaba convencida de que esa edad llegaría con un departamento elegido con calma, muebles comprados de a poco, almuerzos de domingo en la casa de mi mamá y la tranquilidad de saber que irme de casa sería un paso natural. Me imaginaba despidiéndome con abrazos, no con silencios. Creía que independizarse era crecer sin romper nada.
Era un plan que repetía en mi cabeza desde chica. Mis veintitrés, mi trabajo, mis cosas, mis llaves propias y una madre que seguiría siendo refugio aunque ya no compartiéramos el mismo techo. Pensaba que las mudanzas se hacían con cajas llenas de recuerdos, ropa y buenos momentos, no con el pecho lleno de culpa.
Los planes se esfumaron. Llegó esa edad y las discusiones empezaron a ocupar el lugar de las conversaciones. La casa dejó de sentirse casa. Cada día parecía una cuenta regresiva que nadie decía en voz alta. Hasta que un día las cajas aparecieron, pero no porque hubiera llegado el momento perfecto, sino porque quedarse dolía más que irse.
La independencia que tanto soñé, llegó sí, pero disfrazada de urgencia.
Nadie me contó que crecer también podía parecerse a reconstruirse. Que hay independencias que no nacen del entusiasmo, sino de la necesidad. Que a veces una llave no abre solamente una puerta, también cierra una etapa que ya no podía seguir sosteniéndose.
Los primeros días fueron una mezcla de libertad y desconcierto. Me despertaba y tardaba unos segundos en recordar dónde estaba. Y el por qué estaba ahí, nunca dejaba de estar en mi cabeza. El silencio era distinto. No se escuchaban las mismas puertas cerrarse ni las voces de mis hermanas atravesando las paredes. Solo el ruido lejano del Belgrano Norte y algún perro ladrando en la cuadra, que ya no era Becky, mi perra, con la que conviví y fuimos creciendo juntas.
De a poco, empecé a reconocer el barrio como propio. Para hacer las compras tenía que caminar cinco cuadras para llegar al mercado donde ahora lo hago pero ya no era el supermercado “Iris”, que estaba a la vuelta de mi casa sobre la calle José Hernández. Todo era extraño porque ya no me saludaba la empleada china que se llamaba Sofi, con esa cercanía, ahora era simplemente una chica más. Entrar con una lista en el celu y calcular cuánto gastar se había convertido en una tarea tan cotidiana como incómoda. Descubrí que vivir sola también era eso, tomar decisiones pequeñas todo el tiempo.
Al volver a mi nueva casa, estoy llegando y me acuerdo de mi vecino, Carlos, el que tiene la bicicleteria que cada vez que pasaba me saludaba con la confianza de alguien que me había visto crecer. A veces, estaba acomodando ruedas en la vereda, otras reparando alguna cadena o simplemente mirando lo que pasaba sobre la calle Ambrosetti, en la ciudad de Tortuguitas. Ese saludo breve tenía algo familiar, que antes me molestaba porque a veces quería solo entrar a mi casa sin hablar con nadie, pero ahora sin tal gesto me hace sentir extraña.
Sin embargo, el momento que antes más esperaba del día era cuando volvía. Antes de entrar a mi casa, pasaba a saludar a mi abuela, que vivía justo adelante. Siempre encontraba una excusa para pasar a devolver un táper, preguntar cómo estaba o simplemente pasar a saludarla. Ella me recibía como si no me hubiera visto en meses, aunque hubiera pasado solamente unas horas. Me preguntaba si estaba comiendo bien, si no tenía frío y si necesitaba algo. Después de unos minutos recién entonces abría la puerta de mi casa, una puerta físicamente liviana aunque, en el último tiempo, estar ahí era cargar con un peso muerto.
Pese a que solo me mudé a cinco minutos en colectivo (o quince caminando), los primeros días eran como si fuesen miles de kilómetros. Lo más extraño de irse no fue cambiar de barrio, sino descubrir que un lugar puede sentirse lejísimos sin moverse mucho. Porque la distancia no la marcaron las cuadras, sino todo lo que quedó del otro lado de la puerta. Pensar en eso me hacía estar en una contradicción, ¿hice bien en decidir por mi cuenta y dejar todo eso en mi anterior etapa de vida?
Todo eso pensaba cuando llegaba a mi nuevo departamento. Abría esa puerta y me sentía tan tranquila y en paz. Todavía había cajas sin desarmar y cosas que no encontraban su lugar. Pero cada día el departamento se parecía un poco más a mí. Entendí que mudarse no era solamente cambiar de techo. Era aprender a habitar una versión nueva de una misma. Y aunque la pelea que me había traído hasta ahí seguía doliendo, ya no ocupaba todo el espacio. La vida empezaba, lentamente, a acomodarse.
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